AL AIRE LIBRE

ATLETISMO: APOTEOSIS DE LA NEGRITUD EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS

Luis María ANSON | Martes 30 de julio de 2024
Los epinicios de Píndaro, su gran poesía coral, están vivos y aletean sobre los Juegos...

Los epinicios de Píndaro, su gran poesía coral, están vivos y aletean sobre los Juegos Olímpicos de París, entre la historia mítica de Cirene y la leyenda de los argonautas. «Cuando los dioses nos conceden un resplandor de gloria -escribe Píndaro-, entonces nos envuelve una gran luz y la vida es dulce». El poeta, igual que cierto destacado político de hoy de cuyo nombre no quiero acordarme, exalta el poder de la cítara. No sé si a ese político le crecerá, como a Píndaro, un Tifón, aquel hideputa que no quería saber nada de la cítara y fue sepultado bajo el Etna. De tiempo en tiempo todavía ruge el instrumento.

Lo que más me gusta de los Juegos Olímpicos es la apoteosis de la negritud en atletismo. Jesse Owens se encargó en 1936 de abofetear al dictador siniestro Adolf Hitler y demostrarle en Berlín que la superioridad de la raza aria era una camelancia nazi. En la final de la prueba reina de los JJ. OO. de Londres, los 100 metros, compitieron ocho atletas de diversas naciones occidentales. Todos eran negros, claro. O sea, que voy a preparar una nueva edición de mi libro La Negritud para recordar la dimensión de la raza negra en las artes plásticas, la poesía, la música y la danza, amén del deporte. Durante siglos, el negro ha sido “el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura”. Estreché hace muchos años las manos de Léopold Sédar Senghor y leí en Corps perdu de Aimé Césaire, aquellos versos de piedra prologados por Jean Paul Sartre e ilustrados por Pablo Picasso. Comprendí entonces la profundidad de la raza endrina, “hija de sierras, estirpe de torre y de turquesa, ciérrame los ojos ahora, antes de irnos al mar, de donde vienen los dolores”. Me encendieron, en fin, los versos del poeta que hablaban del manantial “… déjame hundir las manos que regresan a tu maternidad, a tu transcurso, río de razas, patria de raíces, tu ancho rumor, tu lámina salvaje viene de donde vengo, de las pobres y altivas soledades, de un secreto como una sangre, de una silenciosa madre de arcilla”.