El prófugo golpista Carlos Puigdemont está que brama. No solo el prestigioso magistrado Pablo Llarena ha sorteado la ley de Amnistía manteniendo la orden de detención contra el expresidente, sino que ERC ha decidido, tras la votación democrática de sus bases, apoyar la investidura de Salvador Illa como presidente de la Generalidad. Objetivamente la fórmula que se va a imponer significa el mal menor para España y, como escribió Cánovas del Castillo, “la política no atiende a los voluntarismos, sino que impone la realidad”.
Las consecuencias de la posición de ERC son muchas, tienen copiosas veladuras y muy vario pelaje, pero conviene recalar la opinión periodística en la más significativa. Puigdemont está que brama. Está que brama contra Pedro Sánchez. “Se va a enterar”, es la frase que he podido escuchar en el entorno del prófugo y que se reitera una y otra vez sin veladuras ni tapujos. Los 7 escaños de los que dispone Puigdemont en el Congreso de los Diputados pueden hacer inviable cualquier proyecto de ley que el sanchismo ponga en marcha, empezando por los Presupuestos Generales del Estado. Pedro Sánchez tratará como siempre de resistir, se envainará tal vez la afirmación de que sin Presupuestos no existe otro camino que la convocatoria de elecciones generales, pero esa es la gran especulación que se debate en estos momentos tanto en el palacio de la Moncloa como en la calle Ferraz.
Aún más. La reacción bramante del prófugo abre también el camino para la moción de censura. Basta con que Feijóo y Puigdemont se pongan de acuerdo en una persona independiente que presida la operación y que se comprometa, como único punto de su programa, a convocar elecciones generales en el menor plazo posible. Un juez independiente podría ser ese presidente o, tal vez, un sindicalista de indiscutido prestigio como Nicolás Redondo Terreros.
Pedro Sánchez desplegará toda su copiosa verborrea para presentar la presidencia de Illa en Cataluña como un éxito del Partido Socialista. Sabe, sin embargo, que se abre una escisión profunda en la alianza que le mantiene a él en la poltrona monclovita. Y que, por el momento, no se encuentra la fórmula, tal vez porque no existe, para apaciguar los bramidos con los que el prófugo golpista ha acogido lo que se va a establecer durante los próximos días en el palacio de la Generalidad.