Uno de los más bellos pueblos de las profundidades de la Campiña cordobesa -solar por antonomasia de la agricultura española- es el lugar de nascencia y residencia habitual de uno de los galenos más reputados de un centro hospitalario relevante de la ciudad de la Mezquita. Muy culto y lector cuotidiano del gran diario barcelonés La Vanguardia manifestó ha tiempo al anciano cronista su acezante curiosidad por la evolución coetánea de la sociedad conociendo el acuciante interés de este por idéntica temática. Al hilo de una de sus cortas e invariables charlas semanales en punto a la evolución del más grave de los problemas hodiernos planteado a la comunidad hispana, el acreditado traumatólogo quiso saber de su colocutor si conocía alguna respuesta al problema que le desazonaba desde su juventud universitaria en una Facultad de gran aliento cultural como la cordobesa de la época abrillantada de la Transición. Cómo era posible comprender la actitud de los catalanes que, conscientes de los males irremediables y sin cuento que entrañaría incuestionablemente su emancipación de la gran Patria española, persistían hasta el paroxismo en su ciega postura. El articulista, lector voraz de uno de los historiadores de mayor altura de la edad contemporánea -el gerundense D. Jaume Vicens Vives (1910-70)- le remitió a las obras del autor de “Noticia de Cataluña” en donde muy probablemente hallaría una respuesta difícil para el muy enrevesado asunto suscitador de vigilias e insomnios incesables del muy competente seguidor de Hipocrates, humanista él mismo de elevado porte. La prevalencia de la “rauxa” -la cólera o el furor arrebatado y arrebatador- en muchos de los comportamientos colectivos del gran pueblo catalán explicaba, a los ojos del insigne catedrático ampurdanés -profesor de Instituto durante dos cursos en un noble e histórico municipio jiennense-, dicha postura. A nivel popular, en la Bética de la gitanería y el folklore flamenco una frase extendida en ciertos de sus ambientes más quintaesenciados “La maté porque era mía…” puede encerrar desde algunos ángulos la interpretación más acuciosa al grande misterio del amor frustrado. Y, en la misma línea, no es tampoco ocioso recordar al respecto la gran presencia en tribunales y cortes de Justicia de acusados de asesinatos y matanzas por venganza contra un amor no correspondido.
Adentrado ya el siglo XXI es, con todo, de esperar que actitudes en el fondo tan primitivas den definitivamente paso, a nivel individual y colectivo, a actitudes y gestos más racionales y humanos. Y respecto al desafío catalán en no muchos meses adelante contaremos con una respuesta que, a todas luces, será muy esclarecedora del enigma planteado por un médico provinciano del más alto coturno intelectual.