Opinión

El rayo ha perfumado ferozmente nuestra casa

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 04 de agosto de 2024

Es relativamente fácil encontrarse con poetas fuera de las lindes establecidas. Todos lo están, en cierta medida, exceptuando casos contrarios y evidentes. Pero lo complicado estriba en que, aparte de que su estilo y su escritura se hallen cómodamente fuera de lugar, lo estén también ellos como personalidades literarias. Actualmente, los círculos sociales y digitales son necesarios para darse a conocer y avanzar, si uno quiere que sus publicaciones tengan cierto alcance. Pero puede ocurrir que a la persona en cuestión no le interese tanto qué le suceda después al libro, tras haberse editado. Le importa escribirlo, disfrutar el proceso. Lo otro es un trámite que invita a la pereza. Ataduras comerciales.

Por las veces que uno ha tratado a Juan Ángel Asensio, creo que podría adecuarse bien esa dinámica a su carácter. Para él, es más placentero el hecho de la lectura, de cómo te empuja a escribir lo tuyo, la inspiración y su resultado. Cuando llega la hora de moverlo, se le tuerce el gesto, se arquean las cejas y ya se atisba esa retirada de ánimo en favor de una lentitud, de una indecisión que acabará por dejar correr para luego retomarse y sentir cierta ansia porque el libro acabe cumpliendo todas las partes hasta su llegada a las librerías.

Dicha personalidad se transluce en sus recientes poemas. Los restos del rayo, teniendo en cuenta su trayectoria, es un libro menos literario, más personal, más íntimo. Los dos últimos adjetivos han perdido su gracia de lo mucho que se han usado, con vaguedad la mayor de las veces o enmascarando desintereses. Pero uno sabrá a qué me refiero nada más comenzar su lectura.

El poeta madrileño ha ideado la casa en la que poder habitar con la persona amada. Las intenciones son nobles, como todo gesto parecido que se le precie, pero el conflicto está en las dificultades propias de la juventud actual. Ese lecho florido deseado no ignora los detalles jodidos de la rutina, de la realidad. Pero elige la empatía por lo maravilloso y estrambótico que deba surgir. Elige una pertenencia: ‘a tus rutinas obsesivas a tus gustos literarios a la alergia que tienes al gato a las facturas a tu jornada laboral […] todo soy pues todo eres y tuyo entero es el mundo y tuyo entero todo lo que en él habita nace o muere por los siglos de los siglos’.

Fiel a sus referentes, el tono místico se da en cada uno de los versos. A él le escuché decir que, en lengua castellana, los mejores poemas de amor que se han escrito han sido los dirigidos hacia Dios. Es una gran frase, igualmente sensata como prestada a objeciones, pero tiene razón, al menos en cuanto a que ese tipo de composiciones son capaces de reflejar la entrega total que sentimos en el instante pleno de la sensación y sensibilidad amorosa: ‘pero realmente no importa cómo sean nuestros muros ni cómo huela el espacio que guardan en su incomparable abrazo de pladur./ lo que realmente importa es quiénes somos aquí/ dentro de ellos/ cuando nadie nos ve/ cuando nadie nos mide bajo los estándares prometidos y promediados por los hombres o los dioses […] solo aquí dentro de nuestros muros de trigo y síntomas existimos como existen el resto de cosas:/ a duras penas/ pero juntos.’

Entre la carga erótica, el surrealismo embotado y la palabra que se aleja del ruido, Asensio marca los límites de su sintaxis, abogando por un amor que sea consciente de la fuerza con la que se ha constituido su nudo, pero también de que, en el caso de aflojarse, conozca la perpetuidad que deja a pesar de su desaparición, aligerando su pérdida ‘con un abrazo de hierba/ en la comisura del cuerpo’. Por si volviera a encontrarse.