Opinión

La condenable dictadura venezolana se tambalea (I)

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 06 de agosto de 2024

Debo al periodismo y un poco a mi larga vida (“he cometido la torpeza de cumplir 80 años”, como bromeaba Borges) el honroso privilegio de haber recorrido buena parte del mundo. Empecé por el interior de mi país y luego pegué el salto hacia nuestra América y, doblemente privilegiado, se me dio la oportunidad de cruzar el Océano y transitar por Europa, y de ahí volé al África y por fin al Continente Asiático. Pisé por primera vez la República de Venezuela hacia mediados de la década del ‘60. Uno de mis maestros, el escritor Miguel Otero Silva, autor de la célebre novela “Casas muertas” y editor del diario El Nacional, me ofreció trabajo. Yo vivía en Chile y viajé esperanzado a la ciudad de Caracas, pero luego comprendí que la experiencia chilena, con Allende a la cabeza, me interesaba más y regresé a Santiago, donde estaban mi mujer y tres de mis hijas. A Miguel lo conocí en Isla Negra, la pintoresca casa de Pablo Neruda (él fue recopilador de las memorias “Confieso que he vivido”) y, desde ese momento, empecé a colaborar en su diario; la información que yo le brindaba desde Chile y la Argentina era bien recompensada por este generoso maestro.

Creo que no exagero si digo que Miguel era el comunista más rico del mundo que yo conocí. Su increíble historia es casi fabulosa y la contado muchas veces, aunque vale la pena repetirla. Cuando heredaron él y sus hermanos una parcela en el estado de Anzoátegui, ubicado en el noreste de Venezuela, cuya capital es Barcelona, sus hermanos se quedaron con la zona más fértil para el ganado y le dejaron a él (el comunista rebelde de la familia) la zona montañosa, más áspera y casi inhabitable, donde un par de años después se descubrió petróleo e hizo que Miguel se convirtiera en uno de los hombres más ricos del mundo.

En Venezuela conocí también a otros notables y muy talentosos maestros, como don Arturo Uslar Petri y los poetas Luis Pastori y Juan Liscano, asiduos viajeros de todo el continente hispanoamericano. Don Arturo, que vino invitado por la Feria del Libro, era, junto a Pastori y Liscano, todos fanáticos de Buenos Aires y en caso de Juan, especialmente de nuestras bellas mujeres (aquí supo tener una novia, me permito la confidencia). Liscano era descendiente por parte de madre de los Velutini, poderosos banqueros de Venezolanos (doña Clementina, su encantadora madre era dueña y directora del Banco Nacional); Luis Pastori también era un hombre de gran fortuna. Sin embargo, el más rico, creo que por lejos, era Miguel Otero Silva, que manejaba el poderoso negocio del petróleo y, se hizo inversor en todo el mundo. A la sazón cuento que una de sus debilidades era comprar castillos medievales en Europa para restaurarlos y convertirlos en centros culturales; además de extravagantes vivienda que habitaba, “acompañado de sus bondadosos fantasmas protectores”, como a él le divertía decir. En verdad palacios que compartía con especiales invitaciones a sus amigos, donde hacía las maravillas del exquisito anfitrión. Con familia o con amigos, yo gustada visitarlo, y ni que hablar de sus atenciones.

Soy hombre de amigos, lo repito. De manera que como buen viajero sigo teniendo riquísimos cofrades en el mundo; menos en Venezuela, pues debieron emigrar los pocos quedaban. Cuando en 1985 falleció el querido y admirado Otero Silva, colaboré con su viuda, la emprendedora María Teresa Castillo, que quedó al frente de la fundación que llevaba el nombre de su marido. María Teresa y falleció no hace tanto de 103 años de edad. Era una mujer buenísima y extraordinaria que además trabajaba con su hijo Miguel Enrique en el diario El Nacional y brindaba ayuda a muchísima gente pobre de Venezuela; buena lectora, también admiradora de Neruda, de García Márquez y de Borges, que fueron sus amigos. Borges, invitados por ella y la fundación viajó a Caracas en compañía de María Kodama. Allí, fue condecorado y me tocó a mí hacer las veces de presentador. Hasta ahí en lo personal, que me concierne.

Completo diciendo que nunca dejé de visitar ese querido país; sobre todo para ver a la gente que admiraba y quería. Esto, claro, hasta que empezó a gobernar Hugo Chaves y luego Nicolás Maduro Moro and Company; vale decir, los militares que con él detentan el poder y dejó de ser un lugar grato para visitar, ya que entró en un fatal sitio de inseguridad, prepotencia y de fraude.

En una oportunidad, invitados por la Secretaría de Cultura, viajamos con el escritor Alejandro Vaccaro y el editor Osvaldo Tamborra para organizar un intercambio cultural con la Argentina que nunca se concretó, debido a un ministro kirchnerista, que no cumplió con lo pactado y le falló al propio Chaves. Guardo, sin embargo, memorables recuerdos de ese viaje. Era los días posteriores a la asunción de Chaves, y en una visita a la Feria del Libro, me toco asistir a la entrega de más de cien mil volúmenes de don Quijote de la Mancha, en una edición popular. Recuerdo que llegó imprevistamente un automóvil oficial seguido de un camión y del automóvil descendió el exultante Chaves para empezar a obsequiar el libro (yo aún conservo el ejemplar que me fue entregado). Sin duda, una auténtica fiesta de la cultura donde el caudillo, desde una improvisada tarina, hablo rodeado por asistentes. Acostumbrados acontecimientos populistas, dirán algunos. Sea como fuere no deja de ser un gesto admirable. De chico se lo ví hacer al general Perón regalando la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Ya entrada la noche, cuando me pasó a buscar por el hotel el que fuera Ministro de Estado del ex presidente Rafael Caldera, me refiero a Teodoro Petkoff, reconocido ex guerrillero y en ese momento opositor de Chaves, esposo de Neujim Pastori, la hija de mi amigo Luis. Por esa relación, al día siguiente fui interrogado y a partir de ese momento la policía de Chaves no me perdió pisadas. ¿Un gobierno democrático, qué yo sepa, no procede así? La libertad es sagrada y quienes la restringen son indiscutiblemente tiranos, y la actitud propia de una dictadura, de cualquier dictadura.

Ahora bien, siempre hay un corsi e ricorsi, que todo lo contiene, como dejó escrito Giambattista Vico, “notable por su concepto de verdad como resultado de todo hacer; pues la historia no avanza tan solo de forma lineal, impulsada por el progreso, sino en forma de ciclos que se van y vienen y se repiten de manera invariable”. Así, el pueblo venezolano siempre estuvo sometido y sufrió varias dictaduras, hasta la aparición de ese militar, supuestamente justiciero, que se llamó Hugo Chaves, y desde una posición populista se propuso terminar con las injusticias que abrazaban a un país con más de un 70 por ciento de pobreza. Chaves instauró una dictadura democrática; es decir, legalizada desde el voto popular. Aunque las dictaduras, como se sabe y vuelvo a repetirlo, sean de izquierda o de derecha, no tiene ideología; y son ejercidas por tiranos que ejercen el poder desde el totalitarismo y la violencia, siendo siempre personajes condenables.

Muerto Hugo Chaves, fue sucedido por un chofer de colectivos, ex jefe del Gremio del Transporte, el estrafalario y verborrágico Nicolás Maduro Moro, personaje elemental e impulsivo, violento por naturaleza, continuador de una tiranía insoportable que ha llevado a más de 7 millones de venezolanos al exilio. De esta manera, ese país se ha convertido en un problema internacional para todo el mundo. Si sigue este grotesco dictador no se sabe adónde llegará ese riquísimo país que cuenta con una de las mayores reservas de petróleo del mundo; probablemente a una guerra civil. Algo espantoso y condenable.

Los hecho de violencia que se suceden después de este evidente fraude electoral, así parecen anticiparlo. Diversos países y la propia OEA han tomado cartas en el asunto. Todos esperamos que se resuelva en paz; sobre todo por los inocentes que son los que más están expuestos y pagan los platos rotos. De lo contrario habrá muertes de víctimas inocentes y la pobreza y la emigración seguirán creciendo. Como puedo demostrar conozco muy bien el paño. Deus qui innocentes defendat (Dios proteja a los inocentes). En otras entregas prometo contar otras situaciones.