El haiku, con sus 17 sílabas puras de corazón obsesionadas con una idea —conseguir lo máximo con lo mínimo a toda costa— es un no rendirse absolutamente, una iluminación, una rebelión abrasadora y un decir más de lo que se dice. Aprender a escribir un buen haiku de añoranzas no es sencillo, aunque parezca al alcance de cualquiera. Se trata de fenómenos misteriosos observables que nos han llegado de la vieja tradición japonesa. Los aprendices de poeta no caen en el eclipse perpetuo por más que intenten porque “la guerra de la mente es la historia de la división del alma” (H. Miller). Hay maestros fértiles del haiku, no obstante, que consiguen milagros, asombros auténticos que resultan inconfundibles, al subrayar cuidadosamente lo que está hecho de nada, de palabras instantáneamente iluminadas como una luz ardiente.
Este es el caso de Ricardo Virtanen: un músico, poeta y aforista madrileño de origen finlandés, un autor muy de referentes que están intensamente vivos, y al mismo tiempo, un escritor con una voz emotiva y personal.
En Hilo de lluvia, con una edición muy cuidada de La Garúa, se nos ofrece “una muestra significativa” de sus haikus reveladores. 100 haikus que elevan la verdad de la naturaleza a un nivel supremo.
¿Merece la pena hablar y detenerse en todos? Sí, sin duda. Virtanen ha dado con el editor adecuado, Joan de la Vega, editor no solo con corazón de cemento comercial sino un escritor intelectual nunca falto de lecturas ni de imaginación. Y asimismo, con el prologuista perfecto, Luis Alberto de Cuenca, quien nos dice al comienzo: “he tenido la suerte de toparme a lo largo de mi vida con dos de los mejores “connaisseurs” del haiku japonés que ha dado España al mundo: mi llorado amigo Manuel Lara Cantizani (…) y otro querido amigo, Ricardo Virtanen (pronúnciese Vírtanen, con acento en la primera sílaba, como ocurre con todas las palabras del idioma finés), de quien tanto he aprendido en su calidad de haijin (pronúnciese jaiyín), que es como se denomina en Japón al que compone haikus”.
Acuarelas que poder colocar en la estantería parecen muchas de estas composiciones. “Se fue el invierno, / y la lápida sucia / está sin hojas”; o bien: “El viento mueve / suave la colchoneta / cuando amanece”. Ese “viento” con rasgos emotivos vuelve a aparecer una y otra vez a lo largo del libro: “El aire pasa / las páginas de un libro / abandonado”; igual en “¿A dónde irá / esa flor de cerezo / que el viento arranca?”, etc.
Las tumbas, la muerte como apetito de la curiosidad, las hojas en los días de otoño llanas y sencillas, el río sin pausas embarazosas, son recurrentes aquí al hablar de la realidad que hallamos cada día en el umbral.
En uno de ellos, el número 15, nos describe las ruinas de un modo maravilloso, sin vacilar un momento: “Casa derruida. / El sol nunca penetra / por las ventanas”. Esa destrucción ineludible reaparece varias veces: “Lleva ya días / la naranja podrida / bajo el naranjo”; “Cuando amanece, / las ruinas de este templo, / también sagradas”.
Muchos de los haikus de Virtanen muestran su desnudez en la naturaleza al tratar la fugacidad de la vida sin rebuscamientos ni remolinos complicados. Breves anotaciones sobre animales: “El aleteo / de un pez sobre la arena. / Ya no se mueve”; “Un saltamontes / parado en la ventana. / La noche oscura”; “La rana verde / en el árbol quemado / toda la noche”; “Varias palomas / picotean el vómito. / Sol de noviembre”.
Ricardo Virtanen puede leerse con provecho, es antes que nada un lector cuyo bramido de voces universales está presente. Lo que más parece gustarle es hablar con una expresión grandiosa, de lo que pasa en el proceso de la vida, cuando no pasa nada. “Tarde lluviosa. / Asomando en la niebla, / un perro flaco”. Hay muchos detalles exactos: “Mira su sombra / el caballo, y no sabe / que son lo mismo”.
Hilo de lluvia reúne un largo período de dedicación poética. Apreciamos en él un enriquecimiento temático —las avispas, la lámpara y el moscón, el cuervo inmóvil, el murciélago en la autopista…— así como formal (con variación de Basho incluida): Saltó la rana / al agua corrompida. / Aún hay burbujas”.
Hay en sus versos medidos gatos negros reflejados en el agua, gente comiendo fresas al borde del camino. El tiempo que da un nuevo sentido a las cosas: “Lleva su anillo / treinta años después / de que muriera”.
Nunca resulta aburrido Hilo de lluvia, sino memorable como quien sale a la calle y observa todo. Virtanen es un poeta que siempre se está dirigiendo a la puerta, un poeta de verdad. Sus textos breves tienen una memoria prodigiosa, parece repasar laboriosamente los archivos en busca de algún detalle que a otros resultaría trivial. Los buenos haikus, como composiciones sedantes e hipnóticas, se quedan para siempre en la memoria. Hay muchas sorpresas en el nuevo libro de Virtanen porque vemos “aún en el barro, / las huellas de sus botas. / Serenidad”.