Opinión

Para entender (mucho, poco o nada) a Venezuela; 2024: modelo para (re)armar

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 07 de agosto de 2024

La crisis político-electoral de Venezuela es muy fácil -o muy difícil- de entender. La fácil: un líder autócrata manipula el proceso electoral para extender un tercer periodo de su mandato; la difícil: en Venezuela se cruzan muchos escenarios complejos, desde el interés energético de Estados Unidos por su petróleo hasta un desequilibrio social con mayoría de personas en situación de pobreza.

Y si se quiere agregar otro elemento, entonces habrá que considerar lo ocurrido en ese país sudamericano de 1999 a la fecha, primero con el liderazgo populista, petrolero, retórico y pobrista del comandante Hugo Chávez Frías a partir de su primer intento fallido de golpe de Estado y luego su acceso a la presidencia por la vía electoral, además de su permanencia en el poder hasta su muerte.

El factor desestabilizador en Venezuela ha sido Estados Unidos, una economía hiper capitalista que sólo ha visto en ese país y en México a los pozos petroleros y sin ninguna estrategia diplomática, geopolítica y hasta de tipo social ha buscado nada más que la manera de garantizar el acceso al energético de esas dos naciones, cuyo petróleo es propiedad del Estado y por lo tanto sujetas a definiciones, negociaciones y definiciones políticas de los gobernantes en turno.

Chávez construyó un estilo popular y populista de gobierno a partir de su propio carisma, el tono de sus discurso y definiciones coyunturales externas que pasaban por una vinculación ideológica a la Cuba que estaba dirigida todavía por el comandante Fidel Castro. A la muerte de Chávez y de Castro, en Venezuela se dio un relevo de hombre fuerte a través de Nicolás Maduro, quien ha sabido explotar un poco el tono de su voz, el ritmo y fraseo de su discurso y la vinculación a lo que todavía sigue vivo del ejemplo de Chávez. Sin embargo, Chávez y Maduro se olvidaron de que los procesos de cambio político necesariamente tienen que pasar --como explica Leonardo Morlino con claridad en sus explicaciones de cómo cambian los regímenes políticos-- por una crisis, una transición, un nuevo grupo político-ideológico dominante, la instauración de un nuevo sistema/régimen/Estado/Constitución y la parte más difícil del proceso que es la de la consolidación, antes de que la nueva estructura de poder por razones naturales de desarrollo de las contradicciones sociales y políticas entre en una nueva crisis de viabilidad.

Chávez y Maduro se quedaron sólo en la transición y de manera desordenada adelantaron la instauración de nuevas reglas y algunas instituciones avanzadas, pero no lograron cumplir el objetivo de disminuir la pobreza social. El petróleo fue el detonador de la primera fase del chavismo y su conversión al madurismo, pero los gobernantes se preocuparon más por regalar petróleo a otros países en situaciones de pobreza que en articular y definir programas internos de bienestar social que disminuyera la dependencia de los ciudadanos respecto del dinero regalado.

Chávez y Maduro no supieron edificar una estructura sistémica en las instituciones políticas de competencia semidemocrática. Las reglas electorales se crearon para beneficiar al titular coyuntural del poder, pero con algunas concesiones que son las que han beneficiado en las últimas elecciones a la oposición: el manejo de las actas electorales y el conteo y recuento de votos.

Además, Chávez y Maduro se confiaron en su propio discurso populista y en el agradecimiento al petróleo regalado, pero no le dieron interés ni prioridad a consolidar la legitimidad de su mayoría político-electoral y el partido en el gobierno dejó de funcionar como correa de transmisión social y política de poder. Venezuela se polarizó entre un centro-derecha controlada por élites clasemedieras, empresariales y disidentes y un centro-izquierda que descuidó la funcionalidad de la clase proletaria y convirtió a los trabajadores en masas amorfas y no en clase productiva correspondiente a una lucha de clases.

Chávez y Maduro radicalizaron su populismo hacia un régimen autoritario, personalista y centralista, pero sin destruir del todo a la oposición conservadora. Y entonces apareció el factor Casa Blanca: la derecha venezolana acudió a la protección y padrinazgo de los intereses geopolíticos y energéticos de Estados Unidos, en tanto que Chávez y Maduro --el primero con mayor intensidad que el segundo-- se confiaron en las simpatías de agradecimiento de países populistas y radicales con cada vez menor ideología comunista como Ecuador, Nicaragua y Cuba.

Chávez planteó una nueva alianza latinoamericana en términos de un discurso bolivariano, pero tampoco supo construir las instituciones funcionales a esas nuevas definiciones económicas --sobre todo--, políticas --más-- e ideológicas --después-- en modo de demagogia.

Maduro descuidó el proceso político interno, permitió la consolidación y cohesión de la oposición centro-derecha, se echó a los brazos de Estados Unidos --como lo demostró Juan Guaidó cuando fue invitado especial a un informe del presidente Donald Trump-- e hizo descansar su estrategia en el manejo de los hilos de seguridad nacional de Washington.

Las últimas elecciones se perfilaron en esas contradicciones: Maduro iba a ser hasta lo imposible para imponer su victoria, la oposición conservadora descansó su poder en el intervencionismo del Departamento de Estado que dio a conocer la victoria del candidato opositor Edmundo González Urrutia sin presentar ninguna prueba ni ninguna acta electoral y el sistema político venezolano mostró las insuficiencias de un régimen populista que siempre quiso ser socialista, pero dejó vigente la funcionalidad de las instituciones de la democracia burguesa.

El saldo está a la vista: Venezuela entró en una lógica de corto plazo que se resolverá con la imposición del Gobierno de Maduro por otro período o la intervención estadounidense para propiciar un golpe de Estado o una revuelta popular, ambas opciones sin ninguna posibilidad de convertirse en una salida institucional.

Lo obvio no es tan obvio pero se deja como testimonio: la única salida no violenta de la crisis de Venezuela es un pacto político entre los dos grupos en pugna, un gobierno temporal para pactar la transición y desde luego un acuerdo de reforma institucional que garantice la estabilidad y aleje las posibilidades --aún remotas, pero en el escenario-- de una guerra civil. Pero Venezuela se enfila a un colapso político y social.