Opinión

Carolina Marín

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 07 de agosto de 2024

Hay deportistas que nos dan ejemplo y lo digo sin ánimo de acudir a las comparaciones, que según dicen son odiosas. Ya sé que no conviene comparar personas o cosas entre sí, para evitar que alguna se sienta menospreciada o porque cada una tiene sus propios valores; pero hay motivos sobrados que nos definen como somos en beneficio de la duda frente a otros. Y eso hay que ponerlo de relieve más que nada por llevar la contraria a tanto adagio popular.

Carolina Marín marca la diferencia y también su bádminton, que sin ser este un deporte de mayorías resulta que con ella España gana más que pierde. Y es que al igual que otras disciplinas competitivas que no mueven masas ni otros recursos de gran calado, resulta que no aplaudimos lo suficiente ni las gestas ni tampoco los gestos de los profesionales que se lo curran.

El éxito de Carolina radica en su fortaleza física, su perseverancia y su mentalidad ganadora dentro y fuera de las pistas. Sus lesiones, tan fuertes, pero menos de lo que es ella, hubieran tumbado a cualquiera en una disciplina deportiva, digamos de menor expresión mediática. En países asiáticos como China, Indonesia, Malasia y Corea es uno de los deportes nacionales, de manera que muy lejos de Huelva, su terruño, resulta que la magnífica Carolina es la única deportista no asiática que ha ganado un oro olímpico en bádminton; o sea, es comúnmente reconocida como la mejor jugadora europea y una de las mejores de la historia. Su palmarés internacional resulta abrumador y las condecoraciones, premios y demás reconocimientos hacen de ella el icono de la perseverancia para gloria de cuantos aún mantenemos el sentido patrio de esta España cada vez más alejada de nosotros mismos.

Y uno, en esa inopia deportiva que es el sofá casero, el gin tonic, los pistachos y el aire acondicionado, se involucra en el dolor ajeno como si la artrosis de la edad te hiciera cosquillas por ver como Carolina se retuerce entre dos mitades de su cuerpo. Por un lado, el físico, con la rotura del ligamento cruzado de su rodilla derecha y también el menisco interno y externo, y por otro, el anímico. Su sentido competitivo forma parte de su éxito por eso con ella siempre se gana y nunca se pierde, aunque en París lo haya sido por el procedimiento cruel de un mal gesto a la hora de alcanzar un volante en la red.

Carolina no tiene que demostrar nada más que su heroica trayectoria llena de éxitos y eso es lo que nos duele al contemplar su llanto olímpico en víspera de medalla al ser traicionada por causas de unas articulaciones que se rebelaron en mala hora. Mensajes de ánimo, por supuesto, pero en el mundo del deporte todo sucede con el vértigo de los triunfos entre quienes saben valorar el esfuerzo mezclado con la ternura. Y de eso Carolina Marín anda sobrada. Hemos asistido al dolor que el triunfo exige a quienes más lo merecen, pero en todo ello hay un componente que nos enseña lo que significa el sacrificio y eso, admirada Carolina, es lo que nos une para agradecerte lo que haces a pesar de las comparaciones con las «grandes» manifestaciones de otros deportes.

A veces la humildad la tenemos tan cerca que no sabemos ni que existe. Gracias Carolina por enseñarnos la doble cara del deporte. Dolor y éxito.