Cultura

Alicia Montesquiu: “No se puede ir mendigando el amor ni el arte: hay que tomarlos”

TEATRO

David Felipe Arranz | Domingo 11 de agosto de 2024

Actualmente se la puede ver interpretando a Casta en La verbena de la Paloma en el Teatro EDP Gran Vía y estrenará en el Festival Internacional de Verano de El Escorial El viento y la luz el 31 de agosto y en el Teatro de La Zarzuela Las hijas de Eva la próxima temporada.



Parece escapada de una lámina de aquellas pin-up de los Estados Unidos, al estilo de Dita Von Teese, la reina del burlesque, porque todo en ella es vanguardia, vedetismo de alto nivel y sensualidad inteligente, estilismo con unas gotas de nostalgia y la silueta cincelada a base de baile y de carretera y manta por toda España: modelada de trabajar, vamos. Pero que no se confunda nadie: la barcelonesa Alicia Montesquiu tiene la cabeza sobre los hombros y no es solo una intérprete fetén que podría ser modelo, si quisiera o quisiese, sino que canta, escribe, dirige e investiga en el fondo documental de nuestra escena, le da un argumento a la cosa y estrena proyectos independientes que pergeña con tenacidad y paciencia en su apartamento de la Gran Vía. Las hermanas de Manolete, La lluvia amarilla o La verbena de la Paloma, donde se marca un número espectacular de cupletista descarada y que actualmente puede verse en el Teatro EDP Gran Vía, son algunos de sus últimos éxitos. Ha vivido varias vidas, incluso como vocalista explosiva de La Belle, pasa olímpicamente de los políticos, de los colegas envidiosos y de las camarillas, y cree en la honestidad y el amor, nada menos. Y hasta se permite el lujo de rechazar premios si no obedecen a sus principios: una mujer del arte con un par.

Usted es una mujer que escapa a cualquier etiqueta, de manera que defínase, por favor. ¿Quién es Alicia Montesquiu?

Pues es una mujer muy inquieta, con inquietudes artísticas y creativas, actriz, dramaturga y cantante.

¿Está el público español habituado a entender una artista que toca varios palos? Porque lo normal es que lo encasillen a uno…

En general, no solo al público, sino a la gente le gusta tener el control de lo que ve, porque encajar cosas es más fácil para el cerebro que pensar en lo que verdaderamente significan. De hecho, nuestro cerebro descansa cuando le ponemos nombre a las cosas. Desde la pandemia, los actores nos hemos vuelto más productores de nuestras propias cosas, para tener al fin el control total de otros aspectos al margen de la interpretación, como el de la producción; así que cada vez más de nosotros producimos, escribimos y dirigimos, cosa que en Estados Unidos, por ejemplo, es lo normal. Yo soy de las que va al cine y se queda hasta el final de los títulos de crédito y descubre, por ejemplo, que tal película la ha producido Charlize Theron.

¿Cree que ha pagado el precio de la independencia?

Sin lugar a dudas. No vengo de ningún clan familiar ni de ningún grupo artístico, ni tampoco me significo políticamente y actúo en consecuencia. A mí no me gusta ser del Fútbol Club Barcelona o del Real Madrid. He tenido oportunidades en el pasado de significarme; de hecho, rechacé un premio muy importante, el Premio Taurino de la Asociación Taurina Parlamentaria, porque no quise significarme como protaurina: soy animalista y no me pareció coherente aceptarlo. Y luego, fíjese, escribí y dirigí Las hermanas de Manolete, porque me parece un arte precioso, aunque creo que el toreo debería evolucionar hacia una tauromaquia sin sangre, a un toreo de salón…

¿Por qué le fascina tanto la zarzuela y desde cuándo mantiene este romance?

Desde que llegué a Madrid, allá por 1999, porque nada más llegar hice algún papel de la zarzuela y, desde entonces, y ya han transcurrido más de veinte años, ha sido imposible dejarlo. Después fui tirando del hilo y resultó que estaba predestinada: mi abuela me acunaba cantándome “Las espigadoras” de La rosa del azafrán, que es una zarzuela de 1930 de Jacinto Guerrero, y quién me iba a decir que terminaría viviendo en el edificio Coliseum que mandó construir precisamente el maestro Guerrero en la Gran Vía.

Háblenos de El viento y la luz. ¿Qué vamos a poder ver en el Auditorio de El Escorial el 31 de agosto?

Es un texto que he escrito con muchas ganas y que habla de que el viento es donde se quedan las lágrimas, las canciones que no hemos cantado y que se quedan en el aire que todos compartimos. Con respecto a la luz, se tiene o no se tiene, pero es muy difícil de manejar porque nos da mucho poder: es como el amor. El libreto de El viento y la luz que he escrito es el siguiente: una famosa cantante de Nueva York regresa a España y se enfrenta en Madrid a todos sus miedos y sus fantasmas. La protagonizará María Rodríguez, “la Rodríguez”, la dirigirá Humberto Fernández y la iluminación y la escenografía correrán a cargo de Juanjo Llorens, con los que tenía muchas ganas de trabajar.

¿En qué se ha equivocado a lo largo de su carrera? ¿Qué errores no volvería a cometer?

Perdí muchísimo tiempo esperando a que me quisieran: una tiene que buscar lo que quiere. Yo había empezado ya a escribir mucho antes y me esperé a que me eligieran mis obras y proyectos: craso error, no hay que esperar a que nadie te elija. Muchos artistas pierden mucho tiempo esperando una oportunidad, pero esa oportunidad te la tienes que dar a ti mismo. En mi trayectoria hubo un cierto parón profesional, precisamente porque yo estaba esperando a que me llamaran, y esos meses de impasse fue una pérdida de tiempo. Como veo cómo está el panorama y veo a compañeros que siguen a la expectativa, les animo a que emprendan por su cuenta, como hace Sergio Peris-Mencheta, al que admiro y que desarrolla sus propios proyectos. La oportunidad te la tienes que dar tú mismo, no puedes ir mendigando amor. Fijémonos en las palabras de los representantes, cuando nos dicen que “nos quieren” para tal o cual proyecto. Es amor y el amor no entiende de esperas.

¿Ha observado un cambio en el público español, de la década de los años noventa al de ahora?

Absolutamente, y la evolución ha sido muy desfavorable. Los chicos y las chicas que están estudiando ahora no se interesan por la cultura y los medios de comunicación tampoco potencian la información cultural, así que la gente no lo ve y, si no lo ve, no lo compra, porque lo que no se conoce, no se quiere ni se desea. La gente ya no tiene cultura, no sabe quiénes son los grandes dramaturgos, los grandes artistas, los grandes cineastas… Se nota que las nuevas generaciones no los conocen. Ya no hay tanto público y, el que hay, es inculto, y lo digo con dolor de corazón. Vivimos en la sociedad de la dopamina, del consumo rápido y todo eso que a los más jóvenes les ha anulado el gusto por la cultura.

¿Cree que esto es casual?

Evidentemente que no, porque lo que quieren que la gente vea es lo que piense al final que está tomando como bueno, no la realidad, que es bien distinta. Está todo hecho a propósito, porque cuanto más borregos seamos, más fáciles seremos de levar para un lado o para otro. Y el arte es un espejo necesario en el que mirarnos todos. Cuando vamos al Museo del Prado y contemplamos una obra maestra, nos extasiamos porque nos reconocemos, y esta es la función del arte, el explicarnos a nosotros mismos, quiénes somos en realidad, y no quiénes quieren que otros pensemos que somos.

¿Qué es lo que usted más valora en una persona?

La honestidad por encima de todo. Porque muchas veces por envidia no te dicen que les ha gustado mucho tu obra o tu interpretación. He estado sentada en el patio de butacas en un estreno fabuloso junto a compañeros que se han callado los parabienes y las felicitaciones al autor por pura mezquindad. Por eso valoro la honestidad y que la gente se conduzca con cariño y amor a las cosas.

No pide usted nada, Alicia.

Aaaaah, claro, pero eso es lo difícil, ponerle amor a las cosas.

¿En qué consiste Las hijas de Eva? ¿Se atreverá con el cuplé, un género al que muchos daban por muerto y enterrado? Es usted una temeraria…

Es un proyecto muy bonito para la sala Ambigú del Teatro de la Zarzuela, en Madrid; su directora, Isamay Benavent, que es una mujer cultísima, me dejó boquiabierta cuando me entrevisté con ella: se fija hasta en el último detalle y ha sido un auténtico acierto para el Teatro de la Zarzuela contar con ella para que esté al frente de la institución. Las hijas de Eva trata de las primeras cupletistas que ha habido en España, compañeras de doña Emilia Pardo Bazán, fundadoras del partido de las superhembras y primeras feministas, que querían bañarse en las playas con su bañador, como los hombres, ir solas a disfrutar de los espectáculos o a hacer la compra, que aunque son canciones un poquito picantes, de lo que hablan en realidad es de la igualdad y eran muy atrevidas y de vidas muy contemporáneas a las nuestras: algunas incluso fuero famosísimas fuera de nuestras fronteras. El argumento gira en torno a una representación del cuplé en un teatro madrileño y la rueda de prensa que celebran tres actrices cupletistas, a comienzos de la década de los años treinta. He pensado en la escenografía, para que el público se sienta integrado en la época nada más subir al Ambigú.

Por último, ¿qué personalidades de la cultura le han influido más?

Jacinto Benavente, que es un señor de nuestras letras y al que interpreté en Titania, y del que me fascina estudiar su vida y su obra. Don Benito Pérez Galdós, que es indispensable para comprender la España de entonces e incluso la actual. Luis García Berlanga, con su característico tono tragicómico que me ha influido, al igual que todo el cine español de la década de los años cincuenta. Y yendo ya a figuras contemporáneas, la actriz y cantante Meryl Streep, de la que soy hiperfan, y que dice que cuando vas a emprender un gran proyecto, hay un momento en que te invade el síndrome del impostor y piensas “Dios mío, se van a dar cuenta de que no soy tan buena”, algo que también me sucede. Y también me gusta el cine de Paula Ortiz, me sorprende mucho su universo en películas como La novia o Teresa.

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