El plan de Regeneración Democrática de Pedro Sánchez no es tal, sino un plan de degeneración democrática. Pero no es actual, como parece, sino que es el plan que se propuso desde que asumió la presidencia del Gobierno y quizás antes, desde que se hizo tramposamente con la secretaría general del PSOE, convertido en partido Sanchista. El Plan de degeneración democrática de Sánchez consiste en tomar el Poder a cualquier precio y permanecer en él todo el tiempo que lo permitan las circunstancias, contando con la mentira y la compra de votos de una parte de la población carente de moral. Pero este Plan, cuyo único propósito es mantenerse en el poder, requiere establecer una dictadura, normalizándola con el nombre pomposo de regeneración democrática. Esa dictadura no es posible sino copando todas las Instituciones democráticas con el pretexto de que son del pueblo del que el dictador y su mafia son sus más fieles servidores. Por eso se apresta enseguida a concentrar en uno los tres poderes de la democracia clásica, eliminando su independencia. En España, el Congreso, controlado por el ejecutivo, se arroga la competencia del poder Judicial y del Constitucional, creyendo que aquel puede legislar libremente sin someterse al escrutinio de estos últimos.
Dos defectos importantes de la Constitución española facilitan el proyecto dictatorial de degeneración democrática sanchista. Uno consiste en que la Constitución se hizo bajo la presión del miedo a ETA, que estaba entonces en su apogeo criminal. De ello dependió la concesión a la Comunidad vasca y a Navarra de un concierto económico especial. Es oportuno recordar lo de “agitar el árbol y recoger los frutos”, de Arzallus. Pero el sentido actual de una democracia es incompatible con supuestos derechos históricos que signifiquen la desigualdad entre los ciudadanos de una Nación “indisoluble” como la española, que exige la “solidaridad” entre sus regiones. El otro defecto muy grave de la Constitución es el del art. 102, que exige para incriminar penalmente al Presidente del Gobierno, por “los delitos de traición y contra la seguridad del Estado”, la mayoría absoluta del Congreso. Cosa absurda, cuando lo normal es que la Presidencia se apoye en una mayoría absoluta. ¿Esa mayoría absoluta va a ir contra sí misma, acusando al Presidente? Lo lógico es que a cualquier incriminación contra el Presidente respondiera el Tribunal Supremo sin intervención partidaria del Congreso. Por otra parte, ¿Pedro Sánchez no ha atentado contra la seguridad del Estado al indultar y amnistiar a los autores de un golpe de Estado, acusando de paso de prevaricación a los jueces del Supremo y aniquilando la división de Poderes. Y ahora, en vez de respetar las decisiones judiciales como dice que va a hacer, se dedica a querellarse contra un juez porque osa llamarle a testificar como esposo de la imputada Begoña Gómez, con razón, pues hasta el más lego en derecho ve en la actividad profesional de ésta claros indicios de tráfico de influencias. ¿Y quién se presta a ello? Sera el Presidente, ¿no?
Por otro lado, la corrección de las sentencias del Supremo por parte del Constitucional en el caso de los ERE es un paso más en la degeneración democrática de Pedro Sánchez y su Gobierno. Con la negativa del Fiscal General a dimitir, tras confesarse él mismo delincuente, y obligar a los fiscales a ser no defensores de la ley, sino de los delincuentes amigos del Gobierno, se completa el círculo de la degeneración democrática propiciada por Sánchez. Pero ya sabemos que lo más escandaloso de éste no es ni siquiera la concesión de la amnistía a los golpistas, sino el motivo, la razón, para hacerlo, que no es ninguna pacificación de Cataluña, sino la permanencia del dictador en la Moncloa. Como lo más escandaloso no es la concesión de un concierto económico singular para Cataluña, sino sólo para que un sanchista se siente en la poltrona de la Generalidad. Otro golpe a la Constitución, que se quiere reformar de tapadillo sin contar con el porcentaje preceptivo de los diputados para hacerlo.
Los dictadores suelen defenderse entre sí. Por eso, no es extraño el silencio atronador de Sánchez y de su compinche Zapatero, el amigo de Maduro, sobre el grandísimo fraude electoral reciente de éste. Además, el plan de degeneración democrática tiene que inventarse su vocabulario especial apropiado a la situación: extrema derecha, máquina del fango, bulos, pseudomedios digitales. Y eso lo dice quien está enfangado hasta las cejas.
En todo caso, la democracia española tiene un problema inicial que no se solventa, quizás, porque- el Constitucional dixit- no es una democracia militante. Lleva razón, y por eso ahora es una dictadura militante, incluso peor que la de Maduro, puesto que Sánchez y sus esbirros no sólo están acabando con la democracia sino también con la Nación. Urge tener en cuenta que muchos problemas de la democracia, por no decir todos, derivan de admitir tranquilamente que los partidos separatistas que odian a España y quieren destruirla, caso clínico, se sienten en el Parlamento español. Si no se resuelve esta anomalía de una vez, impidiéndolo, es absurdo quejarse de que Sánchez pacte con ellos. ¿Es que se quiere que estén de adorno en el Parlamento? Es verdad que una vez que han dado un golpe de Estado resulta mucho más escandaloso que sigan ahí y que el autócrata Sánchez, sin ganar las elecciones, pacte con ellos. A propósito de esto, el autócrata Sánchez se permite el lujo de decir que la oposición no respeta los resultados electorales. No, Presidente, lo que no respeta es que antes de unas elecciones digas una cosa y después de la elecciones hagas lo contrario. Por lo tanto has hecho trampas y eres un gobernante ilegítimo como se te ha repetido hasta la saciedad. No ilegal, porque aún no se ha introducido en el C.P. la mentira grave como delito inhabilitador, que es lo que hay que hacer.
Mientras tanto el rey y el ejército, que han jurado cumplir la Constitución, en silencio absoluto. ¡Por imperativo legal, claro!