Opinión

“Mujer espectáculo” en política

TRIBUNA

Cristina Hermida | Miércoles 14 de agosto de 2024

Es cierto que Begoña Gómez, la esposa del presidente Pedro Sánchez, ha venido manteniendo un perfil bajo en los primeros años desde que su marido llegó a la Moncloa en 2018. Sin embargo, los últimos acontecimientos en los que se ha visto implicada, relacionados tanto con la compañía aérea de Air Europa como con la reciente investigación abierta por el Juez Peinado por una supuesta comisión de delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios, han provocado que todo el mundo dirigiera su mirada hacia ella, en especial, a raíz de que su marido anunciara que suspendía la agenda política para reflexionar sobre si dimitía de su puesto como Presidente del Gobierno.

Como mujer siento que nos ha hecho un flaco favor ver que esta fémina que podía ser paradigma ejemplarizante de la igualdad en la diferencia se ha convertido en un personaje del espectáculo político demostrando con su praxis que Maquiavelo tenía razón cuando señalaba que el fin justifica los medios de los que uno pueda servirse, aunque estos sean poco o nada éticos. Es curioso que su actuación como “mujer espectáculo”, que no espectacular, la protagoniza en un escenario que no es ni el propio de la ética ni tampoco el de la política, si tenemos en cuenta que no forma parte del gobierno actual y que una formación en principios no parece haber sido objeto suyo de atención.

Ha dejado probado que el escenario en el que se mueve a sus anchas es el propio de la farsa en el que los personajes encarnan roles que enmascaran lo que realmente como sujetos son. Las claves del personaje parecen claras para el espectador: falta de escrúpulos, ambición de poder y exceso de osadía al querer ostentar un puesto como catedrática (aunque sea mera codirección) que jamás habría podido alcanzar sin méritos académicos y muchos años de estudio y esfuerzo personal detrás. Como si de una convincente farsa se tratara, ella puede dar fe de que solo había que asentir con la cabeza y por arte de magia, como en el mejor espectáculo del mundo, podía convertirse en codirectora de una cátedra y un Máster Propio en Dirección de Fundraising Público y Privado en Organizaciones sin Ánimo de Lucro en una universidad pública madrileña.

Hay que reconocer las grandes dotes de actuación y el gran arrojo de quien cita al rector de la Universidad Complutense de Madrid, Joaquín Goyache, nada menos que en uno de los flamantes despachos de la Moncloa para convenir los términos del guión a seguir “con las mejores intenciones” por ambas partes, confiando en que el resultado terminaría por constituir una verdadera obra maestra propia de un genio.

Joaquín Goyache saldría de esa reunión habiéndose grabado a fuego la consigna: “Tenemos que hacer una cátedra para Begoña Gómez”. Así, al menos, lo afirmó en su declaración como testigo ante el magistrado Juan Carlos Peinado. Goyache explicó además que había avisado a Begoña Gómez de que no podía registrar a su nombre la plataforma desarrollada en el seno de la cátedra para que las empresas pudiesen medir los objetivos de impacto social y medioambiental fijados en la Agenda 2030, una actuación por la que la propia Universidad Complutense de Madrid advirtió al instructor de una posible apropiación indebida.

También el empresario Carlos Barrabés, recomendado por Begoña Gómez en concursos públicos a través de cartas, ha reconocido ante el juez que se reunió en dos ocasiones con Pedro Sánchez y su mujer en la Moncloa, aunque mantuvo con Gómez otra media docena de encuentros más en el edificio presidencial. Se ve que no hacía falta disimular los vínculos que unían a los personajes en la trama y por ello qué mejor sitio para reunirse con las partes implicadas que en el imponente palacio presidencial.

Nada parecía importarle a esta bilbaína que sus méritos se debieran a trabajos en ámbitos que nada tienen que ver con los propiamente académicos para llegar a conseguir los objetivos deseados que debían aportarle no solo más prestigio, si lo comparamos con sus anteriores puestos como asesora de entidades como Oxfam Intermón, Amnistía Internacional o Anesvad, sino además más dinero por cátedras cuya dirección no puede estar estatutariamente retribuida.

Si la mujer se convierte en el foco del espectáculo político me gustaría que lo fuera porque se mueve dentro de ese espacio con legitimidad democrática, que sea porque representa los mejores valores de la mujer que nos han hecho ganar, tras muchas luchas de siglos por los derechos civiles y políticos, un espacio dotado de dignidad y garantías jurídicas, y además lleno de respeto para las generaciones de mujeres venideras.

El papel de la mujer espectáculo ha sido representado a la perfección por Begoña Gómez. No cabe duda de que el personaje hubiera quedado reducido a mera comparsa en la escena satírica de no ser porque en el reparto figuraba de esposa del presidente del Gobierno, gracias a lo cual ha conseguido forjar su identidad moral y vital. No es una identidad femenina con autonomía y voz propia, sino que, por el contrario, habla por la boca de su esposo al que le debe la lealtad ganada a cambio del lugar en el que, gracias a él, está posicionada socialmente.

Asistimos a un calco del viejo paradigma de la mujer subordinada al varón, atada a los papeles y roles tradicionales, que la invalidan como ser humano si no es porque su otra mitad existe. Lo que sí habría que reconocerle a Begoña Gómez es haber conseguido algo que seguramente nunca soñó que pudiese lograr con esta actuación estelar, y es haber unido lo estereotípico con lo estigmatizante en un escenario mediático y político en el que el sexismo y la igualdad en la diferencia no llegan nunca a encontrarse. Una interpretación espectacular para encarnar a la “mujer espectáculo”. Una auténtica proeza.