Afirmaba Valle Inclán que “el sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemática deformada”. Y es que retratar lo que nos pasa en la actualidad es como mirarse en un espejo cóncavo, en donde hasta lo más bello se muestra absurdo, rayano en lo ridículo y lo grotesco.
No se me antoja otra manera más explícita de describir el esperpento que tanto sulibeya a Pedro Sánchez y demás agnósticos de la verdad que le bailan el agua a diario. Desde que nos desgobierna Sánchez la palabra esperpento, ya en sí misma, adquiere una universalidad de orden social que a resultas de la trivialidad de sus políticas han hecho que la cosa transmute hasta crear que todo el medio ambiente se haya convertido en algo angustiante. La función de este gobierno reside en dar una perspectiva de una realidad deformada, incoherente y absurda para luego, a través de las hipérboles, adjetivos inusitados, o de culpar a los Reyes Católicos, convertir lo inconexo en ley a golpe de talonario.
Para él, la verdad precisa sea disfrazada de figuras retóricas para que parezcan soportables a fin de disminuir cualquier efecto de negativa repercusión para su estadía en Moncloa. Y aun siendo el personaje político más dado al juego de palabras con tal de decir una cosa haciendo valer otra muy distinta, hay que poner en valor su habilidad para aislar la palabra dada y agotarla hasta insertarla dentro de otro grupo semántico hasta acabar con ella o disminuir el efecto trágico de su verdad.
Llegados a este breve tratado de la personalidad de don Pedro, visto desde una posición más o menos intelectual, hagamos uso del pecaminoso y penúltimo esperpento habido en Cataluña. Es posible que a estas alturas todo el pescado ya esté más que vendido, más siendo yo un observador de la materia viva justo es que me suba al carro de lo grotesco e irreverente que, como viene ya por sabido, bien sea en sospecha fundada o bajo cuerda de unos o de otros, a casi nadie escapa que el caso de Cataluña cabe en el saco roto de los metales preciosos que todo lo puede. Ni que decir que disparar con pólvora del contribuyente es de una ligereza pagana (de pagar) que raya en la inmundicia más excremental que se pueda consentir; y claro, los raposos de palabras, en modo coral, han glorificando el disparate nacional como el mejor acuerdo desde que Moisés golpeó con su vara la roca de Horeb e hizo brotar agua para calmar la sed de los israelitas.
Y teniendo por vicio don Pedro el aprovechar las canículas traídas del desierto profundo, o bien te invita a elecciones generales en la cuarta ola de julio 2023 o nos coloca ese numerito circense de Puigdemont cuando el sol de agosto arrulla desvanecimientos. Pura entelequia, pues el escapismo a la carta es tan antiguo como el juego de los triles; por cierto, tan de moda en la clase política local e internacional.
Damas y caballeros, comprendo que no son fechas para contaminar la cosa estival tan llena de ruido y color, sin embargo, cuando al calendario se le caiga la hoja que cubre toda nuestra desnudez, pagaremos lo que venimos padeciendo, pero con carácter retroactivo. El simpa que se ha marcado Pedro Sánchez con Cataluña, una gollería mil millonaria, viene a mostrar, una vez más, la nada más absoluta de nuestro concurso en la sociedad. Si imaginamos la cantidad de problemas sociales, económicos, estructurales y de pervivencia digna que podrían solucionarse, tendríamos la España de la envidia y el poderío que otrora tuvimos.
¡Ay, don Pedro!, cuán egoísmo emana de su tiesura. Si yo tuviera siete votos, se lo daba a los devotos de la Santa Paciencia. Que no es por indigencia, más bien por serena conciencia. Qué antes o después seremos aire, tal vez soplado por Voltaire, por aquello de la justicia universal, para todos igual. España se irá al carajo, sin pan debajo del brazo e hipotecados por arriba y por abajo. Usted lo sabe y por eso hace de la mentira virtud, «comercio de beneficios» diría yo, que en país falto de juicio, calla y paga ante tanto desquicio y tanto panarra. Y en este esperpento expuesto a mayores, sabido es que pagaremos justos por pecadores.