Opinión

Las cuentas del collar

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 18 de agosto de 2024

En su último libro de poemas, hablaba sobre lo que suponía corregir las pruebas de maquetación de uno de los volúmenes del Salón de Pasos Perdidos. Los versos decían: ‘¿Quién no ha sentido/ que con sólo una vida no se alcanza/ a realizar los sueños?/ Se nos va la primera en galeradas,/ con erratas y a medio conseguir./ De poder disponer de una segunda,/ tal vez nos puliríamos./ La eternidad tendría así sentido,/ si fuese (y no como Unamuno dijo:/ la misma vida siempre, repetida)/ corregida de errores y aumentada/ hasta decir en el amor completa.’

Resulta lógico pensar que las veces que fueran necesarias para recorrer esas páginas, preparándolas, todavía inéditas, diesen pie a consideraciones trascendentales, aunque sólo fuera para pasar el rato, que es lo importante al final, como dijo Pla. Esos ratos y esas páginas han hecho su suma de días. ¿Una que es independiente de la realidad? ¿Pegada a ella? ¿Sería posible su separación?

Cual sea la respuesta, es indudable que han acabado formando lo que su autor ha gustado repetidas veces en denominar como ‘paisaje infinito’. Cada diario siguiendo en su continuación, algo evidente, fundiéndose como la acuarela al roce finísimo del pincel con el agua. O los años o la imagen lírica que se prefiera. Todas servirán.

Debía suceder esta recopilación. Los viejos, los estables, los nuevos lectores —cuando ya dejen de serlo— de los diarios de Andrés Trapiello esperaban este Fractal. El considerable esfuerzo que ha supuesto se lo deben agradecer a Nieves García, Ana Pérez Cid y Manuela Romero, que han seleccionado los fragmentos de los veinte primeros libros, colocándolos sin mucha distinción, en cuanto a localizar de cuáles provienen, y así posibilitar una lectura seguida, como cuentas de collar, entre El gato encerrado y Sólo hechos. Un punto arriesgado, hay que admitir; también lioso para quien decida adentrarse de primeras. Pero no hay que detenerse en preocupaciones de índole filológico. Impedirían lo que verdaderamente requiere de nosotros este libro: el placer de conocer las mañanas heladas y las despedidas de año en Las Viñas, la evolución e incansable capacidad de novedad que da el Rastro, las visitas, las celebraciones, las muertes, los libros, sobre todo los libros, propios y ajenos, compañía inamovible para sobrellevar lo extraño que es todo.

De los diarios de Trapiello se ha escrito todo lo proporcional, a favor y en contra o a media tinta, que han sabido generar. Es una característica que los completa, igual que su famoso uso de las equis, que su ausencia de indicaciones temporales, que su mesura, lirismo y crueldad en los retratos y descripciones. Han escrito sobre ellos grandes nombres. Uno también, desde su afán lector, ha intentado aportar su grano al montón. Lo ya dicho hará justicia, y no importa volver una y otra vez, de igual modo que no afecta el disfrute de releer alguno de los primeros, de los de la mitad, de los que hacen novedad, que son los que el autor recomienda para empezar. Cuestión de gustos esto último.

Abrí al azar el tomo y releí lo siguiente, seguramente con tanta casualidad como premeditación: ‘Hemos estado el fin de semana en Las Viñas. Hacía mucho frío. Quemé en un montón mucha hojarasca del otoño y olía todo el campo a hierbas verdes, a niebla, a humo de hojas podridas.

Una hoja muerta sola no es nada. Una hoja muerta entre la población de hojas muertas es algo admirable de ver sobre la hierba pujante o en un montón ardiendo. Las hojas muertas arden con dificultad. Llevan sobre sí noches de lluvia, días de niebla y tardes de dura escarcha. Las hojas muertas al arder no hacen llama ni hacen brasa, sino que dan la flor de un humo espeso y perfumado, porque arde su mismo corazón. De veras imaginaba así mi vida y me sentí por un momento hoja muerta entre la población de hojas muertas.’

No es mucho. Seguramente parezca un tanto tétrico resaltar estas líneas, especialmente con el calor veraniego, en el momento de escribir esto, mostrando su faceta más implacable. Pero uno suele hallar en estos pasajes, contemplativos, introspectivos, atentos de la naturaleza y la sugestión que nos esponja y remueve, eso que puede no tener nombre y a su vez nos hace imaginar nuestra vida. Esa ardorosa carencia de lo que llevamos sobre nosotros, entregada a las inclemencias y el arrope de unas palabras que nos hagan admirar o el silencio. Su sombra como ‘el alma visible de las cosas’.