Opinión

Los ojos azules, pelo negro (En la muerte de Alain Delon)

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 19 de agosto de 2024

Hay muertes que sorprenden, aunque en el caso de la que nos concierne era una que se esperaba, temida por anunciada desde hace varios años. No por ello es menos impactante cuando finalmente sucede. Recientemente, en una columna, Teoría y práctica de la belleza, la periodista Elsa Fernández-Santos y la escritora Milena Busquets, la primera recogiendo el testigo de la conversación con la segunda, pensaban qué ocurriría cuando desaparecieran personalidades como el finado Alain Delon, símbolo de una belleza cinematográfica y un estilo que sólo tienen razón de esplendor, con su halo de mitomanía permitida, inocua y grandiosa, si la vista es teñida de nostalgia. ‘Sería como si muriese el David de Miguel Ángel’, decía Busquets. Y Fernández-Santos dubitaba: ‘Y ante eso, ¿qué se puede escribir?’

Sus últimos años no fueron justos con la figura creada y mantenida durante décadas. Todo lo contrario. Los comentarios xenófobos u homófobos en televisión, sus coqueteos amistosos con Jean-Marie Le Pen, sus continuas apariciones mostrando un aspecto desganado, vitalmente arrasado, fuera de este mundo, del que sólo evocaba tiempos pasados y para él mejores. Su amor eterno hacia Romy Schneider. Delon fue desmontando su tinglado e iba revelando un carácter, si acaso no fue el suyo de siempre, atormentado, controvertido y amargo, ensombrecido por la enfermedad y las disputas entre él y sus hijos, una lucha que venía de lejos y ha contribuido a su registro más duro y difícil, un punto cruel e inhumano.

Las películas, las que lo tuvieron de protagonista, por suerte lo salvarán, o al menos ofrecerán esa posibilidad de redención que todo artista tiene si la obra es buena y se cree en la separación entre vida y arte, tan implicadas la una en la otra como paralelas —tema y discusión infinitos y efervescentes, más en estos casos—. Las películas, decía, y pensando en el aroma y ambiente de los viejos cines, los de las moquetas raídas, los asientos desvencijados y darse cuenta al sentarse, el polvo sacudiéndose solo de los patios y los cortinajes, si la fantasía los permite, y la oscuridad y el silencio que dan la bienvenida a las bandas sonoras, los otros silencios, el color y el blancoinegro y toda la imaginería cinéfila más dolorida y socorrida. Los carteles, pintados a mano. Los rostros de los actores. El suyo, con los trazos negros abrazando o superponiéndose a los de Monica Vitti, como en El eclipse, de Michelangelo Antonioni.

¿Cuántas se mencionarán a partir de hoy? Todas. Las alabadas desde los años sesenta, A pleno sol, de René Clément, El gatopardo y Rocco y sus hermanos, ambas de Luchino Visconti, La piscina, de Jacques Deray, hasta sus apariciones secundarias pero imprescindibles, como su Charlus en Un amor de Swann, de Volker Schlöndorff, a comienzos de los años ochenta. Por intentar algo de originalidad, y tampoco creo que vaya a ser posible, resaltaré sus papeles en Mr. Klein, de Joseph Losey, una película —tan de Modiano sin ser de Modiano— que atrapa por su manipulador uso del suspense, y en Nouvelle vague, de Jean-Luc Godard, la más vanguardista de su carrera y una de las asequibles —si acaso, narrativamente hablando— del director franco-suizo. En cualquier caso, los respetos merecen serle mostrados volviendo a ver todos sus títulos.

Al igual que Gena Rowlands, cuya muerte conmocionaba a escasos días de la de Delon, eran dos estrellas que justificaban su idolatría y talento interpretativo con la sola aparición en la pantalla, dijeran algo o no, mirasen de frente o nos dieran la espalda. Nosotros seguíamos ahí, pendientes de la escena que viniera después, sin perder de vista todo lo que, al segundo de despistarse, como humo se va.