Opinión

Las percepciones son siempre equívocas

Víctor Morales Lezcano | Lunes 17 de noviembre de 2008
El desencadenamiento del islam violento en el Magreb desde el arranque de este siglo XXI -con su epicentro en Argelia- ha fortalecido la conciencia del peligro islamista en España.

Esta correlación es hija de la vecindad territorial sin lugar a duda, aunque muy pocos ciudadanos e instituciones magrebíes se permiten permanecer indiferentes ante el supuesto “enemigo interior”.

Si es cierto que no falta la consciencia de vecindad peligrosa en el ámbito del Estado español, la estigmatización sistemática del sesgo, o carácter -si de carácter se trata- de las manifestaciones fundamentalistas del islam magrebí, o mashriquí (medio-oriental), suele exagerarse en los medios de comunicación con demasía, y, sobre todo, sin entrar frecuentemente en matizaciones razonadas. Matizaciones, por ejemplo, como las que Todorov enfatiza en su último libro traducido al castellano: El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg). O como viene a concluir el colectivo que ha elaborado Las otras religiones. Minorías religiosas en Cataluña (Icaria editorial): “el fundamentalismo es hoy un fenómeno transversal, que se da prácticamente en todas las tradiciones religiosas, sin que ninguna de ellas haya de ser “fundamentalista” por definición. Algunos grupos que nacieron y se desarrollaron en un contexto de fundamentalismo generalizado hoy han dejado o están dejando de serlo, mientras que han aparecido corrientes fundamentalistas en tradiciones que durante siglos no habían tenido nada que ver con él”.

Una situación histórica dada, como la condición paria de la comunidad judía a lo largo de los tiempos, según Max Weber; o una reacción cíclicamente manifiesta, como la del “purismo” cristiano evangélico y salafí musulmán, constituyen algo más que destellos episódicos del fundamentalismo religioso, adjudicado a las religiones del Libro. Han sido -probablemente sean todavía- destellos de protesta iracunda cíclicos contra el estado de la situación próxima o internacional, tal y como ésta es percibida por los homicidas de oficio que alimenta el puritanismo, cualquier puritanismo exacerbado, al menos.

El miedo a los bárbaros que descubrió de manera sobrecogedora Dino Buzzati en su célebre relato (El desierto de los tártaros), ha vuelto a instalarse en Occidente (en España, sin ir más lejos). Cabe apostar a que el futuro de nuestro presente produzca la simbiosis intercultural por la que tanto se aboga.

La frontera líquida del Mediterráneo occidental es la línea de defensa a no descuidar, según algunos estrategas de turno; mientras que para los ultratemerosos el riesgo concreto de la amenaza está ya en casa. Como en otras muchas instancias reales, el dilema prevalece cuando el horizonte no está claro, o la senda se estrecha.

Las varias ocasiones en que desde el otoño de 2005 viene presionando un pelotón de desarraigados subsaharianos sobre la valla que aisla la ciudad de Melilla, del antiguo “campo moro circundante”, no parecen guardar relación alguna con cuestiones atinentes al grado de fundamentalismo en sangre del que serían portadores los maltrechos fugitivos, sino evidencian que las fronteras siguen vigentes entre el Norte y el Sur; y que el grado en que aquéllas se ven presionadas es directamente proporcional al agravamiento de la precariedad existencial de los desposeídos, y que se ha difundido con la crisis financiera, crediticia y laboral que intoxica actualmente la economía global.

TEMAS RELACIONADOS: