Cultura

Manuel Galiana: "El teatro es un servicio a la sociedad, no una exhibición personal"

(Foto: David Felipe Arranz).

ENTREVISTA

David Felipe Arranz | Martes 20 de agosto de 2024

El intérprete madrileño ha estrenado en los Veranos de la Villa junto a Artefactum, referente en la música medieval española, El sueño de un rey, la dramatización del testamento del rey Alfonso X el Sabio escrita por el escritor cántabro Fernando Abascal.



Manuel Galiana ha vuelto emocionado al Claustro del Pozo del Instituto San Isidro, su instituto y antigua sede del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús. Allí, a finales de la década de los años cincuenta y guiados por el profesor de literatura, don Antonio Ayora, republicano y discípulo a su vez de Cipriano Rivas Cherif, un puñado de adolescentes, entre los que se encontraba Galiana, junto a Emilio Gutiérrez Caba y José Carabias, probaron el dulce veneno del teatro, que ya los habitó para siempre. En esta ocasión, Galiana interpreta a un rey singular, al son de cinco músicos extraordinarios que tañen el laúd, la zanfoña, la vihuela, el corneto, el órgano portátil, el pandero y la pandereta y nos transportan al 4 de abril de 1284 en Sevilla, a escasas horas del fallecimiento de un monarca al que todos apodan “el Sabio” y que se lamenta de las maniobras de su hijo Sancho IV por alcanzar el poder.

¿Tienen que ver sus lágrimas derramadas al finalizar esta extraordinaria obra con su pasado feliz en este colegio?

La emoción te lleva a veces a entrecortarte cuando te diriges al público, a momentos emocionantes, a los recuerdos de nuestra juventud. En ese pozo del claustro, junto a mis compañeros Emilio Gutiérrez Caba y Pepe Carabias hemos representado de adolescentes El gran teatro del mundo o El sueño de una noche de verano en el marco del Aula de teatro del instituto. También es despedirte de un sitio muy querido, el claustro de San Isidro, porque no creo que tenga ya otra oportunidad de volver a él. Aquel es el mejor retrato de la amistad que he podido hacer a lo largo de mi vida, un retrato de hermandad, cariño y amistad inolvidable, especialmente por la ilusión que poníamos en todo lo que hacíamos, guiados por el profesor y maestro Antonio Ayora.

¿Qué aspecto teatral destacaría de aquellos años, en torno a 1959?

España ha cambiado mucho y es verdad que aquellos años, que son los años de juventud, son años de ilusión; ciertamente había muchas oportunidades profesionales en la escena, porque te ofrecían trabajos y trabajabas, porque eso es un actor y, afortunadamente, en mi caso me ha ido muy bien. Ahora cuesta más colocar proyectos escénicos de calidad, sin duda, pero tampoco nos falta trabajo.

Vd. elige muy bien sus proyectos, tanto que Manuel Galiana es sinónimo de calidad cultural en todo lo que hace. ¿Cómo elige sus proyectos con tanto olfato?

Siempre procuro que lo que haga tenga interés, porque creo que el teatro es un servicio público, no una exhibición de vanidad ni de nada que se le parezca: el teatro nos habla de la condición humana, así que siempre elijo obras que tengan un gran interés, sin olvidar el afán de entretener al ciudadano, que también es siempre importante. El teatro no es más ni menos que un servicio a la sociedad para hablarle a esta del ser humano. Uno en la literatura siempre encuentra algo que nos atañe y nos afecta personalmente, ya sea en los personajes que vemos y sus avatares vitales, o en cualquier aspecto de la trama; así lo comprendimos cuando éramos adolescentes de la mano del maestro don Antonio Ayora, quien nos enseñó todo lo que hoy sabemos, aunque también he ido aprendiendo de cada compañero e incluso de aquellos con los que no he trabajado nunca, como Charles Chaplin o Marlon Brando.

¿De qué obra se siente usted más orgulloso?

Me siento muy orgulloso de haber tenido la fortuna de dirigir Bernarda y Poncia de Pilar Ávila que lleva ya cuatro temporadas en el Teatro Lara, que cuenta con el aval de Ian Gibson y que está ambientada 8 años después de la muerte de Adela, la hija menor de Bernarda Alba. Cada representación de este drama pone al público de pie. También estoy muy orgulloso de haber podido representar obras de Alejandro Casona, José Tamayo o Narciso Ibáñez Serrador, o actuar junto a José María Rodero o José Bódalo, con quienes he tenido la fortuna de trabajar y de aprender.

¿Cuál es el milagro de El sueño de un rey? Porque el encendido entusiasmo del público ha demostrado que se trata de una obra singular.

Es el milagro de la música y del arte, que nos conmueve el alma: los sonidos nos transportan y elevan, y este tipo de obras que mezclan texto y música nos halan de un arte muy importante, que no es otro que el del espíritu humano. Los compañeros de Artefactum logran la maravilla de acercarnos al siglo XIII y que nos encontremos allí, escuchando esa música, todos fascinados, y ese es el milagro que obran ellos, los músicos que, en su caso, investigan nuestra historia musical. A eso se le añade el poder empastar de las partituras con el sentimiento que yo pueda darle a la voz de un moribundo rey Alfonso X el Sabio, en su trance testamentario, según el texto de Fernando Abascal. Para ello me llamó Luciano González Sarmiento, pianista del Trío Mompou y amigo a su vez de Abascal, y me propuso el proyecto junto a Artefactum. Y me entusiasmó, claro.

¿Cuál es su relación con otras dramaturgias foráneas? Recientemente ha representado a Moliére, nada menos.

Fue el 22 de abril de este año, en el Teatro de la Comedia: interpreté El enfermo imaginario, comedia estrenada en 1673, junto a mi amigo Pepe Carabias y Myriam Gas. Fue la última obra de Molière, que falleció precisamente tras interpretar al hipocondriaco Argán. Salté de alegría cuando me lo propusieron en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, aunque solo fuese a realizar una sola función: las entradas se vendieron en cuanto la obra se anunció y son éxitos que se agradecen, porque te van alargando la vida profesional. Tengo más proyectos ya que días de vida [ríe]. El 31 de agosto me va a conceder un premio por mi trayectoria en la XI edición del Festival Nacional de Teatro Ciudad de Talavera.

¿Qué está preparando? ¿Qué podremos disfrutar suyo este otoño?

Javier López-Galiacho ha escrito una obra en la pandemia, El lector de Galdós, consistente en una conversación celebrada en 1919 entre un anciano y ciego Pérez Galdós, afectado de una grave queratitis, y su lector, Pepe López Alonso, bisnieto del autor de esta obra. El escritor regresa de inaugurar su estatua en el Parque del Buen Retiro y charla en su domicilio madrileño con su lector de novelas, dando paso así, a través del diálogo, a las ideas políticas y literarias del autor canario. Lo representaremos en el Estudio 2 a mediados de octubre, en la madrileña calle Moratines 11.

¿Por qué cree que es usted un personaje tan querido? Cuando termina la representación de una obra y baja del escenario, es difícil acercársele, habida cuenta de las decenas de fans que se agolpan para tocarle como si fuese usted un santo…

Es porque han creado una imagen de afecto enorme y entre los artistas esto es muy común, pero es cierto que algunos concitamos más admiración que otros; llegan hasta el camerino a quererme, a darme un abrazo de cariño, porque cuando uno acaba la función se queda como vacío, en esa entrega absoluta que exige el escenario en cada obra, y uno se queda vulnerable y vacío en el encuentro posterior con la realidad. Entonces llega un puñado de gentes que vienen a abrazarme, creo que por el trabajo que vengo realizando.

¿Qué películas, libros y dramas le han impactado más?

De Clint Eastwood, Sin perdón y Los puentes de Madison. También me gusta mucho el cine negro, que ya veía en mis años mozos, como las películas protagonizadas por Humphrey Bogart: El sueño eterno, La senda tenebrosa, Callejón sin salida… Aunque prefiero Casablanca, que me gusta muchísimo. También disfruto con Al rojo vivo, con James Cagney. En cuanto a los libros, recomiendo Pabellón de reposo (1944) de Camilo José Cela y que es autobiográfica, porque padeció la tuberculosis que se curó en un sanatorio de Hoyo del Manzanares. He sido también muy lector de novelas del Oeste, escritas por Josep Mallorquí, Francisco González Ledesma o Marcial Lafuente Estefanía. Ahora estoy leyendo La música del destino, de María José García Molina, que es una novela buenísima que transcurre por cinco colores, del rosa al dorado, y que me parece una preciosidad. Y, de mis imprescindibles del teatro, solo he podido representar dos: Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, en el Teatro María Guerrero y después en el Teatro Español, y Cyrano de Bergerac, en el Teatro Español.

¿Qué le diría a la clase dirigente, a los políticos y grandes empresarios, con respecto a la cultura? ¿Qué les diría Manuel Galiana a los que mandan?

Quiero aprovechar esta pregunta que me hace para decirles que hay obras de teatro maravillosas, artísticamente grandiosas, que son buenísimas para la sociedad y que no se hacen. No se entiende que El sueño de un rey, por ejemplo, tratándose de Alfonso X el Sabio, no se lleve a Sevilla ni a Toledo, y que la gente no la vea allí. Tampoco se entiende que Bernarda y Poncia no se pasee por España, siendo tan buena, bonita y barata. Ni se comprende tampoco que no itinere Y sin embargo te quiero, el homenaje que hago a Rafael de León con el guitarrista Guillermo Fernández. Se trata de cosas tan buenas para la sociedad que me duele que no se vean ni conozcan. El promotor cultural debería estar alerta para que cuando una obra sea realmente extraordinaria, se le preste un poco más de atención.

Con respecto a los políticos solo pido que la cabeza les guíe, porque esto va a peor, porque nos quedamos indefensos ante la realidad de las guerras de Gaza y Ucrania, por ejemplo, porque vemos cómo se pueden atacar unos países a otros y aniquilar sin que pase nada. Las manifestaciones y manifiestos civiles no son eficaces y la ONU nunca para los conflictos, de manera que hoy en día, el que quiera puede tirar la bomba sin consecuencias legales.

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