Los grandes toros veragüeños de don Tomás Prieto de la Cal fueron auténticos, los diestros de oro y plata quienes los lidiaron también. Los varilargueros se han medido y resistieron las embestidas sin desestibarse. La banda tocaba con tino y belleza. Aún así, cuando todos cumplen con su deber y vocación, siempre queda un resquicio para la ignorancia: el público salió algo tacaño con los diestros y la presidencia ha sido inútil. Mejor dicho, la presidencia salió igual que el público: ignorante. Inatento a los avatares de la lidia. El presidente ha dejado a Juan de Castilla sin un toro. Ligero (6º), un ejemplar albahío, astifino, guapo a más no poder, se fue a los corrales sin pena ni gloria. Simplemente por un calambre que le afectó un poco entre el capotazo y la primera vara. Será por primera vez en la historia de la tauromaquia cuando un pañuelo verde hizo acto de presencia dos veces en una plaza de tercera, donde sólo hay un sobrero. Un despropósito.
Los toros de Prieto de la Cal rompen el molde de la comodidad, de lo previsto, de lo establecido por los actuales “figuras” del “toreo”. Al pisar el albero fueron ovacionados con admiración. La uniformidad del toreo de salón que se pasea por las plazas grandes y chicas se queda en nada ante lo imprevisible que es el genio y la acometividad de un toro auténtico. Pocos lo pueden aguantar, es decir, lidiar. Javier Castaño se enfrentó con Veragüeño (1º), quien aguantó las dos varas con fijeza, pero apretó en banderillas. La faena breve, mas valiosa al toro que acortaba su viaje y afinaba el instinto para embestir, con marcadas querencias. Una obra fina, compleja la del diestro para sacar unas tandas valiosas. La estocada entera, aguantada por el bicho sin abrir la boca ni doblar las manos. La épica del toro bravo. Lucero (4º) fue un toro negro con un velamen amenazador. Tomó la vara él solo sin un capotazo para orientarlo o ponerlo en suerte. La segunda vara ya se lo pensó dos veces. Así, la faena fue dura: llevado por Javier Castaño hacia los medios, quedaba reflexionando su trayectoria antes de embestir. No hay quien aguante estas pausas. Castaño lo hizo y montó una faena de pases por ambas manos, alargando la menguante embestida. La estocada llegó al tercer intento por la complejidad del animal, pero el descabello fue ejecutado con solvencia.
Jairo Miguel abrió la puerta grande. Su primero, Carasucia (2º 4/19), iba embistiendo a todo lo que se le ponía por medio. Costó imponerle algo de ritmo para que tomara el capote, pero lo hizo con temple y suavidad. Con la misma sutileza tuvo que manejar el espada la muleta: citó de lejos, planteó una faena con la diestra y logró un gran prólogo con la siniestra y un abaniqueo disuasorio. Un volapié de ley. El toro se cayó rodado sin doblar las manos. Un trofeo. Vinatero (5º 12/19) se dejó abordar con las verónicas suaves. Jairo puso dos pares de banderillas luciendo sus facultades ante el enemigo. La faena fue brindada a Juan de Castilla. Comienzo por las tandas al natural, de mano baja, de cintura flexible, con los sutiles cambios de mano y afarolados de adornos, apretando al toro hasta la última serie. El toro tragó la espada hasta la bola sin abrir la boca. Una oreja.
Juan de Castilla sólo se pudo medir con Novatón (3º). Un jabonero, tornado al albahío, fue parado con una media docena de capotazos limpios a pesar del ahínco y fuerza del animal. Llegado a la pañosa, el bicho acusaba cierta flojera de las manos. Castilla se inventó una faena: disimuló la falta de fuerza con el temple, aguantó las miradas y ciertos acercamientos peligrosos del contrario y lo remató con un espadazo. La petición no fue atendida.