Opinión

Homenaje

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 28 de agosto de 2024

Mi admirado amigo Javi Hernández, fisioterapeuta de conciencias puras o mixtas, impone corduras entre los malentendidos huesos y/o músculos de nuestro entorno corporal. Él va más allá de la simbiosis del dolor porque el esqueleto humano es rebelde por naturaleza, por eso acude a la psiquis antes que a la terapia ósea.

Su clínica es retráctil. De ahí que el paciente acuda a consulta con una trocanteritis y salga de allí bailando “Paquito el Chocolatero”, y además junto a una visión más integradora de la vida. Y es que él cultiva el opiáceo de la amistad entre personas de bien. Luego están los amigos de postín, de los que un servidor, perdón por el protagonismo, me encuentro incluido.

Hasta aquí un simple reflejo de sus principios hipocráticos, sin embargo él, como digo, lo que regala es lo que el bueno de Hipócrates se dejó en el tintero. En él fluye cierto halo protector, una especie de regresión hacia la virtud de hacer el bien sin mirar a quien. Capaz de invitarte a andar a su lado, que no a su ritmo, pues como buen fondista es capaz de poner pies en pared y recorrer la Gran Muralla china antes de tomar su acostumbrada copa de vino entre los arrabales de los que bien le quieren.

No exagero si digo que Copérnico, gracias a sus investigaciones, afirmó que la Tierra no era más que otro de los planetas que giran alrededor del Sol; mientras que el bueno de Javi no solo rota sobre sus largas caminatas, sino que allana el camino para que otros transiten con benevolencia por el árido sendero de la existencia. Gran luchador del conocimiento sin caer en el ego merced a su condición de hombre cuerdo. Y a fe que es buscado tanto por los maltrechos cuerpos como por los sanos de convicción, que a la postre lo que importa es ser entendido en mejorías sin distinción de credo ni género.

Es un filántropo de la vida. Un avalista del ser humano cuando éste desoye el plan B porque Javi es un salvavidas para cualquier Titanic. Ni azul, ni rojo, desde que el hombre transita sin verso ni método. Es un ser neutro al abrigo de la lealtad en un mundo en donde los amigos de verdad vienen de nacimiento y otros, como es mi caso, se cuelan a hurtadillas en su álbum familiar. Tiene el sueño cambiado porque su tiempo es lineal, ese que avanza careciendo de importancia. Para él, las horas son cosa vulgar, algo que languidece en un mundo que se mueve a golpe de talonario. Y eso, según me dice, es tiempo perdido mientras los pobres tengan las horas contadas del olvido.

Todo eso y más. Mejorando lo presente, claro.