Los Lunes de El Imparcial

Álvaro Pombo: Santander, 1936

Novela

Domingo 01 de septiembre de 2024

Anagrama. Barcelona, 2023. 328 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. Extraordinaria novela, con muy logrados personajes y cierto toque autobiográfico, del autor de “El metro de platino iridiado”, que arroja luz sobre un aciago momento de nuestra reciente historia.

Por Rafael Fuentes



En un contexto emponzoñado por el odio y el resentimiento colectivo, así como por la vesania de las masas, los choques violentos y las disputas ensangrentadas en torno al Santander de 1936, Álvaro Pombo nos muestra en primer término una historia familiar luminosa donde es posible reconciliar a los adversarios y donde los dilemas que desafían la convivencia se superan a través de una culta tolerancia. Dos generaciones antagónicas en las postrimerías de la II República española, dentro de la alta burguesía santanderina, adoptan ideologías políticas absolutamente rivales entre sí, lo que en la realidad española -y en la inmensa mayoría de las ficciones derivadas de ella-, desemboca en el desprecio mutuo, en el rechazo radical sin paliativos, en abominar los unos de los otros como paso previo a zaherirse en términos psíquicos, habitual preámbulo, a su vez, de la agresión física.

Contemplamos así a un maduro burgués, don Cayo, adscrito sin reservas al republicanismo de Manuel Azaña, que es abandonado por su joven esposa Ana Caller, y a quien uno de sus hijos, Alvarín, le traiciona sumándose a posiciones antirrepublicanas, hasta militar en primera línea de una organización violenta como fue la Falange de José Antonio Primo de Rivera. Una situación de este cariz daría paso sin ningún género de dudas al disgusto, a una encrespada controversia, a una polémica cada vez más impetuosa, al exabrupto quizá, al aborrecimiento entre ambos hasta hacer imposible la convivencia. La sorpresa en el relato de Álvaro Pombo se da cuando los dos personajes eluden la confrontación, descendiendo a capas más profundas que la simple ideología política, donde descubren sentimientos e ideas que los vinculan estrechamente y les permiten comprenderse de forma mutua. La clásica lucha generacional no conduce a ningún cuerpo a cuerpo irracional. Aquí sentimos una luminosidad lírica que trasciende la creciente furia que se va apoderando de la ciudad. Nos muestra cómo valores más íntimos que las ideologías políticas pueden hermanar a esos oponentes con idearios antagónicos. Lección que sirve también para el momento actual, donde los contrincantes con credos contrarios comienzan a odiarse de forma similar a la de aquella época, aunque sin recurrir a la acción directa ni a la violencia física.

La inteligencia de ambos personajes, Cayo y Alvarín, para descubrir una concordia más allá de sus discrepancias, les posibilita asimismo entender las razones del proceso interior que les llevan a adscripciones políticas tan divergentes, lo que a su vez, nos permite a los lectores comprender, sin prejuicios ni rechazos previos, por qué desemboca cada uno de ellos en militancias tan dispares.

Podemos decir que el gran novelista y pensador que es Álvaro Pombo elabora personajes fuertes, es decir, individuos en los que resulta posible indagar sus trasformaciones, sus complejidades, sus motivos y sus contradicciones internas, muy lejos de una visión plana o unilateral de la persona, a la que propende por lo general la novela política. El narrador procede mediante giros específicos en torno a cada uno de ellos, en una especie de espiral meditativo-narrativa (método que singulariza el actual estilo de Pombo), de modo que sin saber todo de ellos, llegamos sin embargo a comprenderlos, en el sentido que le daba Jorge Luis Borges al conocimiento del personaje de ficción cuando afirmase en su Arte poética: “No conocemos miles de circunstancias sobre ellos, pero los conocemos íntimamente. Eso, desde luego, es lo más importante”.

En el caso de Cayo nos encontramos con un rentista que vive de forma acomodada gracias a la sustanciosa herencia de sus antepasados, activos empresarios llenos de voluntad y tenacidad. En cierto modo análogo al discurrir en Los Buddenbrook , de Thomas Mann -alusión del propio Pombo en su relato-, la energía de las generaciones que le preceden toca a su fin con Cayo, convertido en un elegante y culto señorito carente de voluntad y de cualquier tipo de tesón. Tras romperse el hechizo estético que le produce la corte monárquica en la costa santanderina, Cayo se adhiere al nuevo régimen que adviene en 1931, seducido por esa energía republicana de la que él carece. Admira la sacudida contra el letargo acomodaticio de la dinastía derrocada y le cautiva el modo en el que la II República sustituye la elegancia monárquica por la elegancia intelectual, simbolizada por el Palacio de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional de Verano de Santander –después: Universidad Internacional Menéndez Pelayo-, por donde pasaron los más egregios intelectuales del republicanismo.

También se incorpora don Cayo a la izquierda republicana de Manuel Azaña, entre otras cosas, por su repudio del poder eclesiástico, pues la Iglesia católica le parecía “una jerarquía intrusiva, adoctrinante, omnipresente, con frecuencia todavía inquisitorial, a ratos positivamente agresiva y obtusa”. Entre esa predicación ya maquinal de la clerecía, y la refinada inteligencia de los pensadores y creadores republicanos, se decanta obviamente sin reservas en favor de estos últimos.

Las decisiones del maduro rentista parecen guiarse, pues, por una racionalidad ilustrada impecable. Sin embargo, en los giros de la hélice tanto narrativa como meditativa del autor en torno a su personaje, se van detectando líneas de motivaciones más oscuras en su subordinación a la izquierda azañista. Imborrable su conversación personal con Azaña en un banquete político y sumamente reveladora su asistencia a la concentración donde queda atrapado por el torbellino de la elocuencia del presidente de la República. Lo que constituye sin duda una destreza oratoria, muestra también su reverso anestésico, pues el desbordamiento oratorio opera como “una gigantesca actuación teatral, una hermosa tragedia presenciada con temor y temblor por el público”. Este poderoso narcótico anula la capacidad crítica individual, sustituida por las pasiones que transforman a la persona en masa, que se deja guiar al fin por ilusiones sin proyecto concreto e ideales fanáticamente creídos sin tener en cuenta el principio de realidad.

En esta nueva fe de don Cayo intervienen además deseos egoístas. El cambio de régimen ha desatado situaciones españolas convulsas, que antes quedaban ocultas bajo el marasmo general y que ahora afloran con toda su carga de resentimiento y creciente odio entre los grupos sociales menos favorecidos. Cayo, como representante de la alta burguesía, siente con claridad esa amenaza del despecho y la rabia. Y ante este peligro, quiere creer que la elocuencia de Azaña ejercerá un efecto pacificador, al igual que les sucedió a muchos intelectuales del momento, como pudiera ser el caso de Gregorio Marañón, quien proclamó, en su momento, que el nuevo presidente llevaría al país “rápidamente a una pacificación de los espíritus”. Craso error. Las alocuciones azañistas eran, en efecto, puro teatro llenas de emoción estética, pero inoperantes ante el espíritu de revuelta. Anclado en ese señuelo, ni se tomaron medidas contra los activistas violentos de extrema derecha y extrema izquierda que comenzaban a sembrar de cadáveres las calles del país, ni tampoco se supo actuar sobre los motivos de fondo que incitaban a esos espasmos sangrientos.

Un error de apreciación que muchos pagaron muy caro, tal como ocurre en la propia familia de don Cayo. En su caso, esta esperanza en la palabrería elocuente posee raíces aún más hondas, pues su existencia ociosa le ha convertido -son palabras del propio novelista-, en un “hombre sin atributos”. Esta alusión al Ulrich de la célebre novela El hombre sin atributos -o quizá El hombre sin cualidades-, de Robert Musil, no carece de fundamentos. Al igual que Ulrich, Cayo sí posee valiosas aptitudes y destrezas. Pero la cuestión clave estriba en que no se decide a hacer uso de ellas. Ulrich y Cayo se transforman en simples espectadores, inhibiendo sus facultades para la acción en una pasividad solo reflexiva. Las razones para no implicarse en nada quizá sean distintas en uno frente al otro. Ulrich se ha convertido en un escéptico ante una sociedad vacía que ha dejado de creer en la grandeza humana. En don Cayo, en cambio, intervienen resortes psicológicos más laberínticos. La vergüenza, por ejemplo, de sentirse un señorito al que los demás verían como un farsante. También una errónea autopercepción del ridículo, o bien una carencia de coraje que comprendemos muy bien pero cuyo trasfondo final se nos escapa entre los enigmas últimos que siempre esconde toda personalidad.

Esta abstención del protagonista le hace responsable de no ejercer su pericia para evitar el conflicto frontal colectivo alentado por motivos ideológicos, y trasladar así esas soluciones logradas en el seno de su casa con su hijo Alvarín, a otros ámbitos más amplios donde no se quieren ver las llamas del brutal incendio que comienza a prender. Cegándose ante esta evidencia, trasladando esa responsabilidad a la oratoria de los políticos profesionales, se entrega a una vida insípida y cómoda, tan anodina como rutinaria. Un placer suicida en las circunstancias que le ha tocado vivir. Un personaje en apariencia ilustrado y racional deja ver así su dorso sombrío y de contornos inesperadamente trágicos.

Un símbolo formidable en la novela lo representa el barco Alfonso Pérez fondeado en Santander. Bello como un daguerrotipo melancólico, con escorzos majestuosos de carácter geométrico y cubista, es una embarcación de estética admirable hecha para navegar aunando el comercio y la aventura pero que, al mismo tiempo, posee defectos que la incapacitan para zarpar, varada como un suntuoso adorno inútil. Como don Cayo. Una infertilidad que lo convertirá en un espacio siniestro y terrible, tan funesto como el destino de toda la nación. Este deslumbrante barco sin atributos encarna en una sola imagen esa esterilidad de consecuencias tan aciagas.

El hijo de Cayo, Alvarín, trata de escapar de su particular trampa familiar repleta de apatía y mediocridad, a través de esas acciones heroicas características de los paladines, los mártires y los santos. Esto nos permite comprender la lógica que le arrastra a incorporarse a las filas falangistas, sin despertar en nosotros un juicio previo de rechazo. Desde su punto de vista, la Falange es el verdadero tiempo nuevo que viene a superar la democracia republicana, dotado de un estilo enérgico, juvenil, deportivo, decidido. Su voluntad de acción supera la autoinhibición paralizadora del singular azañismo de su progenitor. Pero no es consciente de estar cayendo en un error análogo al de su padre, ya que su determinación procede por igual de la retórica oratoria que le convierte en hombre masa, aunque ahora la elocuencia seductora -y aprisionadora- sea la de José Antonio Primo de Rivera. Y en efecto, “los discursos falangistas -nos advierte Pombo- rebrillan como los lomos de los caballos al galope. Y es difícil sustraerse a la emoción del galope”.

Si nos servimos de los célebres estadios de lo humano formulados por Soren Kierkegaard, Alvarín aún sigue en la escala inicial de lo estético. Los discursos del falangismo no superan tampoco la representación escénica. Se juega un papel, pero verdaderamente no se actúa, sino que se hace una interpretación sobre las tablas, por muy enérgica que parezca. Alvarín encuentra aquí una “misión” por la que combatir e incluso, si llega el momento, por la que dar la vida. Pero no es consciente de que se trata de una misión gregaria sin ningún factor crítico ni autocrítico. Opera como un absoluto autoengaño. Dentro de la seguridad fanática, le será imposible descubrir o crear una identidad personal, que siempre incluye una sustancial dimensión ética.

Desprovisto de esa faceta ética y arrastrado por esas disertaciones tan retóricas como ilusorias, desemboca en un frentismo en el que se exalta la destrucción creadora, ese oxímoron dramático en el que cayeron tantísimos españoles de esa y otras épocas. No estamos ante una personalidad maligna o ante un zafio instinto delictivo, pero sí ante una fascinación y unas elecciones de vida que no pueden conducir sino a la criminalidad política. Alvarín desempeña el papel de mártir en este duelo de odios, pero Álvaro Pombo hace que durante su cautiverio llegue la noticia del vil asesinato de Federico García Lorca a manos de homicidas impulsados por la misma ideología de Alvarín. Su credo religioso es solo una ficción consoladora ante la muerte y su fervor conduce a la intolerancia fratricida. El recorrido de Alvarín nos permite descifrar esa peripecia íntima que entregándose a una aparente generosidad, desemboca en un final de trayecto demoníaco. El luminoso y profundo relato de Álvaro Pombo nos hace inteligible la naturaleza de ese itinerario infernal que sus personajes creían filantrópico y redentor. Una gran novela que nos hace legibles las buenas voluntades funestas de sus personajes y de nuestra historia.

La trágica narración de Álvaro Pombo no se recrea en los detalles más macabros y siniestros de la lucha a muerte, por lo que el lector no se siente sacudido por las pasiones de la furia y el resentimiento retrospectivos. Pero sí, a través de la espiral de conocimiento y comprensión de sus mayúsculos personajes, nos obliga a meditar con profundidad lúcida sobre los patéticos errores de nuestro pasado tanto como del presente más inmediato.

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