Opinión

¿De qué hablaban aquellas noches?

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 01 de septiembre de 2024

Quizá fuera una respuesta concedida durante una entrevista. Tal vez estuviera dentro de alguna de sus novelas. No lo recuerdo bien. Del mismo modo que les ocurre a sus personajes, la frase se me presenta con claridad, sobreponiéndose a otras incertezas. Patrick Modiano dijo que bastaban doce años —podría asegurar que esa es la cifra exacta— para olvidar el rostro de una persona. Esa voluntad que no acaba de decidirse por esclarecer la incógnita o dejarla como está y que nos tome de la mano hacia la progresión de su misterio, se encuentra en todas y cada una de sus obras. La tendencia por las situaciones extrañas, plagadas de seres en perpetua huida, y la pasividad de quien toca ser testigo de ellas y al final partícipe, atrapa. Hace querer volver a vivir algo semejante.

Es por ello que quienes somos lectores de sus novelas deseamos siempre mezclarnos de nuevo con esas descripciones callejeras, si la acción ocurre en París, o de lugares, sobre todo interiores. Mansiones, despachos abandonados, pisos con signos de haber sido habitados hasta hace poco… Para estas tardes veraniegas últimas, la recuperación de un título recóndito, de principios de los años ochenta, es la alternativa ideal a los tumultos de verbenas y celebraciones festivaleras. O sin que sirva de escapada: el recordatorio de que existen otras realidades, aunque suene trillado, pero de igual modo está en ellas latente el asombro que producen, como a nuestro protagonista en la brevísima Memory Lane.

Como broche final a una ausencia de diez años —cercana la cifra del olvido, no dejemos de tenerla en cuenta—, regresa a París y se propone recabar información sobre el grupo de amigos con el que se juntaba, y no por lazos amistosos bien anudados desde tiempos anteriores, sino por absoluta casualidad, igual que una hoja de periódico detiene su vagar por chocarse contra un bolardo. Ese carácter accidental, irremediable y necesario para este tipo de historias, lo tuvo en compañía de los peculiares George Bellune, quien le introdujo, Paul y Maddy Contour, los eternos anfitriones, Christhian Winegrain y Bourdon, Douglas ‘Doug’, Claude Delval y la joven Françoise. Sus nombres, como sus rostros, no pueden ser imaginados ni percibidos más que bajo esa luz entre perro y lobo que no permite más que las suposiciones. ¿A qué se dedican exactamente? ¿Quiénes son? ¿De qué viven? ¿De qué hablaban aquellas noches? El lujo decadente que los rodea, que mantienen a pesar de la innegable caducidad, atrae y entristece, pareciendo que todos sus movimientos, frases ingeniosas y planes y viajes, sean ya algo póstumo.

‘Cuando nos paseábamos por el bosque me cogía del brazo. Llevaba una chaqueta de amazona de color rojizo. Los días de lluvia escuchábamos sus discos favoritos en el salón, que iba sumiéndose en penumbra. A veces bailábamos, pero la mayor parte del tiempo yo lo pasaba contemplando a aquella hermosa mujer despreocupada que fumaba un cigarrillo tumbada sobre un sofá. Una tarde la besé, sentí la caricia de su cabello rubio sobre la mejilla, pero la inesperada llegada de Paul y los demás nos impidió ir más allá, y debo decir, muy a pesar mío, que no volvió a presentarse una ocasión como aquella.’

Los sentimientos se quedan flotando como en una ensoñación producida por el éter. Lo raro de haberse sabido amigo de una gente que estaba de retirada, con la que tampoco podríamos estrechar el trato, ni compartir confidencias, nada de eso, porque el destino estaba marcado por la desaparición de todo lo dicho y sentido. Al menos, para él, quedarse con el consuelo de haberlos acompañado un trecho, con las mismas angustias y placeres sin futuro. Para nosotros, los dibujos de Pierre Le-Tan que recorren el libro, sosteniendo con sus elegantes líneas esas apariencias fugitivas.