Con motivo de la reciente muerte de Alain Delon, el segundo canal de la televisión autonómica madrileña emitió El gatopardo (1963), de Luchino Visconti. Y no; no voy a escribirles sobre este monumental film ocasionador, entre otros sucesos reseñables, de la quiebra de su productora, la Titanus, que, como la lechera del cuento, no previó la indiferencia del público norteamericano. Y aunque en Italia, las taquillas superasen a cuánto se conocía; al parecer, no bastaron.
A pesar de este grave percance, la película hizo —y aún sigue haciendo—mella; recuerden al caso la descarada respuesta de Tancredi Falconeri a su tío el príncipe de Salina para justificar su alistamiento contra natura en la milicia de Garibaldi: «si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie»; ocasionadora del adjetivo italiano gattopardesco —en España; «cambiarse de chaqueta»— y que se convirtió durante la Transición, y aun después, en la culta jaculatoria para excusar las más rotundas enmiendas ideológicas; en fin, eso que los comunistas de manual señalaban acusatoriamente como revisionismo.
No obstante; contra el predicamento acreditado aquí y allá por la respuesta del joven Falconeri, para mí la secuencia más sustancial y determinante de la película —y con idéntica importancia en el relato original— es la entrevista, con motivo del ofrecimiento del título de senador en el nuevo parlamento de Turín, entre Aimone Chevalley di Monterzuolo y el príncipe de Salina. Y de todo ese diálogo ejemplar por tantas razones, y donde Lampedusa, por boca del príncipe, expuso su teoría sobre el alma soñolienta e inmutable de Sicilia, siempre me ha estremecido —y ahora, más que nunca— aquella pregunta retórica con la que don Fabrizio de Salina renuncia a este nombramiento:
«—¿Qué haría yo en el senado, un legislador inexperto que carece de la facultad de engañarse a sí mismo, ese requisito esencial para quien quiere guiar a los demás?», que la narración cinematográfica remata con una sentencia taxativa, pronunciada por el príncipe en la novela un par de páginas más adelante: «No; Chevalley, en política no expondría ni un dedo; me lo morderían».
A lo que responde el caballero piamontés: «Si los hombres honrados [como vuestra excelencia] se retiran, el camino quedará expedito para la gente sin escrúpulos y sin perspectivas».
Pocas veces en nuestro país, como en este momento, el augurio acerbo de Chevalley se ha tornado más palpable. Y, qué duda cabe, por tales aserciones visionarias —aunque Lampedusa las dirigiera a la nueva República italiana—, El gatopardo (1958) se convirtió, contra su factura convencional —cuando no, algo añeja—, tanto en el primer gran éxito editorial en Italia —a los ocho meses había vendido más de cien mil ejemplares— como en uno de los relatos más señeros y reputados del s. xx. Sin embargo; la manera cómo llegó a publicarse por Feltrinelli fue casi tan novelesca como la misma causa del nacimiento en la mente sensual y retraída de su autor, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, duque de Palma, barón de Montechiaro y de Torretta y grande de España, cuando contempló la devastación de su palacio palermitano por el bombardeo aliado del 5 de abril de 1943.
Mas hubo de transcurrir once años y una estancia en San Pellegrino Terme, donde su primo, Lucio Piccolo, recitaba unos cuantos poemas, invitado por el enorme Eugenio Montale, para que Lampedusa sintiese la necesidad de sentarse en el café Mazzara, de Palermo, a narrar aquella inmensa y doliente nostalgia, emanada de los escombros del solemne caserón donde había nacido cincuenta y ocho años antes. Pues, desde 1925, cuando divulgó varios cuentos —luego, reunidos en Relatos (1961)—, en una revista genovesa con un título tan hesiódico como Le opere e i giorni, Lampedusa apenas si había dictado unas clases privadas de literatura francesa y británica —Lecciones sobre Stendhal (1977), Conversaciones literarias (1979) y Literatura inglesa (1991); títulos todos editados póstumamente— a su sobrino Francesco Orlando y a su luego ahijado Gioacchino Lanza di Assaro, y garabateado para sí unas pequeñas memorias, Recuerdos de infancia, publicadas también post mortem, en 1961, pero nunca había intentado algo tan íntimo, por una parte, y tan ambicioso, por la otra. No obstante, lo emprendió en el velador de aquel café siciliano y cuanto le resultó más sorprendente: lo concluyó tras veinticuatro meses, en 1956. Lucio Piccolo envió enseguida algunos capítulos sustanciosos a Mondadori y a Einaudi; empero, tropezaron con el veto de Elio Vittorini, de gran autoridad en ambas editoriales.
En julio del año siguiente, Lampedusa morirá de cáncer, amargado por el rechazo al relato donde había impreso casi tantas esperanzas como añoranzas familiares, y hasta esas desengañadas advertencias políticas. Pero he aquí que conocido el triste caso por Giorgio Gargia, un paciente de su viuda, Licy Wolff-Stomersee, envió unos capítulos a la hija de Benedetto Croce, y esta, admirada, se los remitió a Giorgio Bassani, director de una colección para Feltrinelli. Asombrado ante el texto, el gran novelista ferrarense repitió la operación con su amigo Mario Soldati, y tampoco a este le cupieron dudas: aquellos folios mecanografiados constituían un capolavoro. En consecuencia, el once de noviembre de 1958 apareció en las librerías italianas El gatopardo.
Ahora nos queda disfrutar con sus porosas páginas y hasta con su majestuosa adaptación cinematográfica, mientras nos ruborizamos al escuchar, una vez más, que quienes nos gobiernan acendran la mucilaginosa facultad de engañarse así mismos; ya no les cuento al resto.