Cultura

La península de las casas vacías: la guerra civil española como nunca se ha contado

LIBROS

José Manuel López Marañón | Martes 03 de septiembre de 2024

LA PENÍNSULA DE LAS CASAS VACÍAS. David Uclés. Siruela (2024)

En esta monumental, ambiciosa y original novela sobre la Guerra Civil que es La península de las casas vacías dos peculiaridades sobresalen. La primera es la invención de una voz narradora –para Mario Vargas Llosa el primer y más decisivo personaje del relato– cuya omnisciencia, lejos de abstenerse de intervenir y resultar invisible, se entromete aquí constantemente. Este narrador, como él mismo reconoce a lo largo de las setecientas páginas de su obra, se identifica con Dios y está con sus protagonistas en aquello que ocurre, resultando presente en todo momento. Asimismo, se dirige a los lectores anticipando sucesos, dando explicaciones o incluso analizando el papel de sus personajes (así, en el capítulo 36 avisa de cómo no agotará a Manolo y Pura porque prefiere que permanezcan, de momento, al margen de su historia).

En el capítulo 70, «las batallas caducas», para elevar la moral del mando republicano, el narrador informa de cómo contiendas muy cruentas acabarán pronto:

«Lo vi conveniente, ya que el ánimo en ambos mandos estaba por los suelos, y el hecho de que los combates no se fueran a hacer interminables y los supieran caducos en otoño los alentó. En realidad, solo conversé con los cabecillas del bando republicano, porque el bando franquista se había cerrado a hablar conmigo y a aceptar mi existencia. Según decían, su fuerte creencia en Dios, les impedía hacer pactos fáusticos».

La fuerza activa de esta voz creada por David Uclés opina, juzga e interfiere en la acción inmiscuyéndose con emociones, juicios y prejuicios. Desde que Madame Bovary revolucionara la concepción del narrador pretendiéndolo invisible (se narra pero sin opinar, discutir o juzgar) aquellas intromisiones suyas que daban forma a las novelas del siglo XIX anteriores a Flaubert (las de Víctor Hugo o Galdós, por citar a dos grandes) quedan hoy como seña de identidad de una época, si bien gloriosa y necesaria en la trayectoria del género, superada. Pero este joven jiennense se ha empeñado en rescatar la visibilidad decimonónica para su voz principal en La península de las casas vacías y su arriesgada y vintage apuesta preflaubertiana, gracias al talento desplegado, no solo no perjudica al dinamismo y agilidad de la prosa, sino que acaba haciéndose imprescindible para su obra, además de brindarle, de paso, gran parte de su encantadora personalidad.

Otra sorpresa hallada en esta novela bélica ha sido incluir al realismo mágico como registro usual a la hora de afrontar unas descripciones minuciosas, cuidadas. Dilatarlas y hacerlas farragosas convirtiéndolas en pura retórica, verborrea hueca, con profusión de adjetivos que pretenden elevar el tono poético o el prestigio intelectual de la frase para acabar arruinándola –algo habitual en tanto epígono de esta escuela literaria–, ha sido una tentación bien sorteada por Uclés. Y eso que el uso de su realismo mágico, que debe tanto al trágico Macondo de García Márquez como al humorístico pueblo de Amanece que no es poco (el director de esta película, José Luis Cuerda, aparece citado por el narrador), abunda en muchos de los 120 capítulos. Diluvios que duran semanas y provocan hibernaciones paralizando el calendario; oscuridades impenetrables procedentes de la cúpula del cielo, perforada a balazos, o premonitorias acelgas que crecen en pleno julio son destacables momentos:

«Desde hacía tres meses, muchos fueron los janduleses que confesaban haber visto crecer brotes ubérrimos de acelgas, pero hasta entonces solo habían sido rumores. La confirmación llegó a todo el pueblo aquel mismo amanecer. En Jándula, que aquella planta creciera con fuerza y a una velocidad impropia era señal de que una guerra había comenzado, más aun si el crecimiento tenía lugar en los únicos meses del año en los que no crecían matas de acelgas: julio y agosto».

Como contrapunto jocoso tenemos los usos y costumbres de Jándula –un pueblo trasunto de la Quesada jiennense–, donde se ubica el cortijo de la familia protagonista: los Ardolento. La arraigada costumbre de consultar las aguas de un pozo cuyo sonido predice el porvenir; cubrir de espejos la torre donde está la antena de radio para que los vecinos permanezcan ajenos a las tremendas vicisitudes que se avecinan, o pintar de negro casas, enseres (y hasta bestias) cuando fallece un familiar son ahora ejemplos más risueños:

«Juan [el Dedoso] pintó toda la casa de Odisto, también el interior. Como sobró color, María ordenó que se pintara todo lo posible: el resto de árboles, la parra, los gatos ratoneros, los mulos, las bestias de corral, las tapias, los pretiles junto a la parte salvaje del río y la tierra… Juan pintó también las palmas que habían dejado secar en los balcones días atrás para celebrar el Domingo de Ramos, e incluso a alguna señora que había acudido para dar el pésame».

Pero La Península de las casas vacías es esencialmente una crónica de guerra y para mostrar las espeluznantes matanzas (Badajoz, Málaga, cárceles de Madrid y Paracuellos) y titánicas batallas (Jarama, Belchite, Ebro) que durante tres inagotables años asolaron nuestro suelo, el narrador –así lo avisa él mismo– aparca el realismo mágico por un registro más de novela histórica.

La masacre de Badajoz organizada por el general Yagüe tras la toma de la ciudad (4.000 muertos entre plaza de toros y calles), el brutal ametrallamiento de presos políticos de derechas en las cárceles madrileñas (seguido del asesinato de los supervivientes en Paracuellos de Jarama), o las bombas y balas lanzadas desde la fuerza aérea franquista a la columna de civiles que huía de Málaga –la desbandá: 5.000 muertos–; y, por el lado del enfrentamiento a corta distancia, los 20.000 muertos que ocasionó la batalla más internacional de la guerra –la del Jarama–, esos cinco meses que duró la del Ebro causando miles de muertos más (1938: la última gran lucha en campo abierto, la mayor batalla aérea), sin olvidar hitos de conquista como fueron la campaña del Norte, la entrada de los nacionales en Barcelona y Madrid, o los desesperados intentos –perdida ya la guerra– de los republicanos por huir a Francia o África desde los puertos de Alicante, Almería o Cartagena…; tantas calamidades y hazañas bélicas quedan retratadas, decíamos, además de con un apabullante conocimiento de los hechos históricos, con ese pulso certero y notarial que desconoce tendenciosos partidismos.

La península de las casas vacías tiene como hilo conductor de sus tramas y subtramas la casi extinción durante la Guerra Civil de la familia Ardolento, continuada por Odisto y María con siete hijos (a los que se añaden abuelos, tíos y primos). Al acabar el enfrentamiento solo quedarán cuatro miembros.

De mayor relevancia para que el narrador apuntale su cañamazo de existencias condenadas a la desgracia y a la muerte son el primogénito José y su primo Jacobo quienes, tras apuntarse en las Juventudes Socialistas, integran el batallón andaluz que se dirige a Madrid para colaborar allí en la defensa contra el asedio franquista. Y, en un mismo plano de importancia, estaría Pablo, el hijo mediano, quien aleccionado por un terrateniente llega hasta Extremadura donde se incorpora al ejército sublevado. Hay entrecruzamientos, novelescos e intensos, entre los Ardolento que guerrean. Destacables son los de Paulo con José, primero en la batalla de Guadalajara y un año después, casi al final de la guerra, en la del Ebro, donde ambos hermanos quedan frente a frente en uno de los momentos más inolvidables y tensos de una novela que no se queda precisamente corta en atesorarlos:

«Ninguno de los dos tuvo tiempo de descolgarse la carabina y apuntar, y tampoco les sobraba ninguna mano para buscar uno de los cuchillos que con tanto denuedo ocultaban en las botas o entre los pliegues más firmes de los bombachos. Solo la lucha cuerpo a cuerpo tenía sentido en aquel reciente estero. El problema era que Paulo no sabía pelear. Nunca se había enfrentado sin armas al enemigo, y las únicas veces que tuvo que batirse a golpes había sido de niño en Jándula».

Odisto, el padre de la familia, debe abandonar el pueblo porque el feroz miliciano que ahora manda allí (un anarquista, Venancio, exterminador de ricos) lo ha amenazado de muerte por una escopeta. Odisto, desideologizado, apolítico, hombre de campo más bien pobre que aconseja sin éxito a sus hijos no hacer caso de la política, tratará de mantener esa postura neutral durante su desnortado itinerario, que empieza en Cuenca. Un médico lo retrata: «Usted es el hombre más fuerte de todo este libro y resulta un buen ejemplo del campesino que todo lo sabe y aguanta. No se preocupe, Odisto, ya le llegará la hora en la que se consuma. Si le sirve de consuelo, a todos nos va a llegar».

La península de las casas vacías presenta potentes y sufridos personajes femeninos. Desde la retaguardia, cuidando de la huerta y de sus hermanos pequeños (Gonzalo y Josito), Ángela llega hasta el final del libro embarazada y habiendo dado muestras de coraje. Su madre María, la abuela paterna Celia, su hermana Martina, entre otras, han ido ofrendando sus vidas a mayor gloria del cortijo familiar, cuyos miembros vivos logran apiñarse en el último capítulo.

David Uclés ha escrito la historia de la Guerra Civil de una forma novedosa. La sorprendente y fructífera combinación de registros (el realismo mágico y el histórico, pero también el fantástico –de ello hablo con el autor en la entrevista que aparecerá en El Imparcial dentro de quince días–) unida a una arrolladora voz narrativa, se alían para levantar unos personajes en los que no hay buenos ni malos. En La península de las casas vacías barbaridad y horror vienen suministrados por ambos bandos. El alejamiento del maniqueísmo propugnado por tantos historiadores resulta esencial para analizar aquella contienda y extraer de ella la mejor reflexión: que nadie se libró de originarla y prolongarla, y que nunca debe repetirse algo así en España.

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