Cultura

María Rodríguez: "Es muy duro triunfar en los grandes auditorios fuera de España al no poder compartirlo con tu familia"

ENTREVISTA

David Felipe Arranz | Miércoles 04 de septiembre de 2024

La soprano vallisoletana María Rodríguez ha puesto el broche de oro al Festival de San Lorenzo de El Escorial el pasado 31 de agosto con El viento y la luz, de Alicia Montesquiu, y continuará hasta el 15 de septiembre con Cállate, corazón, un espectáculo con lo mejor de la zarzuela que puede disfrutarse en el Teatro Pavón.



María Rodríguez, “la Rodríguez”, es una señora de Valladolid como la copa de un pino y una artista con el glamur de las de antes –no es por desmerecer a las de ahora–. Posee una presencia y una encarnadura que traen consigo los aplausos de los grandes coliseos y auditorios internacionales, cuando las catedrales de la lírica eran todas reales y palaciegas. Siempre con nostalgia de partituras firmadas por los grandes maestros, se arropa en un aire castizo de diva de otros tiempos, y compone y recompone mil veces un cuerpo faenero echado palante, con aires de mantón de Manila y diríase que magullado, lleno de cicatrices y arañazos diversos de los desamores que ha coleccionado entre candilejas a lo largo de una vida intensa y viajada. Muy viajada. Generosa de cuna, tiene un corazón que no le cabe en el pecho, por donde brota una voz de resonancia entrañable con el caudaloso torrente de la lírica. El suyo es un arte que a un lego en esta España culturalmente paupérrima podría parecerle indicado para las tertulias de ambigú o algo así: sin embargo, “la Rodríguez” ha puesto de pie a públicos exigentes del Carnegie Hall de Nueva York, el Symphony Hall de Boston, el Rossini Opera Festival y en el Festival dei Due Mondi de Giancarlo Menotti, en Spoleto.

¿Qué recuerda de Valladolid?

Todo. Mi familia es vallisoletana, nací en Valladolid capital, soy vallisoletana porque de Valladolid era la abuela Teodora y mi abuelo era de Mélida, muy cerca de Peñafiel. Somos castellanos puros y mi ciudad es encantadora. Nací en la calle de la Hípica y después nos trasladamos a la calle de Las Mercedes, en el Paseo de Zorrilla, y luego a la calle San Ignacio, detrás de San Benito. Provengo de una familia de cuatro hermanos y en casa de los abuelos se escuchaba siempre zarzuela y copla, mi abuela las cantaba todo el día, especialmente los temas lorquianos: “La Tarara”, “En el café de Chinitas” y “Nana de Sevilla”. Mi abuelo cantaba zarzuela al ducharse todas las mañanas. Mis abuelos vivieron en la calle de Mantería y después en Imperial.

¿Cómo se marchó a hacer los “Madriles”?

Es una etapa biográfica potente, llena de vivencias personales: con 18 años me fui a Madrid a estudiar Arte dramático en la Real Escuela Superior. Mi carrera empezó con José Tamayo y su Antología de la zarzuela, con la compañía de Antonio Blancas y Ángeles Gulín, estando en el coro con el barítono Carlos Marín. A la vez me fui formando musicalmente en el Conservatorio con Ángeles Chamorro y Manuel Burgueras, y después con la maestra de repertorio Celsa Tamayo y con Josefina Arregui. Hasta que debuto con La chulapona y, a renglón seguido, hago Divinas palabras junto a Plácido Domingo, en el Teatro Real. Más tarde, tras ganar el Concurso del Teatro Lirico Sperimentale di Spoleto, me fui becada a Italia para formarme en Opera Studio, donde me enamoré de un director italiano, como ocurre en El viento y la luz: hay mucha autobiografía en la obra que ha escrito Alicia Montesquiu, mucho paralelismo con mi trayectoria. Viajé y me formé también en Nueva York e Indianápolis, donde trabajaba y perfeccionaba la técnica, y vivía en la casa de la soprano Virginia Zeani y el bajo Nicola Rossi-Lemeni, yerno del director de orquesta Tullio Serafini. Después de regresar del extranjero he vivido once años muy potentes en España, con estrenos en el Teatro de La Zarzuela, el Teatro Real, el Festival Mozart de La Coruña, en el Liceo de Barcelona, etc.

Sospecho que no todo son mieles en la trayectoria artística de una soprano de su categoría. ¿Podría revelarnos la cara menos amable y que la gente desconoce?

He vivido momentos de mucha soledad, porque el mundo lírico es muy ingrato. En realidad, los cantantes líricos no somos tan famosos como la gente cree, ya que dependemos de las agencias nacionales e internacionales y, por otra parte, todos tenemos que marcharnos lejos de nuestra patria si queremos llegar a algo. En España es muy difícil hacer carrera si uno no sale fuera, a excepción del barítono Carlos Álvarez, que tiene una voz tan importante y es una personalidad tan tremenda que no ha necesitado salir de nuestro país para triunfar, porque aquí lo conocieron ya directores muy buenos y su agencia española le presentó al mundo entero. De manera que, en general, las voces “buenas” llegan a serlo de alguna manera por un enorme sacrificio personal.

¿Entre esos sacrificios por su carrera internacional, podríamos nombrar el del amor?

Sin duda. También es cierto que nunca he sabido elegir muy bien a mi pareja, de manera que he encontrado a veces más refugio en los compañeros y compañeras de viaje que en el amor. Por ejemplo, cuando viajábamos con Antología de la zarzuela hice amistad con Milagros Martín, una amistad que conservo hasta el día de hoy. Vivimos tanta soledad, que eso nos une. He viajado sola por el mundo entero: de repente, en Alemania, tienes que compartir tu día a día con un reparto internacional al que no conoces, y sientes una soledad tremenda, a las cuatro de la tarde no hay nadie por la calle, no puedes recurrir a ningún amigo, piensas que se te va a pasar el arroz… Otras cantantes han tenido la suerte de tener a su marido cerca, a su lado, pero yo no, porque nunca he tenido una pareja a mi lado hasta el momento. En cambio, mis padres me han apoyado siempre, me han acompañado y han viajado conmigo y con mi hijo cuando era pequeño. Me ha resultado muy duro también por haberme perdido todas las celebraciones familiares. Y, como la protagonista de El viento y la luz, cuando triunfas en esos lejanos auditorios es muy duro no poder compartir el éxito con tu familia, rodeada de tanta soledad: al final, no sabes si la gente te ha querido solo por tu faceta artística o por la persona que eres realmente.

Pero su anhelo de maternidad ya lo ha satisfecho, ¿verdad?

Sí, ahora me encuentro en una época más tranquila, con un hijo de dieciséis años ya criado, porque lo tuve ya mayorcita. Es una gran persona, posee una gran sensibilidad y empieza este año primero de bachillerato; es muy maduro para su edad, también porque le ha tocado estar mucho tiempo solo en casa. Pero nunca le ha dado por la música ni por el teatro, así que creo que hará una carrera de ingeniería industrial.

¿Cuáles son sus aportaciones a El viento y la luz?

He incorporado parte de mi repertorio habitual, con canciones como “El relicario”, “La violetera”, “De España vengo” de El niño judío y la “Romanza de Rosa” de Los claveles. También he incluido arias de ópera que canto frecuentemente. Es impresionante el talento que tiene Alicia Montesquiu, que también conoce Nueva York y ha perfilado muy bien esa parte internacional de la protagonista: ella ha sabido captar muy bien las cosas que siento. He estudiado allí con grandes maestras como la profesora de Ainhoa Arteta, la soprano estadounidense Ruth Falcon, que me enseñó muchísimo, muchas cosas muy buenas. Y la historia amorosa de base también es verdadera. A eso le añadimos el movimiento escénico que he aprendido con José Tamayo, que me enseñó que hay que poner en escena el alma entera. He aprendido mucho de los directores y escenógrafos Goyo Montero y Gerardo Malla, aunque el que más me ha enseñado en la interpretación ha sido de José Carlos Plaza. Porque en esta obra he hecho un especial esfuerzo actoral, ya que mi faceta de actriz es menos conocida: en esto mis grandes referentes, a las que he visto y conozco personalmente, son mis paisanas Concha Velasco y Lola Herrera. A mí me gusta es el teatro cantado: yo soy una actriz que canta, y en El viento y la luz el público ha podido ver más mi lado como intérprete, dando vida a una diva del bel canto como una mezcla de las vidas de Ángeles Chamorro, Virginia Zeani y, por supuesto, Maria Callas, con influencia de la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses.

¿La juventud es refractaria a la lírica?

Creo que han hecho mucho daño las malas representaciones, zarzuelas que no estaban bien dirigidas y con malas técnicas vocales. La zarzuela tiene que tener calidad en sentido interpretativo y musical. Solo te va a preparar bien alguien que sea una personalidad destacada en su ámbito artístico y eso hay que pagarlo: he invertido mucho en mi formación, en el conservatorio de Guadalajara con Ángeles Chamorro, con el músico y acompañante Manuel Burgueras y con la maestra repertorista Celsa Tamayo. Después he trabajado con los directores Miguel Narros, José Carlos Plaza y Amelia Ochandiano. Y la que más tiempo me ha dedicado en los últimos años y más me ha enseñado, sobre todo técnica vocal, ha sido la mencionada soprano Josefina Arregui. El resultado es que El viento y la luz y Cállate, corazón están gustando mucho. También creo que hay que dar oportunidades a jóvenes en apartados como el vestuario, la escenografía, la iluminación, siempre conservando las esencias.

¿El flechazo con la zarzuela nació en un escenario?

Vi La del manojo de rosas de Pablo Sorozábal a los veintitrés años en el Teatro de La Zarzuela y supe desde el principio que aquello era lo mío, y debuté poco después, en 1997, con La chulapona de Federico Moreno Torroba. De mis años en Opera Studio en Italia tuve la suerte de conocer al barítono Renato Bruson y trabajar con él las óperas de Mozart; también me formé con Giovanna Canetti, profesora de La Scala de Milán, donde me marché a vivir. Allí hice una audición para La vida breve de Manuel de Falla dirigida por Rafael Frühbeck de Burgos, para el Teatro Lírico de Cagliari, me escogió y permanecí entre ocho y nueve años con el maestro viajando por el mundo entero. Y aunque la abuela Teodora tarareaba La vida breve en su casa, nunca me vio cantarla. La apelación a mi abuela en El viento y la luz es real, porque me llevó con seis años a ver zarzuela al Teatro Calderón de Valladolid. Mi tía Maruja también era melómana, era fan de Teresa Berganza y yo jugaba a las muñecas escuchando esos discos que contenían el texto de las canciones y el texto hablado, que memoricé en Valladolid con ocho años. Estoy enamorada de mi profesión desde siempre y no podría dejarla para dedicarme a otra cosa.

¿Está recibiendo la zarzuela apoyo político?

Los políticos no son muy amigos de la cultura –aunque hay excepciones–: suelen olvidarse bastante de ella en sus campañas y, desde luego, de la zarzuela en particular. En Alemania, en cambio, los políticos apoyan mucho la cultura y, sobre todo, la ópera y la opereta. Hay entre ellos una creencia errónea de que a Franco le gustaba la zarzuela, y no es verdad, incluso llegó a prohibirla; porque lo que a Franco le gustaba era la copla. La zarzuela nace del pueblo español y le pertenece. Los compositores Barbieri, Tomás Bretón, Ruperto Chapí, Federico Chueca, Jacinto Guerrero, Federico Moreno Torroba o Pablo Sorozábal son muy reconocidos en el extranjero. Cuando estuve cantando con la Orquesta Filarmónica de Nueva York, consideraban que era tanta la calidad de nuestros maestros de la zarzuela que habían incluido en su repertorio a Bretón y a Chapí. A la zarzuela no la hacen caso en España, no la enseñan en los colegios ni en bachillerato, y si no existe interés ni tradición como ocurre como con el fútbol, no puede crecer entre las nuevas generaciones. Además, los españoles tenemos en comparación con otros países muchísimas voces internacionales, aparte de Alfredo Kraus, Plácido Domingo y José Carreras: solo en el siglo XX podríamos destacar a Jaime Aragall, Vicente Sardinero, Isabel Garcisanz, Josefina Arregui y muchos más. No se conoce el género como se conocía antes, porque si se conociese, engancharía, porque se disfruta mucho. Si no se conoce, la zarzuela seguirá siendo un nicho muy personal en un ámbito muy cerrado y muy exclusivo.