Opinión

La ficción como forma de pensamiento “vacacional” en valores

TRIBUNA

Cristina Hermida | Jueves 05 de septiembre de 2024

La ficción puede considerarse una escuela para la vida, pero, además, alimentada por la imaginación, puede ser una forma de pensamiento “vacacional” en valores. La imaginación conlleva siempre una retirada de la realidad cotidiana que se convierte en necesaria para el ser humano. A través de ella, desarrollamos nuestra capacidad de proyección y de invención. En cierta manera, la imaginación es la encargada de transportarnos y abrirnos las puertas a un mundo nuevo, desconocido, descubriéndonos una nueva realidad que tiene entidad propia: la ficción. En el mundo de la ficción es donde encontramos el arte, la literatura, el teatro, el cine, etc.

Ahora bien, nos podríamos preguntar por qué los seres humanos tenemos la necesidad de duplicar el mundo y crear, junto al real y efectivo, en el que tanto esfuerzo nos cuesta vivir y nos da tantos quebraderos de cabeza, otro mundo distinto, el mundo de la ficción. Dicho de otra manera: ¿Cuál es la razón de ser de la ficción para el ser humano? ¿Cómo seríamos los hombres sin la capacidad de imaginar otros mundos, otros yo, sin acceso al mundo de la ficción? A mi modo de ver, si la ficción se convierte en una necesidad para nosotros es en buena medida porque aquélla es expresión de la contradicción humana. De hecho, observando la necesidad del recurso a la ficción, logramos entender mejor la estructura de la realidad vital.

Pensemos que el sentido de nuestra vida nos lo da el hecho de sentirnos protagonistas de nuestra vida en su dimensión personal y social. Construimos nuestra vida a partir de los actos que, si se repiten, se convierten en hábitos hasta esculpir nuestro êthos o personalidad moral. El gran sentido de la vida nos lo da precisamente el construir un proyecto vital marcado por la máxima “llegar a ser lo que somos ontológicamente”. El êthos es el sentido de la vida en tanto que realizado.

Ahora bien, el sentido de la vida como “vocación” a nuestra esencia humana parece sustituirse en muchas ocasiones por el sentido de la vida como “vacación” y ello resulta posible gracias al recurso a la ficción que nos introduce en una realidad distinta, a veces, anhelada, aunque también puede ser no querida, esto es, indeseada o incluso temida.

Es como si la ficción nos permitiera tomar unas vacaciones de nuestro yo real que está inserto habitualmente en la cotidianidad. El mundo de la ficción no solo nos da la oportunidad de evadirnos de una realidad, a veces, injusta e ingrata, sino que además se puede llegar a convertir en una valiosa escuela de pensamiento y de crecimiento en valores para el pensamiento individual y social, lo que creo que no podemos desaprovechar.

Cada uno de nosotros en la vida estamos continuamente eligiendo y prefiriendo posibilidades que están a nuestro alcance. El poder de la ficción radica en que ella nos permite preferir u optar desde posibilidades inaccesibles en el mundo real o que no tenemos tan fácil alcanzar a través de las diversas artes. De ahí su atractivo, pudiéndose llegar a convertir para algunos en una adicción.

La ficción se presenta para el ser humano como la alternativa a la renuncia en que consiste una gran parte de la vida. Entre los “yos posibles”, que son parcelas de felicidad, el recurso a la ficción puede salvar algunos de ellos y por ello forma parte de la constitución metafísica de la vida humana, con palabras de J. Marías.

Si la capacidad de imaginar, la capacidad de fingir y de elaborar ficciones, la capacidad de construir una realidad integrada por verdades ficticias aparece como una necesidad de la persona, ello se debe a que el hombre vive con la necesidad de encontrar la felicidad en este mundo, lo cual termina convirtiéndose en un permanente anhelo vital, por desgracia, insatisfecho. El mundo de la ficción nos revela de algún modo el dramatismo de la vida humana, su complejidad, como una forma de antídoto ante la terrible oleada de prosaísmo que le quita a la vida su carácter de lirismo.

Por ello la ficción, a través de las diversas artes, no solo es un vehículo de educación sentimental en valores, sino que además encierra una determinada antropología filosófica sobre la que merece la pena reflexionar. En esta línea, se ha pronunciado M. Merleau-Ponty, quien en una conferencia que impartió en 1945 en el Instituto de Estudios Cinematográficos, titulada The film and the new psychology (1945), explicaba que el cine “es un modelo cognoscitivo que puede permitirnos elaborar una antropología filosófica”. Del mismo modo, Edgar Morin en su obra fundamental, El cine o el hombre imaginario (1956), nos revelaba que el cine es un fenómeno que puede aportar luz para comprender la complejidad del ser humano. Me parecen sumamente interesantes estas ideas porque, efectivamente, el cine, cuando está bien orientado, puede ser una fuente de transmisión de los valores humanos con alcance universal.

Todos podemos reconocer en películas o en novelas que nos han marcado en nuestra vida cómo el cine o la literatura es dilatación de esta, amplía nuestra experiencia personal. Se nos descubren rincones del mundo, pero también parcelas desconocidas de nosotros mismos, convirtiéndose en valiosas herramientas para alcanzar cotas de felicidad, desde las que analizar la dimensión moral del hombre y repensar la importancia de los valores humanos.

En suma, desde la ficción de las artes en general, sea a través de la literatura, la pintura, el teatro, el cine, etc., podemos fomentar el pensamiento crítico y autónomo en favor de los valores morales, al establecerse conexiones vitales que llegan a configurar un pensamiento “vacacional” que hace más inteligible la vida humana.