Opinión

Zamora desnuda su osamenta

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 06 de septiembre de 2024

En los últimos veinte años la autoridad municipal zamorana, la Junta de Castilla-León y emblemáticas empresas de la región, como Iberdrola, antes Iberduero, están teniendo el lento, pero constante y perseverante esfuerzo de ir desnudando la muralla que protegió en la realidad a los zamoranos de múltiples ataques de otros reinos peninsulares durante la Edad Media, e incluso en la Edad Moderna frente a Portugal. Este esfuerzo es lento porque la expropiación de las casas adosadas a la muralla que deben ser derribadas para revelar esta fábrica defensiva no ha sido la figura jurídica que más se ha utilizado, sino la compra de esas viejas casas ajustadas al precio de mercado. Una medida en que la utilidad y belleza públicas, además de la sagrada historia de los zamoranos, no han abusado de los justos intereses de los propietarios de los inmuebles. A medida que avanza la resurrección de la imponente muralla y baluartes defensivos, con todos sus variegados tipos de fortificación, consignados con un rico y variegado léxico, como glacis, cortinas, hornabeques, murallas, terraplenes, trincherones, revellines, fosos, zanjas, intervalla, zapas, blindas, gaviones, trincheras, portillos ciegos, empalizadas, medias-lunas, búnkeres, almenas desmochadas, adarves arruinados, aspilleras, torreones y muchos más vocablos que nos brinda la poliorcética, las murallas de Zamora crecen en importancia sin cesar frente a las de Ávila, que fueron construidas en una época en que el ornamento decorativo de las mismas era más importante que su utilidad defensiva. No olvidemos que Ávila fue la capital de Castilla mientras fue rey Alfonso XII de Trastamara, el envenenado hermano de Isabel la Católica. Sin embargo, las murallas de Zamora – las más antiguas cortinas murales son de mediados del siglo XI – obedecen a una necesidad real y a unos peligros reales que se debían conjurar a fin de garantizar la pura supervivencia de la ciudad de Zamora. Alhakem I y Almanzor habían destruido sus anteriores murallas, y sabemos que Fernando I las restauró en torno al año 1060. Las primeras noticias de esta Zamora fortificada provienen de cronistas árabes, que llegan a hablar de siete recintos. Estas murallas son “auténticas”, en ese su significado etimológico que tiene el vocablo “auténtico”, y que tanto cautivaba a Miguel de Unamuno, un vasco enamorado de Zamora, y salvaron la vida física de los ciudadanos más de una vez. No son murallas de la monumentalidad Walt Disney, sino murallas de verdad, cuya contundencia defensiva fue experimentada en la historia de la Ciudad. El gran arquitecto y humanista Juan de Ribero Rada, que introdujo la obra del egregio Andrea di Pietro de la Góndola – más conocido por Palladio, por la diosa Pallas Atenea – en España ( Los cuatro libros de la Arquitectura ), cuando levantó la monumental portada de la Catedral de Zamora, en donde reposan los restos del obispo Suero, se inspiró en el color de la piedra, humildad de piedra entreverada de caliza y arenisca, de sus murallas salvadoras. Estos poliedros aparentemente endebles, caducos, frágiles en sí mismos, muchas veces de sillarejos mal escuadrados, que componen el lienzo de la muralla milenaria pueden ser descascarillados o descascarados con las uñas de la mano y, sin embargo, ahí los tienes, gloriosos en su ruina eterna, contemplando humildes- de “humus”, suelo - diez largos siglos de historia de una Ciudad Inmortal, como las de Borges, con sus ojos arenosos, entre blancos y bermellones. Esta apariencia ruinosa de la inmortalidad ha aguantado ataques de enemigos, miles de tormentas, aguaceros, rayos, hielos y ventiscas. Y con esta misma humildad de material pétreo se levantó en el interior defendido por las murallas el mejor románico universal. San Juan, Santiago del Burgo, La Magdalena, San Ildefonso, San Esteban, San Isidoro, San Antolín, San Claudio, San Cipriano, cuya torre servía de vigía a la muralla, Santo Tomé, y otra docena de joyas románicas que consagran a la Zamora eterna como la capital mundial del románico. Esta mala piedra inmortal de las murallas, como un reloj sin cuerda, es tan porosa que en ella penetran con facilidad todo tipo de raíces de las plantas que gustan de murallas, de otras paredes de piedra y de las ruinas, como son la parietal y la diurética alsinia y el polipodio, y el adianto y el esplenón, a franjas, con el reverso del color de la herrumbre, y la nudosa selenita menor y otras plantas que gustan de la vetustez de los muros abandonados y de la piedras, y el politrico y la verdosa oliveta, habitantes de las ruinas. Así en muchas partes de la muralla, como en la zona del Trascastillo vemos cómo estas plantas lucen como un vestido de invierno para las murallas y sombrean la zona de “la silla la Reina”. La reina Urraca, claro. Es una pena que a las mamás de Zamora no les guste el nombre de Urraca para sus niñas, la reina que se enfrentó a la desfachatez de un hermano cuyo único título para pretender conquistar Zamora era la fuerza. Aún conserva el nombre de aquella reina resolutiva el arco más emblemático del perímetro amurallado, con su magnífica bóveda de cañón. La muralla zigzaguea siguiendo la línea de la roca viva y aparece bien cimentada en esta roca natural, las llamadas Peñas de Santa Marta, así denominadas por la existencia de un antiguo monasterio en este lugar. Los hilares de sillares que están mejor escuadrados son los de las murallas que están más cerca del castillo, el corazón del poder político de la ciudad. Se ha dicho que esta muralla, por su tipología arquitectónica y organización de sus lienzos en la urbe tiene mucho más que ver con las murallas árabes que europeas. Siete largos siglos de convivencia, aunque sea mala, dan para la ósmosis de la cultura poliorcética. Y el valor de los habitantes defendidos por sus entrañables muros está expuesto con orgullo en una inscripción de la Puerta del Obispo: “Zamorenses fuerunt victores in prima acie in regem maurorum”. Defendamos con cariño los hijos de Zamora estas murallas preciosas que nos dejaron como herencia material nuestros contumazmente resistentes abuelos. Zamora, la bien cercada. Cae la noche y las murallas desprenden los primeros murciélagos. Parecen estremecerse, como si les sacudiese un sueño.