Opinión

Mentiras en la Historia de España (VI)

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 06 de septiembre de 2024

Penetro en campo minado.

Alfonso XIII comienza su reinado, a sus dieciséis años, con estas palabras, escritas en su diario: “Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando a la patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero tambien puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y por fin puesto en la frontera”.

Y lo terminó con las siguientes, en el documento de su dimisión: “... espero que no habré de volver, pues ello significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz”.

Palabras premonitorias todas.

Teniendo tan claras las dos alternativas que se le ofrecían, al comenzar su reinado, es de suponer que si acabó ocurriendo, milimétricamente, lo segundo fue por falta de carácter para hacer frente a unos acontecimientos que le desbordaron totalmente, pues “no gobernó, que fue gobernado por sus ministros”, hasta el punto de aceptar las dictaduras impuestas por Primo de Rivera y el General Berenguer.

Mandó al pueblo, sin naves, a defender las últimas colonias de Ultramar, Cuba, Filipinas, etc…. y a emprender, a contracorriente de la historia, absurdas y sangrientas aventuras, coloniales, en África, que costaron mucho dolor. El Africano le llamaron por su obcecada implicación.

Otro ministro, el Almirante Aznar, pierde las elecciones municipales, en las ciudades importantes, lo que echa a la gente a la calle pidiendo, clamorosamente, la República. Entrar en el siglo XX, vamos. El Rey dimite y se exilia.

Y seguimos con más verdades que parecen mentiras. Los políticos e intelectuales, enfermos de nostalgia, se niegan a asimilar la “revolución industrial”. “¡Que inventen ellos!”, “¿Acaso una lámpara lucirá más, si la inventamos nosotros que si la inventan ellos?”, Decía Unamuno. “La rebelión de las masas”, “España invertebrada”, titulaba Ortega Y Gasset. Aunque con “la boca chica” tuvo que reconocer: “En España, todo lo ha hecho el pueblo y lo que no ha hecho el pueblo se ha quedado sin hacer”.

Ese nostálgico pesimismo, inoculado por la “Generación del 98”, sigue presente y activo en nuestros intelectuales actuales, que, ahora, reculan y ponen remilgos, ante la entrada al siglo XXI y la inevitable “Revolución Digital”.

Nos previenen contra las técnicas digitales, a las que consideran entretenimientos tontorrones en los que ellos no “caen”. Nos aconsejan no usar el ordenador pues, están seguros, de que la inspiración fluye más caudalosamente a través de la “pluma estilográfica”. O prescindir del móvil, esa máquina prodigiosa que, según ellos, es un objeto de recreo, molesto y entrometido, que distrae de las altas elucubraciones y de la distribución “sensata” del tiempo. “No hay nada que no pueda esperar hasta que yo llegue a mi casa”, dice uno de ellos.

Y suspiran por sus tiempos de juventud en los que, al parecer, la gente de su entorno, recitaba, camino del “tajo”, las Odas de Ovidio. En cambio, ahora…. Pero no quiero adelantar acontecimientos. y tampoco hacer de historiador. El hecho es que La Segunda República, tan ansiada por gran parte de la población, fue un fracaso, tan garrafal, que acabó en una guerra civil espantosa.

Causas. Los que la promovieron, prescindieron de toda preparación, pues creyeron que, con “abrir las puertas a la libertad”, era suficiente. Construyeron “la casa, empezando por el tejado”, ignorando la atomización de la sociedad, que se enzarzó en una lucha de todos contra todos, por conseguir y ampliar sus parcelas de poder. Inundaron, inmediatamente, el país, de leyes que pretendían modernizarlo, de la noche a la mañana, pero que traían cambios tan abruptos que la sociedad era incapaz de asimilar.

Y más siglo XIX. Levantamiento militar y guerra civil. Lucha a muerte entre hermanos, divididos en grupos y grupúsculos, que iban desde la cruz y la espada hasta la hoz y el martillo.