Opinión

Guerra en el ascensor y parque de monos

TRIBUNA

Carlos Díaz | Domingo 08 de septiembre de 2024

Pues nada, que esta soleada y agradable mañana me decidí a visitar a un editor en su céntrica oficina; de paso hacía piernas para combatir el exceso de peso, sin animarme a subir a pie las escaleras porque el citado editor ocupaba una habitación en el piso 22.

Caminando como lo hago casi como el detective belga Hercule Poirot, es decir, a saltitos y con pasos muy cortos, me puse buenamente a la cola del ascensor y tras unos segundos de espera que al parecer se estaban haciendo demasiado largos al público, entramos casi en tromba, atropelladamente a pesar de la amplitud de aquella caja metálica.

Todo normal hasta aquí, pero ¿quién hubiera podido imaginar el sucedido que a renglón seguido iba a acontecernos a los embutidos en el inocente cajón? En efecto, cuando aquel tipo le dio al piso 19 y a medio camino antes de alcanzar su destino apretó el botón 25, y antes de ello apretó el 9 todo ello sin solución de continuidad y no dejando que los compañero de viaje pudiésemos pulsar nuestro botón, aquella su compulsión en catarata comenzó a devastar la salud mental de los pasajeros.

De nada sirvió que uno le agarrara la muñeca, antes al contrario tuvo el efecto de enfurecerle y sacar un puño al modo Ruiz Mateos sobre el ojo de quien osó paralizarle.

El aire escaseaba, los minutos pesaban como horas, y aunque ninguno padecía de claustrofobia, no pocos comenzaron con las lipotimias, los sudores, los ahogos y los rostros macilentos, incluso en algunos casos la alteración de la personalidad, pues aunque en la mesa y en el juego se conoce al caballero, ahora estoy en condiciones de afirmar que eso ocurre sobre todo cuando el ascensor se vuelve loco y tú cabalgas el ojo del ciclón.

Finalmente los heroicos bomberos pudieron excarcelarnos (el ascensor tenía forma de jaula) deteniendo abruptamente su alocado bamboleo con todos nosotros dentro, atrapados entre dos pisos sin puerta alguna por la que escapar. Y luego todos entre el temblor y la alegría jubilosa.

Por mi parte, en mi condición de psicólogo de urgencia trate de apaciguar a nuestro apanicado personaje, pero costó dios y ayuda calmar su exacerbada ansiedad. Al día siguiente en la consulta me confesó padecer lo que él llamó síndrome axiológico de ascensor, en cierto modo similar al del equilibrista que siente perder pie en la delgada arista de su vida y necesita cambiar de asidero en plena trayectoria a cada cinco pasos, que es cuando aprieta un nuevo botón para cambiar de destino. Hoy quiere esto, al ratito lo contrario y al ratito del ratito lo contrario de lo contrario. En el fondo tiene pavor a la vida, al aterrizaje, al camino teleológico conforme a metas viviendo así en la cuerda floja ansiolítica, contagiosa en determinados momentos. Su vida es un no poder parar tranquilo porque sus testes en ascensor le alteran hormonalmente.

Me recuerda a aquel taxista con horror a las alturas al que el taxista preguntó a qué altura de la calle caía el número de la calle, a lo que el viajero, como un resorte, respondió: “so canalla, como se eleve un palmo por encima del suelo lo mato ahora mismo”.

Estamos tratando de ver si podremos reconducir su patología hacia algo útil; en principio vamos a probar a llevarle conductistamente al Parlamento, que es como dijera Pío Baroja en su Aurora Roja una jaula de monos muy compleja donde el continuo mutar y agitarse convierte en estrellas a sus señorías: “-¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro? Pues una cosa parecida. Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita... -¿Y el Senado? -¡Ah! Esos son los viejos chimpancés, muy respetables”. Ya dijo un connotado estadista que no hay mal que por bien no venga.

Y hablando de monos del Retiro, México es una ciudad de veinte millones de habitantes más o menos censados, pero en determinados lugares esto parece una jaula con un inmenso número de monos procaces. Cada vez que veo ciertos espectáculos callejeros no puedo por menos de acordarme de este texto tan antiguo ya, pero tan hodierno, que rezaba así: “fue cuando su hija (Miami) salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala, se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la Sinfonía número 40 de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡Mozart no! ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart! En esta ocasión aquel hombre tan fino y progresista le arreó una bofetada, se lio a golpes contra todos y se deshizo el misterio. Echó de casa a patadas a aquella panda de golfos. Y hasta hoy. Mi amigo es un hombre de izquierdas y liberado”(1).

Quizá esa abrupta reacción no fue más que la gota que colmó el vaso, el resultado de permisividades anteriores desquiciadas, com mes petit es s’escaravat, mes grossa vol dur sa bolla: “cuando ni las palabras de reproche ni el oficio del corrector fuesen suficientes y no se espere enmienda en alguno que se cree ser escándalo para los demás, es mejor retirarle de las clases que retenerle en ellas con poco provecho propio y daño de los demás. Si se presentare algún caso en que no bastase para remedio del escándalo dado la expulsión del centro, consúltelo con el rector para que él vea qué otras medidas se pueden tomar. Aunque, en cuanto fuere posible, se ha de llevar el asunto con espíritu de mansedumbre, conservadas la paz y caridad con todos”(2). Si corregimos, que sea sin herir estimulando el cambio hacia una conducta mejor, sin hacer leña del árbol caído; si acusamos, que sea salvando absolutamente la condición personal. Pero cuando acusamos, acusémonos también a nosotros mismos, que no podemos arrojar la primera piedra sobre los demás, pues quien acusa a los demás y no mira hacia su interior termina destruyendo tanto la materia como la forma de su acusación.

1. Vicent, M: No pongas tus sucias manos sobre Mozart. Editorial Debate, Madrid, 1993, pp. 8-10.

2. VVAA: La ratio studiorum de los jesuitas. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, 1986, p. 72.