TRIBUNA
Pedro Gago | Lunes 09 de septiembre de 2024
En el verano se suele intensificar el rechazo a los turistas debido a las molestias que causa a una parte de la población, por lo que se reclaman soluciones de diverso tipo que van desde los propiamente organizativas hasta las más restrictivas. Convendría tener en cuenta algunos aspectos del problema a fin de no dirigirlo hacia lo inconveniente para la libertad, el desarrollo económico y el bienestar social.
En el turismo la relación principal se establece entre los receptores pasivos, los activistas antituristas y los propios visitadores.
Es evidente el impacto negativo del turismo en muchas localidades, aunque estén preparadas para recibir un alto número de personas. Por muy bien organizadas que estén las visitas y el comportamiento de los turistas sea intachable, casi siempre provocará molestias a parte de la población.
Cualquier activista antiturismo al salir de su localidad por motivos artísticos o lúdicos se convertirá en turista.
El globalismo es contradictorio: universal y pacifista a la vez. Por un lado, crea relaciones humanas que superan las fronteras, pero, a la vez, inevitablemente, surgirán diversos conflictos, entre los cuales se encuentra el que pueda causar el turismo.
Si bien la intención de la Unesco ha sido crear un Patrimonio Mundial compuesto de bienes y lugares que tengan un valor excepcional, una resistencia general al turismo frenaría o impediría el fomento de las relaciones culturales.
El rechazo creciente al turista forma parte de la cultura de la queja, peculiar rasgo de una sociedad que todo le provoca malestar. Al residente le molesta el turista y a éste le irrita tanto el receptor incómodo, como los que forman parte del conjunto turístico
Al activista antiturismo le fastidia que los turistas interfieran el espacio por el que transita. Los más benévolos preferirán que el turista no se visivilice, que pase del hotel a los museos, al comercio, al mar, haciéndose intangible.
En los lugares que reciben muchos visitantes se han tomado las medidas oportunas para preservar el impacto que provoca. Las soluciones, aunque sean efectivas, no suelen acabar con todos los problemas ocasionados. Motivo por el cual hay una voluntad en ciertos ámbitos de crear una estratégica ideológica global más extrema para afrontar los problemas que origina.
Desde hace años, el salario de los trabajadores en casi todos los países desarrollados ha ido perdiendo poder adquisitivo. Si no se crean otras alternativas a la industria turística, previsiblemente la situación económica empeorará y afectará negativamente a la mayoría de las personas.
Las protestas más numerosas suelen tener un fondo ideológico. Hay individuos que rechazan formar parte de un sistema en el que turismo aporte beneficios económicos y prefieran que se reduzca el nivel de bienestar económico a cambio de que no haya visitantes molestos.
La solución más lógica sería que hubiera una eficaz administración para organizar y regular las visitas. Sin embargo, ante la existencia del sonambulismo ideológico, entre las medidas que unos cuantos consideran más radicalmente efectivas, se encontrarían las inspiradas por un espíritu totalitario. Algunos ejemplos: a) las del tipo belarra-díaz-colau…, consistente en que una vez proclamada la alerta antiturismo, se prohibirá la libre circulación de personas. Si las medidas no fueran suficientes, para evitar el paso a las personas se recurriría a la construcción de muros de hormigón con sus correspondientes torres de vigilancia, b) Menos restrictiva y costosa que la anterior sería la feminista woke, la cual sólo permitiría el acceso a las mujeres con conciencia empoderada en las zonas de visita turística previamente determinadas. Se evitarían así todos los delitos cometidos por el turista masculino, entre ellos los sexuales, al ser el hombre “un potencial violador” (I. Montero, condecorada con la Orden de Carlos III al destacar “por sus buenas acciones en beneficio de España y de la Corona”). c) Esta solución no sería difícil compaginar con la globalizada red Black Lives Matter, que prohibiría el turismo a los caucásicos y que tendría el efecto positivo de acabar con la desmesurada destrucción de la vida humana que sólo es capaz de hacer el género blanco, la blanquitud (Carmen Calvo, Presidenta del Consejo de Estado). d) Igualmente eficaz sería la solución progre fanática pangénero, cuyo propósito sería derruir las obras arquitectónicas y destruir las artísticas creadas en el pasado heteropatriarcal. De este modo se suprimirá el turismo cultural. e) Más radical sería decretar la alarma universal antiflujo turístico, impidiendo el tránsito de las personas mediante un confinamiento genérico sostenible (Teresa Ribera, Ministra de algo así como, para todos los ambientes) con excepción de los que estén por encima de la plebe, que tendrán un derecho de movimiento ilimitado.
Dentro del movimiento antiturismo, se hallaría la versión aldeana que repudia a la gente proveniente de su territorio, salvo que sea famoso o pertenezca a la casta, y anhela prohibir la entrada a quien no pertenezca a la localidad. Valga un ejemplo reciente: El dueño de un bar en Oleiros (Galicia) cerró el establecimiento por unos días debido a que a sus trabajadores les “desgastaban” y estresaban los mesetarios (todos fodechinchos). ¿Puede ser este individuo una muestra de falta de profesionalidad y de xenofobia persistente, originada por no haber salido nunca de su localidad?
Finalmente, otra solución de agenda universal, se basaría en cambiar la movilidad temporal del turista por la permanencia del inmigrante. El movimiento antiturista se convertirá en un modelo de ejemplaridad solidaria perpetua con el inmigrante. Éticamente supondría transmutar la actitud egoísta del receptor turístico, por la ayuda completa al inmigrante, cuyo coste de mantenimiento correría a cargo de los recibidores, especialmente de los solidarios antiturismo, que estaría deseando vincularlos a su esfera privada –dentro del cual brotaría la llama del amor solidario inextinguible-.