Opinión

El problema: los parásitos hispánicos

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 09 de septiembre de 2024

El parásito es una subespecie humana, de orden superior, sí, y de ética inferior, que simpatiza con sus víctimas proveedoras. Tiene el gorrón algo de inútil con luces, de ciudadano baldío preparado para pasar a la posteridad de la economía, la política o los salones del poder. Algunos, como los diputados, lo toman muy en serio. No se pinta aquí el retrato de un político así como así, por las buenas, sino observando los devastadores efectos de sus señorías sobre las vidas de los ciudadanos que cometimos, en algún momento, la torpeza de votar una u otra lista.

Hace falta ser un gran oportunista contemporáneo. Ahora bien: no hay que extrañarse. Los políticos no son simplemente unos tipos que le aprietan a un botón en el Hemiciclo cuando se acuerdan de levantarse de la cama para cobrar una extraordinaria remuneración por ese leve movimiento digital –entre 56.000 y 100.000 euros anuales–. No. Los políticos diseñan y planifican con habilidad el gran teatro de la política, su puesta en escena, entre los simpatizantes y los contendientes, un teatrillo que en realidad oculta grandes amigos de farra. Aunque con frecuencia y cara a la galería televisual discutan ferozmente sin jamás ponerse de acuerdo, en el fondo se sienten miembros privilegiados de la misma casta, un duro camino en cuyo tránsito se han dejado muchas cosas, virando sus hechos y dichos hacia lo miserable, en su afán por el poder y el parasitismo del vividor. Carecen de cualquier atisbo de formación moral e intelectual como hijos directos de las grandes dinastías de los partidos políticos. Algunos ni siquiera poseen estudios superiores, pero son capaces de apretar el mencionado botón. Porque estos asaltantes de la prosperidad humana, más o menos descarados, según sean más o menos cobardes, son verdaderos medradores anticipados, inútiles incognitales, sin ni siquiera la inquietud de las grandes cuestiones: lo más bajuno del hombre bajo ese disfraz, esos colores del partido, ese titular y ese argumentario improvisados por la mañana en los salones del poder.

Amanece en el Hemiciclo siempre un día vulgar, de manos tontas y listas que se estrechan y saludan, de tipos narcisistamente enamorados. Se supone que están trabajando, pero se pasean, dormitan, hacen negocios y le dan a la croqueta y a la cerveza o al “bitter”. Atacados por la más terrible de las enfermedades que pueden caer sobre un ser humano, el parasitismo insaciable, debemos de pensar que el político está en un orden superior del escalafón humano, pues viéndolos como a semidioses que no les afecta la necesidad perentoria del resto de la ciudadanía, pensamos en ellos como alejados del vivir cotidiano y por esta razón no les pedimos, no les exigimos, no les obligamos a cumplir con sus obligaciones. Del escaño al cielo, básicamente.

Después de todo, nada importan las vidas y los destinos de los contribuyentes, porque la medida de la actualidad va a ser la misma, pongamos el telediario, sintonicemos la radio o abramos el periódico. La quiebra social y económica nos ronda desde hace tiempo, y cometemos la descortesía con nosotros mismos de dejarla que nos ronde, a veces, demasiados años. Del estar en el mundo del abusador se deprenden las grandes lecciones de las cosas. El genio del político es el supremo genio, que lo atisba todo. Tener la genialidad del político es sobrepasar todas las medidas, todas las fases sociales, todas las pruebas vitales. ¿Qué prodigioso genio es ese, que llevan en el ánima, nos escamotea sus obligaciones en nuestra cara y no se deja tocar ni encontrar por los jueces ni fiscales? En el gran temblor del mundo provocado por los políticos, por los parásitos, hay todavía quienes creen que se pueden seguir haciendo los desentendidos. Porque ellos son el problema más grave que padecemos en España.