Opinión

La felicidad

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 11 de septiembre de 2024

En una de esas reuniones grupales y a modo de juego alguien propuso el repartirnos un tema al azar. Algo parecido al amigo invisible, pero con contenido de pensamiento. Me tocó hablar sobre la felicidad. Tema tan intangible como escurridizo.

-De manera que usted me pregunta sobre la felicidad. A mí, que apenas si me conozco, sepa que al pronunciarme arriesgo lo que soy y cuanto poseo por satisfacer su curiosidad.

-Le digo aquí mismo que si yo, siendo un ignorante contumaz de la vida capaz soy de aprender de los demás, cualquiera puede superarme, pues en el empeño está la esencia de la felicidad. ¿O acaso alguien se cree que las conquistas son sinónimo de sencillez?

Le diré a usted que la felicidad como tal no existe; es más, diría que hay que fabricarla a diario a base de inteligencia y perseverancia. El bienestar, por consiguiente, es algo personal, diría que íntimo y aunque se puede compartir no se vende ni se hereda. La bondad, como elemento de buena sintonía trae causa de fértiles momentos, pero al igual que todo lo que se fabrica, precisa de mantenerla viva. Es un oficio muy exigente, tanto que algunos abandonan el compromiso dejando que el azar haga el trabajo “sucio” y es cuando la exigencia se convierte en desventura.

Hasta donde llego me consta que existen fabricados dos tipos de felicidad, la pasiva y la activa. La pasiva es artesanal y aguanta el paso de los años a base de sacrificar la parte fácil de la vida. No se moleste en buscarla. No se vende en ninguna parte del mundo y como antes le dije, es algo tan personal e íntimo que salvo que sea fabricada por uno mismo resulta sacrificado hacerse con ella. La otra, la activa, es una clase de felicidad apuntalada por el dinero cuyo mérito sirve para cubrir sus espaldas en beneficio de las múltiples dudas que les hace languidecer cuando sus estados financieros les arrebatan un ápice de estabilidad emocional.

Llegado a este punto aquél que me preguntara se mostró en desacuerdo: -¿Acaso quiere convencernos de que el dinero no da la felicidad?

No. Esa no es la cuestión. Es más, diría que si el dinero fuera la solución de todas las voluntades le daría a usted la razón, más aquello que deja de ser estable abandona parte de la razón, pues la vida es poner en valor lo que se necesita y no tanto lo que se desea. El deseo es egoísta por naturaleza y tal vez en esta parte del mundo hemos creado la temporalidad de una existencia equivocada. El dinero va y viene disfrazado de felicidad mientras puedas comprar al médico, pero nunca le servirá para remediar esa salud cuando más lo precisa. El dinero, amigo mío, no le evitará de una desdichada fatalidad, que por otro lado no le deseo a nadie; sin embargo permítame que le asista en razones si así invierte en su vida, pues cada cual es libre de sus anhelos acerca de la felicidad.

Hablamos de una felicidad impostada por la codicia, la envidia, la corrupción. Esa es una aspiración graduada en la escuela del desamor y por ello este mundo se inmola en nuevas debilidades que acrecientan la ansiedad, la depresión, la desigualdad, la violencia, el suicidio o la soledad. Fabrique usted su propia felicidad, pero hágalo sin desmayo y con ahínco, pues cada nuevo instante es una nueva oportunidad y quizás sea la última que la vida nos permita para entender que nuestra estancia aquí y ahora no guarda rencor a quienes de lo imposible son capaces de ilusionarse aunque sea en sueños. Siempre habrá alguien que necesite un nuevo amanecer, pues ningún orden público vendrá a darle lo que necesita para ser feliz, más bien se encontrará con lo contrario, pues los puestos políticos son más apetecidos por los astutos que por los sabios, y así el tiempo irá desgranando lo que somos mientras esperamos que otros nos muestren el camino.

Así pues, nada somos y menos tendremos llegado el equinoccio de nuestro paseo terrenal. La única realidad es el instante y en eso, créame, no escatimo. El resto es y será lo que cada cual aporte de su propia generosidad. Permitan que hoy cumpla 500 artículos en este insigne periódico El Imparcial haciendo uso de la gratitud hacia mi público lector por formar parte de mi particular fábrica de felicidad.