Opinión

EEUU: incertidumbre del 6 de noviembre

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 11 de septiembre de 2024

Al entrar en el tiempo político decisivo de las campañas electorales presidenciales en Estados Unidos, el ambiente se ha ido tensando por la ventaja de la candidata demócrata Kamala Harris en las encuestas del voto popular, pero una ligera superioridad del candidato republicano Donald Trump en las tendencias del voto de los colegios electorales; en términos legales, la Casa Blanca se gana o se pierde a través de los 538 electores especiales y quien gane mínimo 270 de esos sufragios.

Pero el problema mayor no radica en el juegos electorales de cada cuatro años, ni siquiera debiera interesar la candidatura que pueda ganar las elecciones de colegios electorales, sino que se encuentra en una realidad que no se ha querido estudiar a fondo: Estados Unidos es la primera potencia mundial en economía, geopolítica y bloques militares, pero desde 1989 perdió el rumbo de esos liderazgos y todos los presidentes de entonces a la fecha han respondido a circunstancias superficiales, lo que podría explicar las razones de la crisis de organización y hegemonía de Washington y la pérdida de la dirección productiva-tecnológica que era buena parte de la esencia del poderío americano.

El final de la Presidencia de Reagan metió a Estados Unidos en la pérdida de los equilibrios mundiales. Estados Unidos y George Bush Sr. (1989-1993) no entendieron del todo el significado del desmoronamiento y desaparición de la Unión Soviética 1989-1991 y no fue casual que Bush Sr. fuera jubilado después de un periodo y EEUU comenzara un largo ciclo de disfrute de la victoria económica y militar de la Casa Blanca con presidentes dominados por la frivolidad (Clinton), la incapacidad geopolítica (Bush Jr.), la vanidad (Obama), el resentimiento social (Trump) y la geriatría imperial del poder (Biden).

El colapso del mundo bipolar Washington-Moscú se dio en un contexto de la reorganización económica, racial, religiosa, geopolítica y social del planeta, sin que ni siquiera la comunidad intelectual, científica y tecnológica de EEUU pudiera explicar no solo las razones de fondo del colapso soviético, sino los escenarios de reorganización de los bloques de poder.

Quizá como mensaje simbólico, Estados Unidos fue atacado por el terrorismo musulmán radical árabe en el corazón del imperio (Nueva York) en 2001 y la reacción del presidente Bush Jr. no pudo ser diferente a la de su negativa en su momento para cumplir el servicio militar y hasta las trampas para eludir las salidas de emergencia de la Guardia Nacional: por razones más de rencor personal, Bush Jr. metió al mundo en una guerra irracional ajena al conflicto del terrorismo árabe y solo ajustada a sus deseos de venganza contra Sadam Husein por haber intentado asesinar a su padre Bush Sr. Estados Unidos se extravió en Irak y se ahogó en Afganistán como su segundo Vietnam.

De 1989 (sintetizados en el fin del segundo periodo presidencial de Reagan el desmoronamiento del muro de Berlín, ambos hechos en noviembre) a las próximas elecciones presidenciales de noviembre próximo en Estados Unidos habrán pasado apenas 35 años en el mundo --simbólicamente una generación—y el planeta se encuentra en una situación peor de la de finales del siglo pasado, pero con la circunstancia agravante de que no hay líderes ni pensadores que estén diciendo o reflexionando sobre el desafío de la larga crisis de viabilidad mundial en los últimos años.

La vicepresidenta Harris era la única candidata demócrata viable, pero el presidente Biden retraso la nominación a la víspera de las elecciones; con una biografía corta y local, Harris carece de un proyecto de propuesta electoral que la presente ante los votantes como una figura de estabilización nacional y mundial; en todo caso, es claro que Harris no es más que una personalidad escogida solo para ganarle votos a Trump, pero también con el escenario negativo de que el Partido Demócrata carece de líderes con visión de estadistas y que sus expresidentes Clinton y Obama ya no le dicen nada al electorado.

Trump, como en 2016, es candidato de sí mismo, de sus pasiones y de sus resentimientos, encabeza un Partido Republicano fragmentado y con resentimientos en modo de ruptura y ya no representa aquella rebeldía anti Estado que reaglutinó a los sectores rurales también anti Estado ni tampoco representa propuestas de los viejos valores de la ultraderecha local opuestos a los derechos de las minorías sexuales. Trump, eso sí, encabeza la ultraderecha ideológica que ha estado marginada del poder en los últimos gobiernos.

La agenda internacional rebasa, con mucho, las propuestas de los dos candidatos estadounidenses: la reconstrucción del bloque soviético con la alianza China, la persistencia del terrorismo musulmán árabe, la desarticulación política de Europa que no pudo liderar con fuerza la líder alemana Ángela Merkel y que hoy se percibe como una Europa sin cohesión, la amenaza africana que ya viene, el poderío indio y de manera sobresaliente la pérdida del liderazgo y del control de la zona estratégica estadounidense de Iberoamérica.

Con un Trump que viene por la venganza por el operativo político-electoral de 2020 que el echó de la Casa Blanca y que sigue encabezando las corrientes insurreccionales de la ultraderecha y una Harris que solo tiene su sonrisa fácil para aparecer en público y sin un proyecto de continuidad demócrata en la Casa Blanca, las elecciones presidenciales en Estados Unidos están dejando indicios de que serán decepcionantes, sea cual sea el resultado, y que en la élite del poder de EEUU no existen indicios de que estén entendiendo la crisis mundial y por lo tanto tampoco se percibe que estén pensando en algunas soluciones.