Opinión

Matones de discoteca en una sociedad de borregos

José Antonio Sentís | Martes 18 de noviembre de 2008
Los usuarios del Estado del bienestar intentan pasar por la vida sin rozarse ni mancharse. Descansan en las autoridades para no cansarse con demasiados compromisos. Los problemas no son nunca colectivos. En todo caso, hay incidentes individuales, a los que da pereza dar respuesta, por ejemplo con una denuncia. Siempre parecen una excepción, un momento de mala suerte. Y, al final, termina muriendo alguien, vaya fastidio.

Pues bien, mantenemos guetos ajenos a la ley, y los tenemos en nuestras narices. Sólo que no hacemos nada.

Le machacan la nariz a un chiquillo en la puerta de una discoteca. Pues es que algo habrá hecho. Le rompen dos costillas a puñetazos a otro unos días más tarde. Seguro que estaba borracho. Acuchillan a un marroquí en otro garito. Marroquí tenía que ser.

--Mire usted, me encontré a un iraní enorme que trabajaba de portero en una discoteca. Me dijo abiertamente que ya había matado antes.
Así se dirigieron a mí al día siguiente de la muerte de Álvaro Ussía, el joven apaleado y asesinado en El Balcón de Rosales de Madrid, a unos metros de donde esto escribo.

Españoles, búlgaros, albaneses… la procedencia importa poco. Sólo se sabe que son armarios de dos metros, con la inteligencia de un mosquito y con la sensibilidad de un erizo, que dictan una ley que nadie ha escrito, que ejecutan sentencias que nadie ha juzgado y que han creado en muchas ciudades españolas, y significadamente en Madrid, un submundo mafioso que a todos parece convenir, pues a nadie parece molestar. Salvo al que le han roto dos dientes, claro. Sólo que hasta el mismo agredido se cree un caso aislado.

Los matones hasta ahora impunes, prolongadamente impunes, eran una realidad en nuestras narices, y ahora nos escandalizamos de ellos. Escandalicémonos de nosotros, que hemos generado el pesebre y transitamos con delectación por el aprisco. Una sociedad de borregos, que sólo se conmueve cuando brilla el filo del cuchillo, pero permanece inerte aunque sepa que el mismo cuchillo está agazapado.

Escandalicémonos por la pasividad de las autoridades, por la insensibilidad de los viandantes, por el silencio cómplice de quienes saben lo que pasa y prefieren entrar de soslayo al garito donde permanece ante los ojos un rastro de sangre.

Es hora de que se planten los jóvenes. Los padres de los jóvenes. Que lluevan las denuncias. Que se boicoteen clubes y discos que exponen impúdicamente la violencia en sus fachadas. Que se exija su cierre y la responsabilidad de los dueños.
Sin derechos, es un Estado de desecho.

¿Le queda a alguien alguna dosis de rebeldía ante los abusos? No lo sé, pero sí sé que los jóvenes tienen ahora armas de comunicación que han roto con el aislamiento y el individualismo, sólo que se utilizan para amistades, ligues o juegos. Es el momento de utilizar las redes sociales, sus Facebook y Tuenti, y armar una buena. Y no sólo por los "puertas" de los garitos de moda. También por tantos más abusos de autoridades autonombradas u oficiales, por tantos gestos de prepotencia del que tiene un silbato y una gorra de plato, aunque le hayan tocado en una tómbola o los haya comprado en El Rastro.

Ellos, los jóvenes, y nosotros, los que ya no lo somos, aún tenemos una revolución pendiente, de más calibre que la del mayo del 68: ser ciudadanos.

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