Carlos Loring Rubio | Martes 18 de noviembre de 2008
El nombre que da título al presente artículo, es el que está considerado como el cuento más breve del Mundo en lengua castellana, “El dinosaurio”, obra del guatemalteco Augusto Monterroso. La relación del cuento con lo que a continuación expongo es sobre el sueño que muchos albergábamos en que, tras la reunión del G-némesis, en atención al castigo y enderezamiento de las actuaciones realizadas por las entidades financieras, cuyas actividades han resultado irregulares, diera como fruto la firma y acuerdos concretos relativos al ordenamiento de la actividad económico-financiera mundial.
Y es que vivimos tiempos en los que las actividades comerciales ocurren de forma globalizada, donde un bono ruso se negocia en Hong-Kong y se vende en Buenos Aires. Las sociedades sólo pueden engrosar beneficios, trimestre tras trimestre, mediante el retorcimiento de métodos contables, en anuencia con las auditoras vinculadas por clientelismo, y con la complacencia de agencias de calificación crediticia o rating, que no han querido o no han sabido hacer bien su trabajo. La aplicación de los principios de Buen Gobierno Corporativo, de autorregulación de las sociedades y el intento de transparencia, han fracasado.
La Cumbre del G-20 más España y Holanda, tenía la obligación de imponer medidas prácticas efectivas para intentar enderezar una situación de gravísimas consecuencias para todos. Nada de esto ha ocurrido. Tras discusiones bizantinas sobre cuáles eran las políticas fiscales más adecuadas a adoptar conjuntamente, sobre quiénes debían ser las instituciones moderadoras de los mercados, sobre la defensa del libre mercado y el rechazo al proteccionismo, todo ha quedado en un good willing, en un ya quedaremos para verlo otro día, en discursos vacíos de contenido o, como el eufemismo de hoja de ruta finalmente logrado, al igual que ocurrió con la Ronda de Doha. Líneas generales dictadas como pantomima, ante una dramática situación de la que se está contagiando la economía “real”. El mensaje dado a los mercados ha tenido como consecuencia más de lo mismo, bajadas de los índices bursátiles en todas las plazas.
Pero, qué podíamos esperar de una cumbre convocada y organizada por un gobierno norteamericano saliente, que en nada quería ver comprometido el mandato de su inmediato sucesor. El Presidente de una Administración, que ha sido considerada el peor de la Historia de los Estados Unidos, no estaba en situación de tomar decisiones que pudieran empeorar la delicada situación que atravesamos y particularmente la de los Estados Unidos.
Yo, particularmente, soñé que la cumbre, llevada a cabo este pasado fin de semana, diera como resultado la firma de un tratado que contuviera acciones concretas y no una declaración de intenciones de apenas diez páginas, que, tras su lectura, uno queda sumido en una total desesperación. El Fondo Monetario Internacional, así como el Banco Mundial, según mi criterio, deberían -además de realizar complejos informes sobre el estado de las economías y del comercio mundial, que de nada han servido, y de negociar créditos con países en vías de desarrollo- ser instituciones de supervisión y regulación sobre el ejercicio de la actividad y de los mercados financieros. En este punto, siempre se choca contra la política estadounidense, según la cual ningún ente, exterior a la nación, es competente en sus asuntos internos o sobre sus ciudadanos. Estados Unidos, factor indispensable en la crisis actual, debería hacer un esfuerzo en que exista un ente regulador a escala mundial. Aunque, tras la cumbre, parece haber quedado claro que serán los reguladores nacionales los encargados de velar por los buenos usos de las entidades financieras (¿Qué se suponía que estaban haciendo hasta ahora?), los “organismos clave con una responsabilidad global” (quiénes quiera que sean) deberán crear una “normativa global de alta calidad” (sea lo que sea esto) y “normativas contables de alta calidad” (como si la calidad actual de las mismas fuera deficiente).
Soñé que se podría aplicar una política y legislación común para la vigilancia del normal desarrollo del libre mercado. Soñé que se pudieran desterrar las diferencias normativas entre los estados, para un bien común, desterrando la teoría de Montesquieu, en su Espíritu de las Leyes, de que la diferencia legislativa entre las naciones era consecuencia del clima que se daba en ellas. Todos los individuos merecen la misma protección legal y los mismos derechos allí donde se encuentren; pero cuando desperté, el dinosaurio todavía seguía allí.
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