Fuera de su obra literaria pública, creo que sólo conocemos el largo texto que dirigió a los jueces madrileños que me mantenían preso en Carabanchel. Tras pedir mi libertad, proclamó su arte y sus razones para escribir. Hay que tener en cuenta que las frases que parece dedicarme ¿son autodefiniciones?
- «Arrabal [léase Beckett] tendrá que sufrir mucho para darnos una obra... Que F. A. [léase S. B.] sea devuelto a sus tormentos, que no se añada nada a su propio dolor».
Siempre nos tratamos de usted, como para prolongar la relación que nos había unido desde el primer momento.
En aquella época, un gran teatro francés se había comprometido a representar su «Fin de partie». En un decorado mitad carmesí, mitad pardo, que en todo se apartaba a sus notas escénicas. La obra se interrumpía con una musiquita burlesca precisamente donde el autor había escrito «silencio». Se habían añadido nuevos personajes y un colorido de los trajes de estilo antibeckettiano.
Beckett se sintió tan afectado que nunca le ví tan afligido. Puede preguntarse si esta transformación y los posteriores golpes de las manipulaciones no aceleraron su muerte.
Viendo esto, y habiendo recibido el apoyo de Ionesco, Kundera y Arthur Miller, escribí una carta pública y abierta en su defensa en «Le Figaro» . Milagrosamente, mi intervención puso fin a la representación.
De repente, me tuteó unos meses antes de su muerte.
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« ...el vuelo de las golondrinas de la muralla son siempre imprevisibles ¿pero nunca improbables? »
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