Si el dictador Maduro hubiera ganado las elecciones habría hecho públicas de forma inmediata las actas que certificaban, mesa a mesa, su triunfo. No lo hizo porque el resultado le abofeteaba en pleno rostro. Urdió una estúpida estratagema: enviarlas semanas después, tras su manipulación, al Tribunal Supremo por él controlado.
Varias naciones democráticas le exigen desde el primer día mostrar las actas. Y así lo ha hecho también la oposición de Corina Machado. Quizá no las presentará nunca, tal vez cuando, transcurrido un tiempo que todo lo borra, pueda exhibir unas actas cuidadosamente manipuladas. Según algunas informaciones, expertos chinos están trabajando en la falsificación.
Pero ya nada resultará válido. Las actas publicadas a las 48 horas de las elecciones podían estimarse. Entregadas varios meses después solo serán producto de un fraude más. De un intento de fraude porque los expertos de la oposición caerán sobre ellas y desmenuzarán las trampas.
Fidel Castro se lo dijo a Hugo Chávez: “Tras la caída de la Unión Soviética, el comunismo sólo permanecerá en América si es comunismo con elecciones”. “Pero ¿y si se pierden, comandante?”, preguntó el dirigente venezolano. “Es que no se pierden -contestó Castro-. Si se pierden, se manipulan”.
Lo éticamente correcto para los comunistas es manipular los resultados electorales porque el objetivo sustancial -destruir el capitalismo- está por encima de la moral burguesa.
De nada o de muy poco sirve reclamar las actas. Al no presentarlas a tiempo, el dictador Maduro reconoció su derrota. Y eso es lo que cuenta. Lo que debería contar.