Opinión

¿Estudias o trabajas?

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 16 de septiembre de 2024

Cada día uno se hace esta pregunta, pues por mucho tiempo que pase desde que acabamos los estudios, sospechamos que estos no terminan nunca, de igual manera que el trabajo, si se hace cuesta arriba, tampoco parece acabar. Ni siquiera cuando acaba la jornada laboral. Todo por el escrúpulo de cumplir, que hace un verdadero trabajador de la perfección de su oficio, ya sea barrendero o apoderado de un banco. Como les sucede a muchos artistas y bohemios, el currito sufre con la amonestación, el desliz horario, la distracción cotidiana, porque el jefe espera de él el máximo rigor en lo que hace –severidad que su superior, por cierto, no suele aplicarse–. Además, continuamente, pide pruebas y evalúa a sus subordinados y somete el resultado de sus esfuerzos, sus horas, días, meses y años de vida empleados en un negocio que le es ajeno, a una crítica y supervisión constantes, cada vez más rigurosa. Todos estos procesos del Antiguo régimen, tras la pandemia y la era digital, se han convertido en otra cosa. Pero no tanto.

En España, los mayores de cincuenta años suman más del 35% de la fuerza laboral actualmente, de manera que, aun siendo hombres y mujeres de naturaleza muy fina, porque se corresponden con los babyboomers, que estaban hechos de otra pasta, no comprenden tanta preocupación por la transformación digital, crecidos y madurados en el barullo oficinista del viejo estilo, con sus tira y afloja, sus encuentros y desencuentros y sus romances en los despachos y los pasillos. A los amos del cotarro empresarial, en cambio, les preocupa que su corporación esté en la vanguardia. Y se vuelven todos materialmente locos para buscar el vellocino de oro de la era digital, que es, por supuesto, evanescente y cambiante, como las nuevas herramientas tecnológicas, que traen al personal siempre de cabeza, ya que hay un negocio entre medias de algún amigo o pariente que quiere vender su programa o aplicación, casi siempre endiablada y poco friendly. Por cierto, que he conocido a más de un gilipollas en zapatillas que se le llenaba la boca de estos anglicismos innecesarios y así le subían el sueldo, porque era un “entendido”.

En la economía digital, dicho sea de paso, el precio de estos servicios tecnológicos se ha disparado, porque la bicha de Wuhan aceleró el proceso de la comunicación a distancia y que nos distancia: entre las muchísimas variantes que sufrimos en el trabajo cuando llegó la peste, y que dieron lugar a un verdadero desafío social, las más solicitadas fueron las que se referían a las conexiones online, cámaras, micrófonos y aplicaciones asociadas a todo tipo de software. Igual que sucedió con las vacunas y las mascarillas, una caterva de jetas se lucraron con el big data, que era el mantra de aquellos meses infaustos, la automatización y el uso de bots, que rediseñaron los puesto de trabajo para que, acabado el confinamiento, los jefes reclamasen a sus esclavos que se atasen de nuevo al madrugón, al atasco, a las prisas, a las reuniones, y a la silla. El impacto de la tecnología en la vida de la gente vino de la mano del virus, y ese virus habita en la memoria colectiva entre la productividad de aquellos días y noches en blanco y la calidad del empleo, que más bien dejaba mucho que desear. ¿Era esto la ultramodernidad? Bueno, la frontera entre las horas laborales y de descanso se fue haciendo cada vez más difusa, a favor del empresario, del director de área, del gerente, del jefecillo… Porque solo el 13% de las empresas implantaron la flexibilidad horaria y espacial que todos esperaban y anunciaban. La cabra tira al monte, en la frecuentación de los equipos de trabajo y en la lectura en vertical de los compañeros; me atrevería a decir que hay que rebajar aún bastante esa verticalidad medieval en la empresa, proclamada por los recursos humanos y recogida en pizarrines en forma de árbol para el orgullo de los amos del negocio y sus palafreneros, siempre en la cúspide.

La cultura de la empresa en España es como ese mal necesario, incapaz de alcanzar el justo nivel de justicia social y meritocracia: es mentira que las tecnologías como la realidad aumentada o la visión nocturna se hayan sumado al talento humano para complementarlo. La realidad es que todavía se deben muchos favores, que las puertas giratorias siempre reciben con alfombra roja a algún político que fue otrora benefactor en la regulación de esa empresa y que los presidentes de las grandes corporaciones aún confían demasiado en la inercia de las cosas. Mientras llega el empleado biónico, definido por su ciega obediencia y su capacidad infinita de trabajo, otros preferimos estudiar. Naturalmente.