Opinión

Salud mental

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 18 de septiembre de 2024

La mente, cuando está fuera de contexto, se convierte en un vehículo lo más parecido al troncomovil de los picapiedra tratando de subir a los lagos de Covadonga. Hay algo en esta sociedad que determina el cuándo y el cómo podemos quedarnos sin impulso de la noche a la mañana. Salud mental lo llaman.

En Japón tiene diferentes métodos que, según dicen, hacen el milagro de restablecer la armonía que el propio ser humano precisa para estar a bien consigo mismo. Quizás no todo sea tan fácil teniendo en cuenta que los japoneses son muy dados a la contemplación del florecimiento del cerezo, la ciruela, el melocotón o el albaricoque, cuatro tonalidades que tiñen el paisaje de la mirada interior para tonificar los adentros. Difícil tarea para nosotros los occidentales que de reojo pillamos alguna puesta de sol y a ser posible con un buen vino y un plato de jamón entre manos. Qué tampoco es para despreciarlo.

Ahora bien, debiera preocuparnos el hecho de la cada vez más elevada incidencia que representan los índices de ansiedad y depresión en nuestra sociedad. Con mayor frecuencia personas jóvenes y menos jóvenes se debaten entre la ficción y la realidad de la vida misma. Una decadente convivencia y la falta de autoestima se alinean para absorber gran cantidad de nuestro combustible hasta el límite. No es un tema baladí, ni tan siquiera cabe pensar que se es invulnerable por un exceso de confianza hasta que la ‘criptonita’, esa materia radiactiva tan ficticia como invisible, te contamina y te retuerce como persona.

No es comparable ni la cultura ni la metodología entre occidente y el país del sol naciente, entre otras razones porque la forma de vida en Japón gira muchas veces en torno al ecologismo, y es que allí los recursos son sagrados. No se desperdicia comida, ni agua, ni dinero ni se ensucian las calles. El nivel de civismo es excepcional, algo que en el resto del mundo deberíamos imitar. Las tradiciones son sagradas y resulta difícil, por no decir imposible, llegar allí tratando de implementar credos o filosofías ajenas a las suyas. El respeto como símbolo de convivencia o en su defecto la conciliación con el yo interior consigue que la familia se guarde en su particular arcadia.

Este ejemplo, sobre todo teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad altamente competitiva e incluso desestructurada en sus grandes pilares, nos puede ayudar a desprendernos de parte de nuestros erróneos hábitos sin menoscabo de intentar comprender que la vida es un asco si no se corrigen ciertas disciplinas. A pesar de todo, los japoneses, aun ofreciéndonos ese idílico formato resulta que tienen un alto porcentaje de soledad con elevada tendencia a la tristeza y por consiguiente a los estados depresivos. De ahí que el gobierno nipón haya creado una ley contra la soledad como medida prioritaria.

Llegados a este punto cabe entender que el ser humano se guarda mucho de sí mismo y cuanto mejor es peor a resultas de pretender poseerlo todo al precio de nunca ser suficiente. Mucho que ver en ello lo tiene esa manía de compararnos con otros. “La comparación es el ladrón de la alegría” solía decir Theodore Roosevelt. Es posible que toda aspiración resulte loable en el marco de la humildad cuando el éxito se alcanza sin ruidos ni estridencias, pues no existe mérito sin ayuda de terceros y quienes así lo nieguen carecen de incentivo para mantenerse en el sosiego de la virtud. No somos más que simple materia ocupando un espacio finito y de nosotros depende ser compañía o soledad.

Dejar de compararnos, por tanto, es una medida que podemos tomar para mejorar nuestra salud mental; así pues, no traicionen a su ego, pero tampoco trafiquen con su vanidad. En esta ecuación se encierra buena parte de la melatonina que nos impulsa a capitalizar nuestras propias fortalezas.

Entonces ustedes se preguntarán –y con mucha razón- hacia dónde nos conduce todo este mi encomio de hoy. ¿Tal vez a justificar lo injustificable? No. ¿A dar lecciones de conducta moral? Tampoco. Y sin pretender que cada uno de nosotros regresemos a los orígenes de la civilización, llego a la conclusión de que la clave no es la soledad objetiva (vivir solo), sino sentirse solo. Y es ahí donde nuestra labor radica en fabricar buen rollo a nuestro alrededor. Les aseguro que merece la pena.