Opinión

La desigualdad: asignatura eternamente pendiente

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 24 de septiembre de 2024

El Estado del bienestar, que define aquellos países que se significan por su salud y su educación, se ha basado desde tiempo inmemorial en la desigualdad social. Y solo sintiendo esta conflagración de la bolsa o la vida, nuestra existencia se sentirá plena de cierta certeza, y nos fortalecerá en nuestras convicciones económicas. Gobiernos, bancos, corporaciones tecnológicas, multinacionales y fondos buitre dominan el eje metálico, vil metal, sobre el que pivotan nuestras vidas. Querer la igualdad social como una base ideológica sólida es una vana entelequia: los amos del mundo son los que son, pero conocerlos, sin las distracciones propagandísticas de la política, puede ofrecernos alguna firmeza, aunque sea íntima, secreta y, sobre todo, sustentadora. Un reciente estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Perspectivas sociales y del empleo en el mundo: septiembre 2024, asegura que los trabajadores siguen perdiendo terreno en todo el planeta.

Los tan carareados Objetivos del Desarrollo Sostenible para 2023 –acabar con la pobreza extrema, reducir la desigualdad, promover un trabajo digno, etc. – se refundan en uno: somos paupérrimos, el 40% de la disminución del bolsillo del ciudadano que se ha observado en las últimas dos décadas ha ocurrido durante los años de la pandemia y subsiguientes. Aunque por unos momentos hayamos estado tentados de perdernos en los números de la palabrería propagandística, en los números exorbitantes de la senda de la recuperación, la realidad tozuda y contundente llega en forma de otro informe, esta vez del INE y de la estadística de la Contabilidad Nacional de España. En los últimos seis años, las rentas de los asalariados han alcanzado el 48,2% de la renta total, por debajo de la mitad, una cifra bastante baja si nos comparamos con Luxemburgo, Irlanda, Suiza, Noruega, Islandia y Dinamarca, donde mucho más de la mitad de la renta total de sus países proviene de los sueldos que generan.

Tranquilidad, frotémonos las manos y estiremos las piernas, nos dicen, porque España –oh, sí– puede financiar su deuda a precios más bajos que otros países como Italia o el Reino Unido. Nosotros somos todos los desiguales, somos el desigual y sin elegía hay que contar el nivel económico que tenemos entre las familias por aquí. Lo que vuelve pequeña esa idea del fuerte crecimiento, el mayor consumo y otras noticias elaboradas como se elabora un buen pastel con sorpresa desagradable dentro, con ese sentido de desprecio –demasiado conocido ya– por las vidas pequeñas que representa. Funcas ha publicado estos días el dossier Focus on Spanish Society, que asegura que tener hijos en nuestro país es un factor de riesgo de pobreza. Solo estamos por delante de Rumanía (19,8%), Bulgaria (18%), Grecia (13,5%) y Hungría (10,4%), donde sus paisanos padecen carencias más severa que en España; y en nuestro país, la proporción de personas que no pueden permitirse cubrir las necesidades básicas aumentó del 7,7% al 9% entre 2022 y 2023.

Pero todo va bien, seguimos creciendo (en estupidez). No seamos inocentes. Porque la pobreza es lo permanente, lo que va en nuestro hueso, lo que nos sostiene, lo que tiene más dura personalidad. Y la desigualdad es la verdadera política que impulsan los que mandan, más allá de la subida del salario mínimo, que sigue siendo sonrojante: 1.134 euros. Hagámonos acompañar de los países mejores y no nos hagamos trampas al solitario. Id por vuestro sueldo digno sin miedo al ridículo, porque ese miedo vuestro no podéis figuraros el amasamiento repugnante de dinero que va a parar las mismas manos, a los de siempre. Quienes, sin necesidad de mataros, van a alimentaros eternamente con vuestra pobreza. Es la compañía prescrita, la asignatura deliberadamente pendiente, la justicia social intencionadamente pospuesta.