Opinión

Un día cualquiera

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 25 de septiembre de 2024

A estas alturas decir que la especie humana se encuentra en el climaterio de su existencia, es poco menos que le tomen a uno por exagerado; sin embargo, la pinza que sujeta nuestra parte más racional se ha desprendido y con ello la capacidad de entendimiento.

Un hombre de edad avanzada, amable, elegante y aseado cedió a la chica el turno para subir al autobús. Ella le tachó de machista y engreído. No contenta con ello soltó una retahíla de improperios acerca del feminismo, de los hombres del Pleistoceno, de las miradas lascivas, los pensamientos impuros e incluso del coste tan elevado que supone a la sociedad el tener que sufragar las pensiones a los «viejos pasivos». Ni que decir tiene que el autobús se convirtió en un mercado persa.

La chica en cuestión asentó sus posaderas en uno de esos asientos reservados para situaciones excepcionales, ya saben, personas del género humano confiadas en el respeto y las buenas formas de los demás. La cuestión derivó en un totum revolutum cuya bisectriz dividió a los viajeros en dos porciones ampliamente desiguales. La cosa empeoró cuando en una de las paradas accedió una mujer notablemente embarazada. La feminista discordante ni se inmutó. No cedió el asiento, lo que motivó la repulsa del resto.

Llegado a este punto las palabras comenzaron a ser azotadas por la grosería dando paso a lenguas desconocidas cargadas de alto arrebato verbal. El conductor detuvo el autobús en sintonía con el deber cívico llamando a la calma y a la policía, pues las reglas de lo cotidiano comenzaban a dar señales culpando a Pedro Sánchez de esta crispación. Allí no faltó ni el sermón moral de una señora entrada en misas para hacer valer que lo mejor era rezar alguna oración de primeros auxilios. Otra buena mujer increpaba a unos y a otras que por culpa del altercado llegaría tarde a su cita con la Seguridad Social: – ¡Tres meses para una radiografía y ahora esto! De igual manera se manifestaba un recién llegado a la capital - ¡En la aldea uno vive más tranquilo, sin lujos, pero con tiempo para pasear y divertirse con los amigos, aquí en la capital a ustedes se les pasa el tiempo en pleitos y negocios! -¡Con Franco esto no pasaba!- bisbiseó uno de los presentes.

Llegada la policía la cosa atemperó, no por ánimos menos avinagrados sino por la docente intervención de la autoridad: -Señoras y señores, ¿Qué pasaría si todos en este mundo se comportaran igual que ustedes? Y ahí los decibelios se lo tomaron como un cumplido, pues la algarada rompió en gallarda sonoridad. -¡Calma, por favor! –gritaron los agentes. La señora de la cita médica hizo valer lo de su radiografía de pelvis y hubo consenso para dejarla marchar. Eso sí, bajo la condición de no abandonar el país. Cosa que nadie entendió. La mujer de los rezos no quiso ser diferente y argumentó que llegaba tarde a misa de 12 en San Ginés, pero no pudo ser.

Allí salió a relucir hasta el mismísimo Marlaska por aquello de lo abandonado que tiene a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado e incluso hubo quienes airearon la nueva consigna del Gobierno: «Blanco y en botella» que tanto uso le vienen dando los ministros Bolaños y Oscar Puente para sortear las falacias de rigor. Y como en toda sesión de control al uso salió a relucir el abusivo precio de la cesta de la compra y que España, con una tasa del 28,9 % de pobreza infantil, la más alta de la Unión Europea, según la UNICEF, necesita urgentemente acabar con el hambre invisible. -¡Eso sí es un ‘Blanco y en botella’, señores y señoras del Gobierno! –gritaron desde la bancada trasera del autobús.

Y en el fragor de la causa se alzó la voz de la no sororidad. La mujer ampliamente embarazada se despachó con un afarolado dirigido a la chica discordante: “Que sepas que el feminismo extremo ha creado tal micromachismo que está haciendo desaparecer la buena educación y el respeto para con nosotras las mujeres. Tengo la percepción de que a los hombres se les están hinchando las pelotas porque se sienten menospreciados todo el tiempo. Hoy por ser amables, educados o correctos con las mujeres se les puede denunciar incluso sin derecho a la presunción de inocencia. Lamento decir que no se nace mujer, se llega a serlo, es más, solo cuando nos damos cuenta de hasta qué punto la sociedad crea un estereotipo de la mujer, entendemos en qué medida cedemos y lo protegemos”.

En fin, cosas de un día cualquiera.