Opinión

México: de presidente a presidenta, con una oposición autoaniquilada

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 25 de septiembre de 2024

El próximo martes 1 de octubre terminará su período presidencial de 6 años el activista político Andrés Manuel López Obrador y en su lugar quedará por primera vez en la historia de México una mujer, la doctora en física Claudia Sheinbaum Pardo, luego de una contundente victoria del partido en el gobierno con 60% de votos que no se había visto desde 1982 y la mayoría calificada de dos terceras partes de las dos cámaras legislativas.

Aquí se encuentra el primer indicio que ha causado preocupación y regocijo en la clase política: México entró a una zona de redistribución del poder en 1988, en 2000 cambio de partido en la presidencia luego de 71 años de dominio absoluto del PRI, permitió el regreso del PRI en 2012, pero tuvo que aceptar la derrota contundente en 2018 ante el candidato opositor López Obrador, con un partido fundado apenas en 2014.

López Obrador ha demostrado en los hechos que México nunca tuvo una transición a la democracia, sino que la victoria opositora del 2000 y 2018 se debió solo a la modernización del sistema electoral que respetó el voto ciudadano y benefició a la oposición. Pero se trató nada más de lo que el politólogo Mauricio Merino caracterizó como transición “votada”, es decir, no hubo ningún acuerdo de desmantelamiento del viejo régimen priista y ahora se están pagando las consecuencias.

La estructura del poder en México se puede presentar como un cuadrado con cuatro vértices: el sistema político, el régimen de gobierno, el Estado de bienestar y la Constitución. La última retórica de la oposición intelectual ha tratado de vender la idea de la democracia constitucional, un concepto válido pero imposible de aplicar en México porque la Constitución vigente se redactó en 1917 y a la fecha ha tenido más de 750 reformas que dejaron el texto original en una verdadera caricatura modelo Frankenstein.

La presidenta Sheinbaum, en el viejo modelo priista de sucesión presidencial heredada, surgió de un proceso de selección de candidatos controlado de manera estricta por el presidente saliente, una de las características del viejo presidencialismo autoritario del PRI. El poder presidencial en México se mide por la capacidad del presidente saliente de seleccionar por razones personales a su sucesor, una tradición que se cumplió en los 71 años del PRI, que Peña Nieto logró pero no pudo hacer ganar a su candidato en 2018 y que López Obrador ha magnificado como Morena surgido de las cenizas del viejo PRI; el PAN estuvo dos sexenios en la presidencia y los presidentes salientes no pudieron designar a sus sucesores.

Las prácticas políticas mexicanas se han mantenido con el PRI, con el PAN y ahora con Morena, lo cual estará revelando que México no pasó por un acuerdo de reorganización del aparato del poder ni de reconocimiento de los nuevos grupos dominantes. Y como para demostrar su poder rumbo a la puerta de salida y dejar el mensaje de que le será suficiente para seguir mandando después de que entregue la simbólica banda presidencial a su sucesora, López Obrador ha traído a la presidenta electa Sheinbaum pegada como arete en todas las actividades presidenciales de los casi últimos dos meses y la próxima presidenta arrancará sugestión con la carga política y emocional de un presidente que gobernó hasta el último segundo de su periodo constitucional.

Esta es una de las características que están revelando que México no hubo transición. Otra también está vigente: López Obrador impulsó durante su gobierno una reorganización constitucional del Estado mexicano para regresarlo a la centralidad del poder que tuvo hasta 1988 y que el presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) le cedió el dominio económico, político y social al mercado neoliberal.