Cultura

Poemas desde la cárcel: Jailhouse Rock, de Jorge Barco Ingelmo

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 26 de septiembre de 2024

Parece que todo ha sido ya expresado en la escritura y desde sus distintos puntos de vista. Una afirmación que nunca es cierta del todo, pues mientras haya diferentes personas con distintas personalidades y con diversas experiencias, habrá creación dispar y nueva. Ello no quiere decir que lo “original” sea posible en la creación artística, pues en el sentido etimológico de la palabra resulta imposible engendrar una obra de la nada. Todo nos influye en mayor o menor medida y deja en cualquier creación sus impurezas, que no lo son tal; dichos posos serán más bien partículas enriquecedoras para el producto total. Las referencias previas que han ido moldeando nuestra cultura, que nos han ido conformando espiritualmente, pueden brotar de forma consciente o inconsciente en las obras literarias. Inevitablemente están ahí, incluso en el estilo “propio” y “personal”.

¿Puede escribirse algo nuevo, original? Siendo inflexibles, taxativos o literales —cuadriculados, en suma— en cuanto a lo que “original” implica en su génesis como término, la respuesta es no. ¿Puede escribirse sin embargo algo innovador? La respuesta es sí. Y más cuando el género literario al que nos referimos es el poético. Lo he explicado en distintos textos y lo seguiré defendiendo: la poesía es la escritura más libre que conocemos. Despojada de otros corsés limitantes como pueden tener la novela, el cuento, el relato, el ensayo o el libreto cinematográfico o escénico. No le debe nada a nadie. Es totalmente independiente. Esa libertad se extiende también al lector, si bien es verdad que debe de mostrar cierta predisposición para enfrentarse a los textos poéticos. No todo van a ser facilidades. Tal vez por eso he dedicado mayor tiempo a las lecturas de obras poéticas respecto a otros géneros. Los retos creativos siempre me resultaron estimulantes.

El último libro en caer en mis manos de este tipo ha sido Jailhouse Rock. Escrito por Jorge Barco Ingelmo (1977) y publicado por el sello Isla Elefante, ha visto la luz en este 2024. La presentación del mismo, por parte de su autor, tuvo lugar el pasado 21 de septiembre en la librería Letras Corsarias de Salamanca, lugar natal del escritor. Haciendo un juego con lo antes planteado, no será tampoco esta reseña la primera o la originaria de muchas que vendrán sobre Jailhouse Rock. Tras ésta, que no es sino una más de las que ya están saliendo publicadas —bien merecidas como veremos—, vendrán otras muchas. Y es que este poemario sabe trazar nuevos caminos desde los ya conocidos, quedándose con lo mejor de cada uno para seguir hacia delante. Barco Ingelmo demuestra que el caminante puede continuar su recorrido, que hay más allá de lo ya caminado. Y disculpen por este discurso tan machadiano.

En esa exhibición de referencias previas con las que armar el discurso propio, el poeta nos informa ya con el título de sus afinidades electivas. Ese Jailhouse Rock remite inevitablemente al hit de Elvis Presley que tanta fama le otorgó —incluyendo la película homónima de Richard Thorpe (1957), cuya escena emblemática se considera el primer videoclip de la historia— y que en la cultura hispanohablante recibió su propia versión de la mano de la agrupación musical mexicana Los Teen Tops (1959), con Enrique Guzmán como miembro sobresaliente. A su vez, ese “rock de la cárcel” nos da una pista de “por dónde van los tiros” poéticos. Y es que el libro tiene como génesis la experiencia de Blanco Ingelmo como funcionario de prisiones. Que un servidor recuerde o sepa, hasta la fecha no había visto la luz un libro de poesía escrito por un autor con este oficio. Existen libros escritos desde la cárcel —empezando por nuestro Don Quijote de la Mancha (1605)—, cuadros pintados escogiéndose el tema carcelario —La ronda de los presos de Vincent van Gogh (1890) o música con la prisión como fondo —el caso de la de Elvis, o volviendo a nuestra tierra, el Soy un pobre preso (inmortalizado primero por Angelillo y después por Antonio Molina)—. Películas carcelarias las hay y muy buenas —por ejemplo, las inspiradas en textos de Stephen King y dirigidas por Frank Darabont: Cadena perpetua (1994) y La milla verde (1999). No obstante, no se conocen poemarios escritos por funcionarios de prisiones. Sin duda, una óptica bien particular por cuanto pone la atención en un ámbito en parte ignorado por la sociedad, bien debido al desconocimiento o al rechazo que puede generar —lo primero conducirá probablemente a lo segundo—. Sin duda se puede tratar de un tema escabroso, pues hace alusión a una parte de la sociedad condenada por rechazada y marginal, con o sin razón. En cualquier caso, resulta más que necesaria esa voz poética que a su vez dé voz a esas otras voces apagadas por la veladura sombría de su condición. Su segundo poema es claro: “Permíteme contarte aquello que no has visto, / de lo que fueron testigos mis ojos. / Hay quien vive todo el año en una celda, / dos personas, dos literas, un váter, ducha, / dos baldas, una mesa, todo junto, // y salen a un patio cuando les dejan, y pueden volver a su celda a descansar / o a por algo que se les haya olvidado / solo cuando les dejan. // Nunca has pensado en ellos, / hasta ahora”.

Barco Ingelmo hace uso de un lenguaje directo y cercano sin dejar de resultar lírico. Un realismo próximo al “sucio” pero sin excesos, sí de contrastes o retumbares que sirven para hacernos despertar del acomodamiento, de la protección que da el no saber y que evita el dolor de la lucidez. En esta prisión poética están representados los distintos desheredados: los tendentes al desequilibrio mental, los asesinos y los ladrones, los obsesos sexuales o los potenciales suicidas. Todos y cada uno tratados con el rigor que merecen, en ocasiones acercándonos su personalidad, haciéndola más humana ante los ojos ajenos por externos. En ocasiones la dureza cotidiana ha de transformarse en humor e ironía para hacerse más llevadera, tanto para aquellos a quien está vedada la libertad debiendo permanecer entre los muros de la cárcel, como para quienes deben convivir a su lado como parte de su oficio, como es el caso del autor. Él mismo nos acerca su postura a la vez que la de los demás, liberando nuestras mentes de prejuicios. Y es que las cosas no son siempre lo que parecen: “Con el loco nada tiene sentido. / Se agacha a cada paso y acaricia la hierba. […] / Saca del bolsillo varios bollos de pan. […] / Los posa con cuidado sobre el césped. […] / Se los queda mirando muy quieto y yo al loco / mientras pienso que sus actos carecen de sentido. // Entonces empiezan a llegar los pájaros”.

Porque paradójicamente, sin ser presos, hemos vivido una época confinados: “Cómo encerrar al que vive encerrado. // A todas horas la televisión habla de cifras, / de contagios y de muertos. // Los funcionarios llevan mascarilla / y casi no se acercan a los presos / para evitar contagiarles. // Se han suspendido todas las visitas. / Un preso, cualquier preso, cada día, dice: / - Don, la que hay liada ahí fuera”. ¿Quién será entonces el encarcelado?

La duda, la metamorfosis de prejuicios históricos por juicios personales llevan incluso a que el narrador-funcionario de prisión se puede interesar por la historia de un prisionero histórico de aquella cárcel en la que actualmente trabaja en Burgos, Marcos Ana, y por el que en su momento ningún responsable de allí se interesó; actualmente parece que pocos saben de su noticia. Él también fue poeta y escribió desde prisión —su triste hito fue ser el preso político que más años permaneció en las cárceles durante el franquismo—, por lo que podríamos sumar su ejemplo al de los anteriormente expuestos: “Me quedo solo, no solo, / contigo, Marcos Ana, justo hoy que te has muerto. / En el centro del Patio General alguien / (me han dicho que el cura), / sin que presos ni funcionarios sepan por qué, / ha colocado una rosa”.

Se observa, por este poema y otros del libro, la intención del poeta de sorprender al lector con un final inesperado. Tanto desde la seriedad como desde el humor. En este segundo caso, como ya hemos referido antes, la vena irónica se hace patente en este autor como signo característico para hacer más soportable el tono dramático que inunda su ambiente. Es un claro ejemplo el poema Demandadero, donde el narrador consigue encontrar a una persona a su cargo con la que compartir tareas y que se muestre sonriente y atento a sus palabras. Algo que finalmente rompe con una frase dicha por éste personaje en tono amable: “- No hablo español”. También se hace patente dicho contraste en un apartado que alterna, como en un diálogo, fragmentos de la voz de un famoso escritor español que considera “escandaloso” no poder enviar en un paquete uno de sus libros a un preso de una cárcel —siendo éste devuelto con una anotación en el sobre: “Contiene objetos no permitidos”— con fragmentos de noticias en medios que tratan de paquetes bomba dirigidos a funcionarios de prisiones, y cuyo último segmento dice así: “El paquete estaba montado en el interior de un libro y compuesto por 200 gramos de explosivo plástico”.

Por todo ello y por mucho más —y pidiendo perdón por posibles spoilers—, debemos a Jailhouse Rock el mérito de dar un nuevo paso en ese caminar literario, demostrando que la literatura puede permanecer viva siempre que se camine por los senderos habilitados para ello. Caminar en este caso sin muros desde un ámbito de cautiverio. Paradójico, ¿no?