Opinión

Mario Draghi y los políticamente correctos

TRIBUNA

Javier de la Vega | Jueves 26 de septiembre de 2024

Bastante poco se ha hablado en España del informe Draghi, “El futuro de la competitividad europea, atribuible a que aquí estamos más preocupados por las andanzas y desventuras del clan Sánchez-Gómez-Koldo-Puigdemont que por las cosas que de verdad deberían importarnos.

Y si no nos interesan, todo sea dicho, tampoco es porque seamos los europeos más despegados del continente, que ya está bien de seguir con el cansino Spain is different, sino porque en realidad, al europeo medio (o lo que queda de él), Europa y sus cientos de miles de chupatintas circulando con fingido frenesí entre comités, reuniones, plenos y grupos de trabajo no le interesan lo más mínimo, y si llega a pensar en ellos, concluye que son unos espabilaos que llegaron antes al cotarro. Mala suerte, como mucho.

El indudablemente prestigioso Mario Draghi, cuya cabeza ya la quisiéramos aquí para reemplazar él solito a 22 ministros de poco papel y mucha cartera, personalmente me ha dejado más frío que esperanzado. Y tras leerme las 65 páginas de un meritorio informe que certifica el deceso del inquilino del cementerio, debo reconocer que este hombre ha conseguido quedar bien absolutamente con todo el mundo.

El otrora presidente del Banco Central Europeo, ex primer ministro de Italia y numerosos cargos privados más, diseña un mundo ideal para Europa que, seguramente sin pretenderlo, nos indica lo que podríamos haber sido de haber calado más el entusiasmo europeo (aquellos euroentusiastas de los años noventa) entre la moribunda clase media, aquella que fue el verdadero motor económico y vertebrador de Europa desde la II Guerra Mundial.

Don Mario desea y anima a crear una Europa tecnologizada, donde desde el agricultor o ganadero de siempre hasta el pensionista, pasando por el pequeño comerciante, fabricante o autónomo utilice la inteligencia artificial, desempeñe su actividad u ocio totalmente descarbonizado (que para eso estamos a la cabeza de las energías limpias y verdes), y para el cual, el estado de bienestar, con toda su ineficacia y grandes dosis de políticas de inclusión, debe darle ese apoyo y cariño por si enferma en el intento de lograrlo.

Y como él mismo intuye que ya es tarde para lograrlo, el señor Draghi sugiere que sea el Estado quien le acompañe, no vaya a ser que la empresa que malvive creada por su bisabuelo haya llegado hasta hoy por casualidad, y porque no se nos había ocurrido antes que para vender tu producto hace falta que te dejen trabajar tranquilo, y sin un ministro o ministra de turno que hace aquelarres por las noches para ver cómo machaca al personal. Todo ello en pro de la sostenibilidad y resiliencia, no vaya usted a pensar mal, que ya le veo.

Lo que no perdono a Draghi es que ponga como ejemplo a China, con sus políticas de subvenciones a la empresa y la implicación de los poderes públicos en la internacionalización de su industria. ¿de verdad que tras 2000 años de ir construyendo en Europa un modelo de humanismo, respeto a los derechos humanos, valores y arquitectura del sistema de vida más difundido en la historia, tenemos que copiar precisamente al país (me da igual que de los dos o veintisiete sistemas) que mantiene a día de hoy campos de concentración para los disidentes (o nuevos herejes), aduciendo además que la colaboración comercial con ellos y sus tecnologías nos convertirán en felices y tecnológicos europeos, orgullosos de emitir poco CO₂ en nuestros coches y fábricas?

Tiene razón el afamado político y dirigente en una cosa: sobra regulación en Europa. Con datos y estadísticas comparadas concluye que en la UE cuesta el triple tener una idea y ponerla en práctica, y que por eso en EE. UU. la renta familiar disponible se ha duplicado en 24 años respecto de la nuestra. A pesar del wokismo y toda la basura de reciente cuño que también nos llega de allí.

Sabor agridulce. Es lo que me deja el informe Draghi. Y lo que más me temo: para llegar al modelo que él pregona, tengo muy claro que los euroburócratas necesitan a tipos como Sánchez, Macron y otros de ínfimo calado intelectual pero sobrados de ambiciones. Y quizá no es descabellado pensar que esta nueva clase de políticos, que reinterpretan la democracia, sin apoyos, con desprecio a los mecanismos tradicionales del Estado de derecho no son del todo mal vistos por Bruselas. Pensemos que pueden ser un eslabón necesario.

Me temo que sólo nos queda que los jóvenes abran los ojos y alcen la voz.