Opinión

Mr. Handsome

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Martes 01 de octubre de 2024

Está el mundo para mear y no echar gota, por decirlo en un estilo que entenderán los destinatarios de esta sumaria diatriba. El pichón manchego, embutido en sus coloridos atavíos de gran estrella del séptimo arte, llama Sr. Guapo al presidente, como si estuviera tratando con un chulazo de traje cruzado y caminar de bailarín decadente. El manchego es contrafigura del mito hispánico y va por el mundo aparejando entuertos y disponiendo felonías.

Dejando a un lado estómagos agradecidos, pasamos al capítulo de las cabecitas locas: los voceros tonantes del gobierno se alinean con el antihispanismo táctico de Sheinbaum para decir que la monarquía tiene responsabilidad en no sé qué conquista. El español que Andrés Manuel lleva dentro y el espejo le devuelve con la precisión del mejor retratista, tiene salidas que no veíamos desde las cositas de Arzalluz. Otro españolazo de casta que no podía mirarse al espejo porque veía a un hidalgo de los de adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Hidalgo invertido, sin duda, entrado en kilos y tomado de resentimiento, pero de barbilla elevada y actitud retadora.

Cuesta tan poco despreciar u ofender a esta España mía, esta España nuestra, que no acredita valor alguno. Otra cosa sería que Sheinbaum se orientara hacia el norte y rechazara a Kamala o, antes de que alcance la presidencia, al candidato Trump. Si es presidente no sólo no habrá reproche, sino la más sumisa pleitesía. Es que del norte anglosajón y protestante la respuesta es ya bien conocida.

La Sra. Montero alza la voz – acordándose del Sáhara – para clamar contra la dictadura de Marruecos, que parece tener cogido por Pegaso a los príncipes de Handsome, señores con mando en plaza y premio de Hathaway. Se hace luz de gas de la muchedumbre de los embelesados, pero hay que ver cómo luce – glamur y brillantina – el galán de la Moncloa su terno oscuro con su ademán reguapo de Narciso enamorado. Debiera cuidar Montero esa defensa del saharaui no vaya a ser que se deslice hacia algún extremo inesperado.

Son los días del olvido y nos piden que hagamos memoria. Hemos olvidado el brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco y se nos cruza la sonrisa sardónica cuando se declaran prescritos crímenes recientes, pero se exhuman cadáveres de hace cien años. Bien está dar tierra de modo adecuado a nuestros muertos de hace un siglo, pero hay que asumir con el corazón en un puño que los asesinos recientes fijen las leyes y dicten desde el pedestal los principios de lo bueno y de lo malo. Son los signos de la derrota. ¡Es tan fácil escupir sobre esta España mía, esta España nuestra!

Los que en México le pintan la cara a Vasconcelos como aquí los grandes señoritos de la Cultura – plásticos y estridentes – los que proclaman su odio desde el micrófono y la cátedra, los que ocupan el pedestal del gran poder y – pululación de larvas – abren abismos entre los débiles: ¿merecerán alguna vez una respuesta unívoca y clara?

Ese México clásico y civilizado, como una Roma americana ¿quiere ser el surtidor de energía del gran Cazador con algo de Washington y cuatro de Nemrod? Es más fácil, sin duda, renunciar a su aspiración universal y despreciar a este rincón peninsular hace tiempo colonizado, ofreciéndose a una colaboración bien pagada con la potencia industrial y moderna, liberal y polícroma del amo del norte.

Aquí hace mucho que nos gobierna Mr. Handsome y nos dirige Almodóvar. ¿A quién creen ofender? Ignoramos el Sahara y son legión los que no saben dónde está México. Aquí hace tiempo que olvidamos qué era eso que llamábamos España.