Opinión

El otro derbi

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 02 de octubre de 2024

Mi carrera futbolística nunca estuvo bien vista por ningún ojeador de relumbre. En mi haber un par de remates de cabeza con poco éxito, sin duda achacable a mi precoz alopecia. Colgué las botas y opté por encontrar mi camino ante la vida. Sin embargo, como quien tuvo retuvo, uno se hace de un equipo de fútbol por aquello de ser de algo y hasta la fecha me declaro madridista, que no es peyorativo de nada y hacia nadie, lo que sucede es que en el mundo del arte al color blanco se le relaciona con la paz y la tranquilidad. Y eso va con mi carácter. A pesar de todo presumo de tener buenos amigos seguidores del Atlético de Madrid, incluso antimadridistas confesos, que no por ello desvirtúa un ápice nuestra hermandad ni el buen rollo entre nosotros.

La mayoría de edad suele estar ligada al sentido común dentro y fuera de los estadios de fútbol y lo importante es no dejarse llevar por esas descargas de adrenalina que conducen al paroxismo y a las peores reacciones de ciertos energúmenos. Para la mayoría puede ser un bálsamo, mientras que para un reducido grupo representa la nulidad de actuaciones como seres racionales; lo cual dice muy poco de la evolución terrenal del homo sapiens.

El bochornoso episodio contemplado en el derbi entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid, ofrece la enésima realidad de las flaquezas del club rojiblanco con los ultras que cohabitan en las gradas del Metropolitano, merced a una dispensa casi papal de quienes así lo toleran. Por suerte es un grupo que no forma parte de la buena fe de la inmensa mayoría de la afición atlética.

El Atlético debe atreverse a limpiar su campo de ultras. Lo sucedido es gravísimo desde el mismo instante en que se permite el acceso al estadio a gente encapuchada con claros síntomas de alterar el orden de lo que un partido de fútbol, por mucho derbi y mucha alineación de planetas siderales se dieran cita sobre el césped, podía interpretarse como algo más que un entretenimiento balompédico. Lo peor vino después cuando el entrenador y el capitán del Atlético de Madrid equipararon ante los micrófonos al agresor con el agredido, al afirmar que “hay que sancionar a los que lanzan y a los que provocan” refiriéndose a Thibaut Courtois, hoy portero del Real Madrid, otrora cancerbero rojiblanco. Mucha tibieza en esta aseveración con gran dosis de falsa deportividad por parte de Koke y de Simeone incapaces de condenar los cánticos de ¡Courtois, muérete! coreados desde el primer minuto de juego por parte de la grada causante del lanzamiento de diversos objetos y mecheros e incluso alguna botella. Instante en el que el árbitro decidió parar el partido.

Uno de los aspectos que no entiendo de este deporte, como aficionado, es la necesidad que tienen algunos de ir a los campos de fútbol a tirar cosas bajo la excusa de protestar, casi seguro por una baja autoestima o por un desengaño amoroso, sin descartar que una anemia ferritina elevada suele traer causa de un desarrollo lento del cerebro y de ahí el desahogo interior como medida de salvación. Y todo por contemplar un deporte que, repito, consiste en dar patadas a un esférico que ni siente ni padece. Increíble que una cosa tan frígida como lo es un balón de fútbol pueda ser el detonante de algo tan peligroso y reprochable.

Las imágenes presenciadas avergüenzan al fútbol español y vuelven a poner el foco sobre la injustificada violencia que aún reside en el Metropolitano. No hay excusa ni puede haberla, pues lejos de las inclinaciones afectivas como aficionado de este o de cualquier otro club lo que se sustancia es lo que se transmite hacia todos los rincones del planeta.

Un lastre cuya solución debe hacerse desde los ejemplos que otros tuvieron la valentía de dar con la tecla como lo fue en el caso del Real Madrid o el Barcelona.