Opinión

Postmodernidad y positivismo

TRIBUNA

Gabriel Albendea | Viernes 04 de octubre de 2024

El teórico de la postmodernidad es un vástago más del positivismo. Eliminado el sujeto, nada puede reivindicar ya si no es esa complacencia de consumidor-robot de mercancías, cuya reproducción alimenta la eternidad del sistema. Desideologizado y manipulado, recuperado por las estrategias del poder, convertido en vocero de sus excelencias, cómplice de sus estafas, animador de sus farsas o plañidera de sus desventuras, el sujeto crítico, aunque el poder sigue gritando que existe y es motivo de sus desvelos, se ha convertido en intelectual orgánico, de la organización política. Por su parte, el obrero, antiguo sujeto revolucionario, se ha disuelto en aspirante a político burgués, enquistado en los gobiernos, y el estudiante, no hace mucho tiempo candidato a encaramarse al podio de la rebelión, se ha hecho opositor a pieza importante de la maquinaria. El fatalismo se adueña de las buenas voluntades y se declara anticuado y de mal gusto todo lo que no sea darle ese empujoncito más al ídolo de barro: el sujeto. Para ello valen toda clase de conceptualizaciones, si de argot académico mejor, de los desperdicios de su cadáver, mientras el sistema se frota las manos viendo el campo libre para el juego de la producción, y también con esa melancolía fin de siglo prolongada que llora lo irremediable. Si no hay recetas mágicas que nos salven, grandes relatos que fundamenten el yo, démonos sin más a explicar su destrucción, porque ello nos hará sepultureros célebres. Al fin y al cabo, el intelectual postmoderno, que desorganiza la voluntad personal y colectiva con sus lamentaciones conceptualizadas, es también el intelectual orgánico que desde su negación organiza el sistema. El intelectual debe reivindicar el saber crítico frente al dogmático. Pero esta crítica pasa necesariamente hoy por la crítica del sistema. La racionalidad instrumental del racionalismo crítico de Popper y sus sucesores no ataca el sistema, sino que se integra en él. Como presupuestos de una verdadera liberación M. Serres ha anotado: “primero, la comprensión y el escepticismo que aseguran que las creencias impuestas por el sistema planificador serán sometidas a duda sistemática; y segundo, un pluralismo político que proclame las ideas y los objetivos de los que en el terreno intelectual eligen quedarse fuera del sistema planificador”.

F.Lyotard, en La Condición posmoderna, rechaza una de las alternativas entre funcionalismo y criticismo, pero su rechazo no va acompañado de una posición clara, sino que consiste en dejarse llevar por la comprensión de los hechos, de acuerdo con un positivismo que parecía denunciar. Su medio de acercamiento a lo social es el de los juegos de lenguaje, que incluye la agonística. Pero tal agonística no deja de ser un momento del juego. Sin embargo, para el sujeto real, sobre todo para los sujetos del tercer mundo, esa agonística es más que un juego de lenguaje. Lyotard reconoce que “los mensajes no comunican sólo información, que reducirlos a esa función privilegia indebidamente el interés del sistema, pues es la máquina cibernética la que funciona con información, pero los objetivos que se han propuesto al programarla proceden de enunciados prescriptivos y valorativos que la máquina no corrige, por ejemplo, la maximalización de sus actuaciones. Pero ¿cómo garantizar que éste sea el mejor objetivo para el sistema social?” Efectivamente, la maximalización de las actuaciones es un criterio que la máquina no determina. Si se habla de eficacia tiene que serlo en sentido determinado, de acuerdo a una jerarquía de prioridades en el sistema de las necesidades sociales. Lyotard cree que “no se pueden considerar paranoicos el realismo de la autorregulación y el círculo cerrado de los hechos y de las interpretaciones más que a condición de disponer de un observatorio superior que para Marx sería la concepción dualista de la sociedad...” Pero pienso que ese círculo cerrado de los hechos y de las interpretaciones sí es paranoico en la medida en que se constituye prácticamente como ese observatorio superior desde el que se contempla el funcionamiento incuestionado de la máquina. Lo cierto es que el sistema también se ha convertido, como dice Lyotard del comunismo, en un modelo totalizador de efectos totalitarios, y que no hay otra alternativa que la que puede plantear el sujeto crítico. Es verdad que se puede advertir “una atomización de lo social” y que, en ausencia de radicalidad de la lucha de clases, ello contribuye al reforzamiento del sistema. Pero creer que hay un libre juego en esa atomización, como hay libertad de lenguaje, es olvidar el monopolio del lenguaje y del saber por parte de los dominadores. No es ningún consuelo que los profesionales sustituyan a los políticos en ese monopolio, ya que ello sirve para tecnificar y hacer aún más fatal el dominio. La descomposición de los grandes relatos, según Lyotard,

remitiría a cada uno a sí mismo. Pienso que esto en teoría debiera servir para potenciar la reflexión frente al sistema, pero en la práctica el auge de los instrumentos de control y de represión institucional sobre los individuos, la extensión de la programación social, la publicidad y la propaganda, el desinterés consiguiente por la cosa pública, la desorientación por la pérdida de referentes culturales y por la multiplicación arbitraria de mensajes, todo ello contribuye a dicha atomización social, a la soledad del sujeto y a la indiferencia crítica.

Lo mismo que Lyotard hace Baudrillard, en La transparencia del mal: describe los hechos a su manera. Algunas conceptualizaciones de los teóricos de la postmodernidad son tan originales como caprichosas. En vez de acotar el marco de sus descripciones hablan como si los hechos universales fuesen como ellos los pintan. ¿No es un sarcasmo hablar de “orgías, de liberaciones absolutas, de utopías realizadas, del fin de la historia” en el tercer mundo? ¿En la era de la comunicación generalizada no es inmoral confundir el tedio de algunos occidentales con la imposibilidad de vivir dignamente de tantos hombres? ¿Han abandonado la etapa de la modernidad tantos pueblos que sufren en su carne el postmodernismo del primer mundo? Hablemos pues de profundas contradicciones económicas e ideológicas y acotemos el análisis de lo postmoderno a una geografía muy determinada. A propósito de esto, Noah Harari, en Homo Deus, se pregunta si podríamos pisar el freno al avance descontrolado del progreso. Y contesta negativamente por dos razones: porque nadie entiende el sistema lo suficiente como para detenerlo, y porque si se pudiese echar el freno la economía se pararía. Sin embargo, se me ocurre una solución. El progreso vive de cantidades ingentes de dinero, y si buena parte de éste se dedicara al desarrollo del tercer mundo, es claro que el llamado progreso se ralentizaría. Me entero de que Europa está construyendo ahora un supertelescopio para escrutar las estrellas. Éstas son importantes, pero más lo es la tierra, si no queremos estrellarnos.

Está bien auscultar los males, constatar la crisis de la razón ilustrada y hacerlo en sus justos términos. Pero se tiene la impresión de que el intelectual postmoderno desorbita la ausencia de sentido y la enfermedad de los valores para poder hablar de ello con fatalismo de positivista y que conceptualiza como contemporáneas situaciones ya

viejas. El problema es que la razón ilustrada hace de las suyas mientras el postmoderno se lamenta. No hay que hablar tanto de “la muerte de Dios, de Marx, y del yo”, como hace Vattimo, porque la muerte de Dios no es de hoy y porque aún es necesaria la emancipación. En cuanto al sujeto, nunca ha sido nada frente a los poderes, las fuerzas materiales e ideológicas. Positivismo hegeliano de Vattimo: “la postmodernidad es una reconciliación con lo que existe”. ¿Estaría de acuerdo con Habermas, que ataca el pesimismo de pensar que ya no es posible la crítica social y que el paradigma de la razón científica y la práctica instrumental ha caducado, pero que el nuevo paradigma puede seguir anclado en una modernidad de progreso (Teoría de la acción comunicativa)? Lo cierto es que es un sueño utópico de Habermas creer que un racionalismo crítico lingüístico resolvería los problemas del individuo y de la sociedad. En todo caso, parece que si en algo habría acuerdo sobre lo postmoderno sería en la enfermedad de la interpretación (J. Wahl). Y que también tendría que haber acuerdo, en palabras de P. Sloterdijk (Has de cambiar tu vida), en que “el único hecho de importancia ética universal en el mundo actual es el reconocimiento, cada vez mayor y omnipresente, de que así no se puede continuar”.