Una multiplicidad de eventos traumáticos terribles, agudos y crónicos, experiencias inasumibles, indigeribles y grabados en la memoria acaba por dirigir nuestras vidas amenazando con terminar en distintas formas y grados de locura, con su cohorte inevitable: negación, depresión, ira, miedo, culpa, tristeza, desesperación, vergüenza, confusión, desconcentración, ansiedad, arrebatos, pesadillas, aislamiento para no hablar de ello, dolores físicos, sudoración, nerviosismo, estado de alerta continuo incluso durante el sueño, autodestructividad, belicosidad, furor, drogas. Entonces ya no pensamos, ya no dominamos el aprendizaje emocional que se da en el hemisferio derecho ignorándolo el izquierdo, simplemente reaccionamos ante los eventos de forma inconsciente, descontrolada, reactiva, instintiva. Ya no somos lo que deberíamos ser.
La memoria todo lo graba, de forma inconsciente al principio y consciente después. El cuerpo, que es memoria, nos habla, quiere sanar su falta de firmeza, su enfermedad, pues tiende a la salud y sabe que hay algo pendiente que reequilibrar. Cerrar el cajón y tirar la llave para evitar su rememoración no resulta viable. No deberíamos desconsiderar el enorme poder del pensamiento negativo. Hay que comenzar el viaje hacia la curación y armarse de paciencia y de esperanza.
Sin alcanzar las cotas traumáticas más elevadas a las que acabamos de referirnos, lo cierto es que no disparataba Kierkegaard cuando afirmaba que la verdad se comunica a través del sufrimiento propio y ajeno y necesita testigos y mártires: “para servir a la verdad sólo se puede hacer una cosa: sufrir por ella. No basta la reflexión, son necesarias otras fuerzas. Lo que necesitamos son mártires”. A mayor lucidez, más dolor; la capacidad de sufrir avanza al mismo ritmo que el aumento de la inteligencia. Frente a la fuerza que se manifiesta primordialmente en el dolor, dar primacía al concepto equivale a medir la altura de una torre por su sombra. El hastío causado por la seguridad o ausencia de necesidad es lo que obliga a matar el tiempo. Nietzsche lleva esta afirmación de Schopenhauer al extremo: “sólo el gran dolor, aquel lento y amargo dolor, en el que somos quemados con madera verde, el que se toma tiempo, nos fuerza a nosotros, filósofos, a bajar a nuestra última profundidad. Dudo si tal dolor perfecciona, pero sé que nos hace más profundos”.
Cuando una bella mañana se comprende la voz del camino que ha abierto para nosotros quien está en el origen de nuestra más definitiva alegría y para siempre, entonces, al atardecer, puede abandonarse el mundo sin excesivo pesar. Solamente entonces. El camino está en todas partes, y cuanto nos rodea es el camino; en él, igual que una vela enciende a otra y así llegan a brillar millares de ellas, así también enciende un corazón a otro y se iluminan miles de corazones. El único templo verdaderamente sagrado es una congregación de personas reunidas por amor a pesar de las más grandes adversidades.
Vivir es transitar el duelo por los heraldos negros de nuestra existencia a través del sentido. Hay golpes en la vida que parecen como el posible odio de Dios frente a los cuales hay que reconstruir el propio mundo de los significados dando las mejores respuestas a las peores situaciones, entresacando lo precioso de lo vil. El drama de Jeremías no estriba solamente en los acontecimientos en que este profeta se vio envuelto, sino también en él mismo, pero siempre asido a la mano del Señor: “tú no temas, siervo mío, que contigo estoy yo”[1]. Esto es, hacer las paces con el destino. Alegría, alegría, alegría, fuerza de obstinación del espíritu en medio de esta pena bombardeada. Y esto, realizando las potencialidades que nos queden sirviendo a los demás. Los duelos pueden ser historias de amor. ¿Qué me está pasando, cómo me sostengo, qué me pide la vida en esta determinada situación, qué valores debo descubrir y realizar desde mi sufrimiento oblativo? El sufrimiento nos va completando, a pesar de la anergia que nos causan los sentimientos intrusivos y los duelos agudos.
“Nunca más volverán ya a trabajar/mis yunques y crisoles/para el polvo y para el viento”. Esa es precisamente la realidad de la vejez: no solo el estar peor, no sólo el doler de la merma, es sobre todo el ya no poder emprender ciertos vuelos de Ícaro, es también no volver a ser el mismo, desidentificarse del propio idem, sobre todo para quienes identifican el vivir y el actuar. Y es precisa una enorme dosis de humildad para reconocer que ya no se es el que se era, con lo bien que estaba siendo el yo de ayer. Así que bienaventurados sean los que aceptan el devenir hacia el no estar siendo del ser, eso que no sólo afloja y desancla, sino que además se acoge agradecido a la tarea de aceptar y agradecer lo que ha venido y lo que vendrá. Ese es el verdadero sacramento del momento presente, la renuncia ahora mismo al mal cuando el odre del yo parece que va a reventar por su generalizada septicemia: ¡oh, gran espíritu, no permitas que opine del caminar ajeno hasta que haya caminado muchas leguas en sus mocasines!
La vida, tan carenciada, es tan exuberante que le sobra vida, de la cual se alimenta la muerte; si la vida no fuera excedente, no viviría ni siquiera para mantenerse a sí misma, pues vida y muerte se copertenecen, thanatos se nutre de la claudicación de eros, pero ambas son uña y mugre: imposible pensar la salud sin tener presente la muerte que hay en ella; vivir exige contar con la muerte para poder vivir mejor. Sanar lo es para enfermar, enfermar lo es para intentar volver a sanar, y no hay otra tanatología más verdadera[2]. El epitafio de Herbert von Karajan reza: “murió tras largas y graves enfermedades”, lo cual no le habrá impedido –si fue una persona mentalmente sana- reconocer los radiantes días de gozo, en lugar de la rabieta “no fui feliz, ni falta que me hizo”.
Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, basta con ella para que sea feliz cuando mira a las estrellas (El Principito). Vida y muerte, los fines están en los medios como los árboles en las semillas. Xenia llamaban los griegos a los presentes que ofrecían a sus huéspedes después de una comida, o a los amigos en ciertas épocas del año. Eran también los regalos que los pueblos sometidos al Imperio Romano hacían llegar desde fuera de Italia a los procónsules y a los gobernadores de las provincias, y siguen siendo los regalos de la vida, cuya voluntad de rechazo muestra su lóbrego reverso: ouxenia. La verdadera autobiografía se escribe del final hacia el principio, para educar a un hijo mejor no vendría mal ser abuelo de un nieto y así, pese a todo, recuperar en él la ventura de las horas buenas y de los tiempos perdidos. El resto es pesimismo, “blando como la cera para inclinarse al vicio” (Horacio).
Y nada más por hoy, en que yo también me siento “serpiente para palpar lo concreto del ser; águila para columbrar, sobre la fugacidad de los seres relativos, la presencia universal, infinita, incorruptible, actual del Ser” [3].
[1] Jeremías, 46,28.
[2] Díaz, C: La salud mental soy yo, la enfermedad mental también soy yo. Editorial Mounier, Madrid, 2016.
[3] Caso, A: Antología filosófica. UNAM, México, 1910, p. 17.