Opinión

Mentiras de la historia de España (X)

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Martes 08 de octubre de 2024

Penetro en campo minado. Ya no trato de buscar hechos puntuales. La mentira, convertida en arma política, ha inundado el escenario social español, a la vista de todos y con la aceptación de demasiados..

Al inolvidable Zapatero, al que elegimos dos veces, debemos varios regalos que, todavía, no hemos agradecido bastante.

Su insolente sentada, al paso de la bandera americana, demolió nuestra amistad preferente con EE.UU.

Retrocedió hasta empalmar con la “legitimidad” republicana y acabó con el espíritu de la Transición que, por una vez, por sensatez o por miedo, puso de acuerdo a casi todas las fuerzas sociales y políticas, para sentar las bases de esta duradera convivencia.

Multiplicó y agigantó los efectos de la crisis económica internacional con su cazurra negativa a reconocerla y echó gasolina al fuego con sus primeras medidas ante ella.

Emplazado, terminantemente, por Bruselas y EE.UU., le hizo frente, por fin, adoptando medidas totalmente contrarias a su ideología partidaria y sus ideas personales. Pero, como un niño, ocultó, bajo la alfombra, los datos acusadores de sus desmanes, haciéndonos perder la confianza y el prestigio ante nuestros socios y clientes.

Abrió la puerta trasera de la frágil organización territorial, impulsando nuevos estatutos. Reactivó los siempre problemáticos nacionalismos y regionalismos con sus peligrosas dudas sobre el concepto de nación y voló la presa del independentismo catalán, al prometer aceptar el Estatuto que votara su Parlamento.

Llevó a su partido al estado de encefalograma plano, capaz, solo, de emitir “recetillas” progres y orientarse, ansiosamente, hacia el poder. Soltó los puntos del sectarismo, en avanzado estado de cicatrización y acuñó el término de “cordón sanitario”, para marginar o eliminar a los partidos de derecha.

Arruinó, con su chafardera política y relajación de controles, la mitad del sistema financiero (Las españolísimas Cajas de Ahorro), que necesitó ingentes cantidades de dinero para su vergonzante entierro.

El bienestar económico y la estabilidad política que encontró, le permitió surfear, sin agobios, durante su primer mandato y parte del segundo, lo que le hacía asombrarse de lo fácil que era gobernar. Consecuente, llegó a elegir ministros y altos cargos, casi por sorteo entre sus fieles, rebajando, a niveles nunca vistos, la exigencia para entrar en política. Muchos aceptaron esa idea y ahora los tenemos aquí haciendo lo mismo.

Exigía, como hemos oido en otras ocasiones, el “cambio”; pero se refería, no a ideas, sino al “quitate tu, que me pongo yo”. Y pretendía hacernos creer que Rajoy, un hombre preparado, entero y enemigo de zascandileos, era el Abuelo Cebolleta.

La frivolidad de los planteamientos, la conversión de la política en espectáculo, secundada por los medios y la vuelta de la mirada a ideologías milagreras, que ya deberían estar superadas y olvidadas, despertó populismos de soluciones infantiles, nacionalismos mentirosos y fanáticos y debates arcaicos,

que dan a la política española ese olor a rancio y pueblerino tan alejado de las exigencias, con que la ineludible globalización nos avasalla.

Esos ocho años fueron tremendamente negativos para España; pero hubieran podido ser la vacuna para afrontar los actuales y los próximos, con una disposición más saludable; pero no, amigos, ahora tenemos la “taza y media”, de añejos vicios y defectos, con la que, diariamente, nos sirve el desayuno la desmemoria.

Este comentario lo pone de actualidad la vuelta a la palestra política del incombustible expresidente que, aupado en el Grupo Puebla, nos trae, mira por donde, su pretensión de unir a la entrañable familia Iberoamericana, por su costado izquierdo. “Progresista”, vamos.

Durante el mandato de Zapatero, el PSOE, irreconocible para los que lo reimplantaron en España, cambió el deseable: “Nosotros hacemos esto porque es lo mejor”, por el desvergonzado: “Esto es lo mejor porque lo hacemos nosotros. Y en eso estamos.