Opinión

La farándula paleolítica convertida en divinítica

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 10 de octubre de 2024

De vez en cuando alguien libre se atreve a decir cosas sensatas frente a la habitud de la fanfarria. En este caso, sin embargo, el periodista pone en su sitio como es debido a uno de los ídolos de la misma: “estamos acostumbrados a escuchar a algunas celebrities fijar posición sobre cuestiones complejas, muchas de ellas morales, con la misma soltura con la que los expertos resuelven problemas técnicos en su ámbito de competencia. La opinión de un director de cine sobre demografía o natalidad debería tener el mismo valor que el parecer de un politólogo sobre soldadura submarina. Sin embargo, estamos acostumbrados a escuchar a algunas celebrities fijar posición sobre cuestiones complejas, muchas de ellas morales, con la misma soltura con la que los expertos resuelven problemas técnicos en su ámbito de competencia. Una vez más, Pedro Almodóvar ha vuelto a tomar los hábitos laico-sacerdotales para sentenciar esta semana que ‘en engendrar un hijo propio hay un gesto egoísta’. Es obvio que el director está en su derecho de defender lo que se la antoje, pero manejar categorías tan densas y tildar de egoístas a quienes deciden tener descendencia porque este es ‘un mundo lleno de injusticia’ es un signo, otro más, de cómo la prescripción ética y el señalamiento moral se han convertido en un absurdo instrumento para ganar prestigio social. Especialmente en el marco de las artes y las industrias culturales.

Sobre el fondo de la cuestión, en realidad no hay tanto que decir, ya que es obvio que considerar que son egoístas los millones de personas que a lo largo y ancho del mundo deciden tener hijos es una temeraria frivolidad. En cualquier caso, lo relevante no es el severo juicio de Almodóvar, más o menos desatinado y decepcionantemente previsible, sino los mecanismos velados que rigen la conversación pública y que hacen posible que tantas personas sientan la necesidad de convertirse en prescriptores implacables de las vidas de los otros.

A decir verdad, Almodóvar no ha hecho más que lo que hace cualquiera, y tal vez eso sea lo más descorazonador. A todos nos gusta procurarnos alivios verbales y existe un placer culpable en la acusación, sobre todo cuando es pública. En cada señalamiento hay escondida una superioridad implícita y con cada delación creemos construir un refugio simbólico para ocultar nuestras propias miserias. Después de todo, es posible que juzguemos las vidas ajenas por pura supervivencia y para no mirar de frente a la colección de desastres que salpican nuestra propia biografía. Solo cabe preguntarse qué querremos esconder cuando acusamos tanto”(1).

Muy bien dicho. La farándula tiene estudios del Paleolítico y dicta sentencia desde el divinítico, pues “qui n’a pas l’esprit de son âge, de son âge a tout le malheur”, quien no tiene el espíritu de su época, de su época tiene toda la desgracia. Voltaire supo criticar las “buenas conciencias” de esos salseros burgueses que tienen sus dineritos amachambrados en los grandes bancos en los cuales negocian los traficantes de armas. Si tanto y tan fuerte es el dolor de la individuación de los almodóvares y de los almogávares, ¿por qué no practican la redención de las masas repartiendo su pasta gansa? Tú también eres parte de esto, mamá. Púberes canéforas, ese pedo no es nuestro.

Existen dos mil millones de páginas webb para 7000 millones de personas, pero esa opinionitis galopante no sirven para casi nada en comparación con los titulares elogiosos (mentirotecnia) con que se publicita cuanto sale de las bocas del famoseo sobre alfombras rojas. ¿Qué tienes en la mano? -Un trozo de caca de vaca. -¿Y qué haces con él? -Un profesor. Avisado el director, este le pregunta. -Hola, Eugenito, ¿qué tienes en la mano? -Un trozo de cada de vaca. -¿Y qué andas haciendo con él? Un director, replicó tranquilamente el infante. Alarmado el psicólogo, le dijo: -Sé lo que tienes en la mano, un trozo de caca de vaca, y sé también lo que estás modelando con él, estás modelando un psicólogo. -No señor, no tengo caca suficiente”. Aplíquese con mucho mayor fundamento esto a nuestras estrellas pop.

La limitación de todo lo creado tiene una estructura gerundial. Tres son sus formas básicas: la codicia del conservar (el viejo roñoso), la codicia del tener (hasta que la avaricia nos mate), la codicia del heredar (aunque ahora también hereden los caballos con pedigrí o la foca monja por ausencia de vocaciones), y la codicia del yo, (codicia madre de todas las codicias y de todas sus batallas). Cargamos con muchas mochilas de brillantina, insoportable instinto de muerte. El insano deseo del “para mí” conlleva el insano deseo de que el otro no sea deseado (“pues también a ti te critican”). Detrás de todo miedo a dominar la propia la vida hay un yo arrojando al vacío la vida de quienes –equivocadamente o no- más nos quieren. Echando mano de esa desesperación, incluso los ecologistas más conmovedores llegan a afirmar que lo mejor de la naturaleza es que no tiene opinión sobre ellos. Pero la tan diligente naturaleza exacerba la lucha por la vida y golpea por la espalda, a veces las abejas atacan cuando ni siquiera se tiene voluntad de atacarlas, es su miedo. El miedo pone sus huevos podridos en todos. El santismo que necesita cien kilómetros a la redonda para vivir la ataraxía naturalista dista mucho del ideal de humanidad. La verdad no está en el ombligo deseando el nirvana. El hombre es un animal humano no fijado todavía(2). Convivir con este perspectivismo de la impureza puede frenar algo lo que no sería sino un horrible cagarrutero. Demasiado bueno para ser verdad, demasiado malo para no serlo. Bovarismo, en referencia a la madame Bovary de Flaubert: la faculté de se concevoir autre qu’on est.

El genial Salvador Dalí tuvo un hermano mayor que falleció de meningitis a los cinco años, y también se llamaba Salvador Dalí. El día que llevaron al pintor a ver la tumba de su hermano fue el más trágico de su vida. Su padre, con quien Dalí nunca se llevó bien, le dijo que él era la copia de su hermano muerto, lo cual provocó en el pintor durante toda su vida muchas crisis de identidad, llegando a obsesionarse con los bebés fallecidos. En revancha, el Dalí famoso envió a su padre un bote de esperma con un mensaje: “ya no te debo nada”. Pida cada uno excusas con el renacentista Juan Boscán Almogávar (1482-1542) y diga de sí mismo: “muchas veces he probado no quemarme en esta fragua”./“De mi penar me sustento,/mas soy a mí tan cruel,/ que de escaso y avariento/ no oso tener tormento,/ por no tener falta dél” (Mal de amor).

La correlación derecha-izquierda se asemeja hoy al Arrojado de escollo en escollo de Hölderlin: “me siento renovadora porque la izquierda es siempre renovación. Soy integradora, porque estoy con todos. También soy guerrista porque Guerra y González son como el padre y la madre”. Me parece que esta señora tiene dislexia y hace transacciones cruzadas. El cáustico Ernst Jünger lo hubiera ridiculizado parafrásticamente: “soy, huelga decirlo, de derechas, de izquierdas, de centro, desciendo del mono, no creo más que en lo que veo, el universo está en expansión, a tal o tal otra velocidad -he aquí lo que escuchas desde el primer momento en boca de gente. Si tienes la mala suerte de encontrarlos una segunda vez, cinco años más tarde, todo habrá cambiado, salvo su estilo de certidumbre autoritaria y casi siempre brutal. Llevan otro distintivo en el ojal, se enorgullecen de su parecido con otra bestia y el universo se contracta a una velocidad que te pone los pelos de punta”.

1. Garrocho, D: El egoísmo y Almodóvar. El País, 07/01/24.

2. Cfr. Díaz, C: Contra el camelo a izquierda y derecha. Editorial Ygriega, Madrid, 2024.