Opinión

Consecuencias neurológicas del aislamiento social

TRIBUNA

Cristina Hermida | Jueves 10 de octubre de 2024

Del 5 al 9 de octubre se ha celebrado en la ciudad de Chicago (Estados Unidos) el Congreso Mundial de Neurociencia que organiza anualmente Society for Neuroscience (SfN). Numerosos científicos de los cinco continentes que pertenecen a la élite investigadora acaban de poner en común los resultados de sus avances con los que esperan contribuir al progreso del conocimiento en ámbitos muy diversos entre sí (medicina, farmacia, psiquiatría, física, inteligencia artificial, etc.).

Me ha resultado revelador conocer de la mano de expertos que uno de los factores que más conduce a desórdenes o enfermedades mentales e incluso degenerativas a nivel cerebral son las disfunciones sociales que provoca el aislamiento social. Como contrapartida, sentimientos morales positivos como la confianza, la empatía, el consuelo o la compasión consiguen salir reforzados cuando uno habitualmente socializa en su vida diaria.

A sabiendas de que no se puede luchar con medicamentos contra los problemas neuronales derivados de la falta de socialización, creo que es una obligación moral por parte de nuestros políticos que implementen medidas para paliar esta carencia. Pienso así que se deberían crear suficientes espacios en el ámbito público para quienes no tienen la oportunidad de socializar con normalidad en su vida cotidiana, bien porque se encuentran en una situación de stress social, que puede haber venido provocada por un trastorno mental como el autismo o por una situación social sobrevenida. Pensemos, por poner un par de ejemplos, en la situación de aislamiento social que sufren los inmigrantes al llegar a la sociedad de acogida o en los mendigos que deambulan solitariamente por las calles.

Curiosamente, la hormona de la oxitocina que genera el hábito saludable de las relaciones sociales ayuda a sentirse más tranquilo y feliz, pero lo novedoso ahora es que también aumenta el grado de empatía, confianza o compasión en los seres humanos, además de provocar que las redes neuronales se fortalezcan, funcionando mucho mejor. A la inversa, quienes se encuentran bajo una situación de aislamiento social necesariamente cuentan con una dosis más baja para lograr desarrollar este tipo de emociones o sentimientos positivos y además están más expuestos a sufrir situaciones de demencia o trastornos mentales.

Según esto, entonces, ¿el dicho de “más vale estar solo que mal acompañado” se mantiene o no desde el punto de vista científico? Pues, curiosamente, habría que responder afirmativamente a esta cuestión, siguiendo la opinión de la ciencia, ya que la soledad querida y deseada puede ser mucho más beneficiosa que el acompañamiento social de carácter tóxico. Según experimentos recientes, sobre todo las mujeres, en un porcentaje muy superior a los hombres, cuando padecen una relación tóxica acumulan un porcentaje mayor de stress y además esa mala experiencia les provoca una pérdida de confianza en el ser humano en general, lo que les conduce a una persistente tendencia al aislamiento, alejándose incluso de las personas en las que más deberían confiar.

Se ha hecho recientemente un estudio en el hipocampo del cerebro que así lo demuestra. Dicho de otra manera: las experiencias negativas a nivel social en las mujeres las inhabilita durante cierto tiempo en su capacidad de reconocimiento moral de otros sujetos individuales -sean buenos o no- y por ello terminan aislándose socialmente.

Si esto es así, entonces parece probable que aquellas mujeres que sufren violencia de género vean absolutamente alterada su capacidad cognitiva hasta el punto de verse anuladas sus funciones de reconocimiento individual. Me pregunto si, posiblemente, por ello el padecimiento de una situación de coacción o acoso es lo que lleva a muchas mujeres, víctimas de violencia de género, a la parálisis absoluta y a la inacción, lo que, en muchos casos, como sabemos, termina con su propia vida.

Esta no es una cuestión trivial y por ello creo que es fundamental que los que tienen en sus manos el desarrollo de las políticas públicas se hagan eco de este problema para poder ayudar a esas mujeres vulnerables si no queremos que sea demasiado tarde. Antes de que sumemos una más a las 35 mujeres fallecidas en manos de sus parejas en 2024, hay que poner los medios de una forma efectiva para que cuando salte la voz de alarma tengan una red social lo suficientemente fuerte como para impedir su desconexión social. Casi me atrevería a decir que el aislamiento social termina siendo la antesala del trágico desenlace.

Desde el Ministerio de Igualdad se viene aconsejando a las mujeres que busquen el apoyo de familiares y amistades de confianza para que las apoyen y acompañen en los momentos difíciles. Después de conocer los últimos avances de la neurociencia, creo que esta recomendación, aun teniendo buenas intenciones, es inútil puesto que la dificultad emocional que les genera el aislamiento a las mujeres que viven bajo una situación de stress social les imposibilita entender la misiva del Ministerio de Igualdad de “si has perdido el contacto con ellos en los últimos tiempos, intenta retomarlo”.

Estas reflexiones me hacen pensar que resulta fundamental que la política sea capaz de escuchar con atención a la ciencia. Es imprescindible que se dote de más financiación a la investigación porque esta nos permite explorar, descubrir y comprender el mundo que nos rodea. Además, urge que los políticos estén receptivos a los avances científicos porque estos resuelven en muchos casos los grandes males de la sociedad de nuestros días. La política debería tener siempre presente que no puede vivir de espaldas a la ciencia, sino más bien ser su aliada, porque de ella depende, en buena medida, el progreso de la humanidad.