Opinión

El individuo progresista y la superestructura

TRIBUNA

Pedro Gago | Viernes 11 de octubre de 2024

Desde hace muchos años el individuo progresista ha pasado de estar influido por la ideologización de los marxismos de primera época, a un cambio en la percepción materialista sobre la realidad y la necesidad de su transformación. Varios intelectuales marxistas, entre los que destacan los integrantes de la Escuela de Frankfurt, entendían que para acabar con la explotación humana no bastaba con cambiar las circunstancias modeladas por la infraestructura, sino que era preciso desenajenar al hombre. Por ello habría que despojarle de las adherencias históricas que habían logrado llevarle a una casi completa alienación. Se esperaba que el individuo, una vez desenajenado, perfilase su vida, individual y colectivamente, a partir de unos valores y derechos que permitirían crear situaciones sociales más justas y más próximas a la felicidad.

Ahora, todas las ideologías progresistas desean que la transformación social se lleve a cabo en la superestructura, antes incluso que en el modo de producción –guerra cultural-. Así, el propósito principal que domina en el amplio marco de la superestructura es que el individuo vaya perdiendo su voluntad libre y su naturaleza instintiva. El poder impolítico empleará la ingeniería social para conseguir que el individuo, tan progresista como hedonista, esté en disconformidad consigo mismo, pero mucho más con la civilización.

Una vez se llegue a eliminar las causas que provocan las amarguras humanas, el individuo escaparía de su desgraciada postración antinatural y avanzaría en una imparable progresión social. Es decir, que, en una actitud de plena ascesis de conciencia revolucionaria práctica al modo calvinista, el individuo sería capaz de purificarse a sí mismo para determinarse en la senda del progreso.

Estas aspiraciones imaginarias han tenido una consecuencia muy negativa: al confiar únicamente en los aparatos institucionales, los beneficiarios principales han sido las oligarquías ideológicas burocráticas, a las que se les ha otorgado una casi ilimitada capacidad para regular las conductas de la gente, la politización cada vez más extrema-. Han logrado aumentar descaradamente su fuerza sobre la sociedad a través de la regulación jurídica y al deformante conjunto de prácticas temporales impuestas coercitivamente, consiguiendo hacer un individuo dependiente de la puissance publique et privée. Así, el Poder, usando alternativamente el Derecho, ha conseguido que la auctoritas judicial haya dejado de ser la que garantice la libertad de las personas.

Convertida la política por las elites dominantes y el aparato ideológico burocrático, en una gobernanza, el orden y la libertad humana dejan de formar parte de sus presupuestos. De hecho, la gobernanza –el intento de absolutizar el poder empleando medios tecnocráticos- ha acabado con la libertad política. Para mantener la situación creada, casi todas las oligarquías han adoptado un proyecto colectivista que abarca todos los componentes de la superestructura –un nuevo totalitarismo tecno-burocrático-, con el que se pretende superar definitivamente la antropología cósmica.

El sujeto principal de la democracia, el ciudadano activo o pasivo, cada vez tendrá menos capacidad para entender las coordenadas en la que está viviendo –el sistema que perpetúa la ignorancia-, ya que gran parte de la realidad le ha sido sustraída, recurriendo sistemáticamente a la propaganda, al control de la información y a los planes en la educación oficial institucionalizada.

El individuo progresista, siendo mentalmente un adolescente, estará más que nunca en disposición de que los poderes le hagan una profunda limpieza de conciencia. Cree que llegará a tener una razón pura y escapar de su determinación histórica, acogiéndose al circunstancial dogmatismo de la ideología que le conducirá, con todos los prejuicios que le suministre el politicismo. a una vorágine especulativa en la cual se perderá como persona. Además, los poderes institucionales y público-privados con las aplicaciones tecnológicas adecuadas, al ser capaces de penetrar en la interioridad del individuo, harán posible que sus actos se proyecten al exterior como un administrado desprovisto de personalidad. A cambio se le reconocería un seguro de protección de dependencia por pertenecer a la corriente progresista.